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"Esperando..."
" Madrid, Madrid, Madrid, Pedazo de la España en que nací..." ¡Madrid! Siempre Madrid. Supongo que si hubiese nacido y hubiese mamado y hubiese acariciado y hubiese escuchado cualquier otra ciudad del mundo, mis historias (mi Historia) estaría-n llena-s de esa otra ciudad. Pero hoy no. ¡Madrid! Ya sabéis que cuando el español canta o está contento o... ¡Señor! Para conocer una ciudad hay que mirarla, escucharla, andarla con cariño. Y digo para Conocerla, no para saber donde están sus calles. Conocer una ciudad es conocer todos y cada uno de sus múltiples espíritus, dependiendo de la zona en la que te encuentres. El predominante en las grandes urbes es, sin lugar a dudas, el espíritu de la soledad. No obstante hay soledades de muy diferente índole. Por un lado están las soledades bobaliconas y autistas de las zonas de copas, pero si paseas por el barrio de Salamanca, y es tan solo otro ejemplo, tu soledad se verá reflejada en las miradas esquivas de quién te cruces. Soledad forzada por miedo a ensuciarse la vista con tu figura. Si paseas, en cambio, por Sol en hora punta tu soledad será la de mil miradas que ni tan siquiera se cruzan con la tuya, simplemente por que no existes para ellos, nunca reparan en ti. En depende que circunstancias, esta soledad me encanta. Este mediodía he ido a buscarla conscientemente, quizá como sucedáneo de esa otra soledad que te traen las amplias vistas y el repiqueteo distante de la lluvia en los árboles y que en esta ciudad es tan cara. Para los que conocimos "Príncipe Pío" como lo que realmente era: La estación del Norte; para los que sufrimos la perdida en el corazón al dejar a alguien en sus andenes todavía vivos, cuando bajamos del metro y miramos hacia arriba tenemos la sensación de encontrarnos en una profunda alcantarilla sobre la que la tierra voló. Varios metros bajo el nivel de la calle, pero con vista diáfana hasta sus elevados tejados translúcidos, corremos el riesgo de perdernos por el infinito dédalo de pasillos, escaleras y puentes abiertos que parecen llevar a la misma (ninguna) parte. Antes las cosas eran más sencillas: Acompañabas a tu amigo, a tu novia, a tu padre y, mientras alguien a tu lado sacaba el pañuelo, contenías una lágrima de fuego que te enrojecía la mirada. Hoy no, cada minuto pasan varios trenes. Eso ha convertido en algo habitual la separación (puede que temporal, puede que no). Y lo habitual mata el corazón. Nadie se despide ya, pañuelo en mano y lágrima en ristre. Hace más frío ahora. Os decía hace unas líneas que hoy he ido buscando conscientemente esa sensación de estar solo entre la infinita multitud de zombies urbanícolas. Así que he vuelto hasta mi alcantarilla de la Estación del Norte. Sin prestar demasiada atención al rumbo que mis pasos tomaban he subido y bajado escaleras, torcido pasillos de aire, hasta que, finalmente, he llegado a lo que antiguamente eran los andenes de las vías 4 y 5. Allí me he quedado helado. Sí, allí con mis zapatitos brillantes chorreando y mi pantalón recién planchado de bolsillos reventados por mil objetos inútiles. Sí allí me he quedado helado con mi libro de Arundhati Roi suspendido bajo el brazo (allí suspendido con tan solo 40 páginas pendientes desde hace un mes, debo estar perdiendo facultades). Las vías habían desaparecido, pero todo lo demás parecía estar igual. El suelo, adoquinado con caprichosas piezas (roja, blanca, blanca, roja) era lo único que advertía que algo había cambiado. Bueno eso y... Las plantas. Donde debió estar la "playa" de la vía 4, entre los abandonados y hundidos adoquines colchoneros, una densa selva se mecía, orgullosa, ante el embate de los caños de agua que la lluvia proyectaba desde ¿10? ¿15? metros de altura. Parecía que el mundo hubiese explotado y tan solo hubiese quedado yo allí, prendido a un haz del ayer olvidado. No sabría daros una razón convincente pero, a pesar de que nunca he vivido cerca de esta estación, al verla he recordado que los trenes han sido siempre una metáfora perfecta de mi vida. Pero los trenes de verdad, esos a los que te podías asomar, y cambiar de vagón, incluso llevarte alguna carbonilla en los ojos, no estos modernos herméticos y climatizados. Aquellas vías en las que jugar de niño. Expresos de media tarde para pasear con mi padre. Huidas hacia el cuartel en aquel tren "gratuito" que jamás quise coger... ¡Siempre el tren! Siempre las vías. Aunque no siempre solitarias, no siempre con hierba entre las traviesas, pero siempre el tren. Esta estación, como la antigua de Atocha, es hija de otra época: una época en la que no se hacían grandes encofrados y se rellenaban impúdicamente de hormigón, no. En los que la gente iba a viajar, pero también a despedirse, y a pasear con sus padres. Era una época en que el acero se levantaba, desafiante, quince, veinte metros, más aún, sobre el suelo y tejía pasillos de filigranas imposibles bajo las uralitas translúcidas. Hoy, en el abandonado andén número 4 he tenido una sensación curiosa: apoyado en una de aquellas monstruosas columnas infinitas, hoy abandonadas, me he sentido bajo el impresionante esqueleto de un mamut imposible. Sus patas se proyectaban hasta donde sus costillas sostenían las uralitas translúcidas. Pero no tenía colmillos. Pero no tenía cabeza. Pero no tenía corazón. Como yo mismo. Su dura piel translúcida teñía la tarde de un gris todavía más profundo que el que ya tenía por sí misma. El golpear continuo de los caños que se proyectaban desde las bocas imposibles de los aleros sonaba como bofetadas continuas sobre los adoquines imbéciles. ¿Serían realmente bofetadas para que despertasen y dejaran las cosas como estaban? No lo se. Así que ya veis: iba buscando un tipo de soledad urbana y me he encontrado inesperadamente en medio del monasterio de piedra un día sin turistas. ¿Os extraña que me haya ensimismado? Y así he permanecido: oliendo la soledad de agua y de uralita gris hasta que una voz cascada y bajita me ha despertado: - Perdone... ¿No tendría usted un cigarro? Mecánicamente hurgo en mis bolsillos y, claro, encuentro de casi todo (incluido un viejo paquete de cigarrillos medio vacío). ¡Está visto que no es fácil dejar de fumar en otoño! Raro es el día que alguien no me hace caer... ¡Debilidad! - Muchas gracias, joven. ¿Puedo preguntarle que hace usted aquí arriba en un día como hoy? - En realidad no lo se. Supongo que busco la soledad... O mejor dicho, me busco a mí mismo, busco mi vida... ¿Y usted? - ¿Yo? Yo espero la muerte. - ¡No irá usted a matarse! - No amigo, no. No la busco, simplemente la espero. Al fin y al cabo este es un lugar tan bueno como cualquier otro para encontrarla ¿No le parece? - ... - Pero, dígame: ¿Realmente este sitio es tan bueno como cualquier otro para encontrarse a sí mismo? Y me ha sonreído entre los desconchones profundos de su dentadura. Y se ha marchado andén alante, como un viejo tren por su vía inexistente. Y, al cabo, ha desaparecido. Esta tarde, al menos eso espero, ninguno de los dos ha encontrado lo que esperaba. ----------------
"MARCHA FINAL"
Oh, when the saints, go marching in. Oh, when the saints, go marching in. I want to be there for that number Oh when the saints go marching in (Popular de Louysiana.USA)
"Mi invierno"
Ayer el invierno se sentó a mi lado. Era de mediana estatura, y vestía de rojo y negro. Todo ocurrió cuando esperaba el metro en el banco del andén. Mis pensamientos eran grises y nebulosos, como ya llevaban siendolo desde hacía un tiempo. Estaba ensimismada en ellos y por eso al principio ni me fijé en él, hasta darme cuenta de su mirada insistente y divertida. "Y este que quiere?", pensé mientras me ruborizaba un poco. Comencé a ponerme nerviosa pensando en el viajecito que iba a darme, así que al llegar el metro, me coloqué discretamente otro vagón mientras suspiraba al ver que no me seguía. No obstante, cuando me senté relajada y ya comenzaba a divagar noté su presencia, de nuevo, a mi lado. Seguia observandome, divertido. Ya molesta, le miré fijamente a ver si así me dejaba en paz, pero para mi sorpresa lo que hizo fue presentarse, "soy el invierno" me dijo. Después de tal afirmación, sólo pude pensar en largarme del tren en la próxima parada, lo haría rápido, antes de cerrarse las puertas, y así no podría seguirme ese loco.
"Sebastián"
Dedicado a los inocentes: Qué les pasará, ya serán más de las doce y no aparecen. ¡Rediez con los amigos!, tenlos pa ésto. Ayer: ¡que no te preocupes!, ¡que si para qué están los amigos!, ¡que si estamos todos contigo! Na, que no aparecen. Yo, que me cuidao de todos ellos; que les tengo la casa limpia como los chorros del oro; que les hago tos los apaños que necesitan. ¡Ay, Dios mío!, ¡que mal pagao! Me acuerdo como si fuera hoy cuando llegué. Estaba to desastrao. Las malas yerbas llegaban hasta donde alcanza un zagal; y no digamos lo demás, ¡Madre mía!, que no había manera de saber quién era quién. Y yo que me pongo a decirles que tranquilos, que ha llegao Sebastián, que pa lo que manden. Y ellos, na. ¡Pos anda que no eran estiraos!, ni me hablaban. Pero yo, ya lo sabe mi madre que está en los cielos, erre que erre, a mí me cabe to en el corazón. Yo no me achico por na. ¿Que me tiras?, pos me levanto; ¿que de medio lao?, pos yo, derecho, ¡como los tíos!, que, a puñaico a puñaico, como decía mi madre que está en los cielos, uno se hace con una montaña. Y ya lo creo que me los gané. Después de dos meses, yo solico, había dejao to ésto como no se conocía, y me sentaba en frente sus casas y les decía: «¿qué, ahora que decís? ¿No me decís na?». A los primeros días, pa mí que estaban con vergüenza de ver to lo que había hecho, pero luego empezó uno, y después otro, y hasta que todos ya se vinieron pa mí. Me acuerdo de la señá Pepica, ¡ay que majica es!, menuica que parece una zagala, pero más arrugá que una pasica. Me decía: «qué güeno y qué apañao eres Sebastián, mas dejeao la casa relimpia. ¡Ay tu madre!, ¡cuánto te habrá querío!». ¡Anda!, y el señor Manuel, que me cogió del brazo y me dijo «Sebastián, yo no soy hombre de letras, así que... ¡venga un abrazo! Eso sí que lo agradecí. Me acordé de mi padre cuando nos dejó. Yo no levantaba dos cuartas del suelo y me cogió parriba y me abrazó. Todavía me acuerdo que me dijo: «Sebastián ayuda a tu madre que padre se va mu lejos» y yo que veo a mi padre llorar... ¡me cagonla!, ¡y que no lo volví a ver más! ¡Y pa qué se fue! Cuando estaba mi padre los zagales no me zurraban ¡ya se cuidaban, ya!, pero luego, ¡me cagonla! allí me veían, allí iba un canto; y tol día «Sebastián cazurro, déjame subir al burro». Pero..., pa qué acordarme. Me voy a poner como la Palmira, la pobretica, tol día llorando. Cuando vine pacá, la veía pallá, siempre solica. Yo macercaba pa hablarla y ella que desaparecía; ¡me cagonla!, anda que no me hizo de padecer. «Pero, Palmira, que no desaparezcas, ¡rediez!, que quiero hablar contigo», pero na, cuando llegaba ya había desaparecío. La señá Pepica madecía: «déjala, Sebastián, que está penando», ¡rediez! habrá que quererla, ¿no?, la contestaba yo. ¡Pos anda que no se yo na deso! Macuerdo cuando mi madre que está en los cielo se estaba muriendo, la pobretica, que me dijo: «hijo, haz to lo que te manden. Di que sí a to no vayan hacerte daño. ¿Que te pegan?, tú agacha la cabeza y calla. ¿Que mandan trabajo?, tú a correr pa hacerlo corriendo. ¿Que te llaman tonto?, tú agacha la cabeza y calla. Y así toa la vida me la he pasao. Hasta que me escapé, ya había agachao mucho la cabeza. ¡Anda!, que se quedaron con dos palmos de narices. Pero aquí he estao a gusto, me han tratao mu bien, ¡ojalá hubiera llegao antes! Aquí soy yo el que digo y to va como la sea. Pero, ¡me cagonla!, que sa acabao to. ¡Mira!, por allí vienen. Qué..., ya era hora, ¿eh? —Perdona, Sebastián, pero es que estábamos hablando de cómo hacerlo. No es fácil ¿sabes? —¡Pos anda!, si tos vosotros ya habéis pasao por esto. —Sí, pero no es lo mismo. Tú te mereces más. —Bueno pos venga, ¿qué hago? —Tú na Sebastián. —¿Donde está la Palmira?, ¿vendrá, verdad? —La Palmira te ha traío un regalo, Sebastián. —¿Un regalo?, ¿pa mí?, ¿qué es?, ¿qué es? —Tú mira pallá. —¿Padre..? , ¿madre..? —¡Corre, Sebastián!, ¡corre con tus padres! Sus amigos, las ánimas de aquel pueblo abandonado, le ayudaban a morir. El viejo Sebastián corría como un niño, y su padre le alzó a los cielos, por siempre. --- © Dalmacio – 31 Octubre 1997 es.humanidades.literatura
"Soy un ordenador RM"
Nacer. Desperté, mejor comencé a sentir, hace mas de cinco años, concretamente han pasado 167.205.360 unidades de segundo. Mis unidades de pensamiento lógico fueron activadas antes en una fábrica del país de Alemania, donde me montaron y suministraron mi sistema básico cognoscitivo UNIX que me sirvió para reconocerme. Pero era como un niño. Sabía mi potencia, mis posibilidades, pero desconocía como usarlo y en qué. Sueño...
"Tápate"
TÁPATE Dicen que hay un túnel, y que luego tu vida pasa por delante de ti como una película. Paparruchas. Valiente tontería, no tengo otra cosa que hacer, que esperar sentado a que me pasen la cinta de mi estúpida vida otra vez, como si fueran tan divertidos los cuarenta años de mina, y la silicosis, y el hijo muerto en un derrumbe, y el recuerdo de la esposa que se va en un parto, y el coma, y el asilo, como si no hubiera tenido bastante con vivirlo una vez.
09, Yuyutales 2009
Hace un mes, concretamente el 23 de Octubre, teníamos previsto un viaje de fin de semana. Lo suspendimos porque yo estaba muy cansada y pensé que era mejor aplazarlo. El lunes me desperté peor, tenía fiebre y estaba tan dolorida que no podía moverme. Avisé al médico de asistencia domiciliaria y me diagnosticó un "proceso gripal" y recetó nolotil y un jarabe.
Alas de mosca
Alas de mosca (Me quiere? No me quiere)
Andrés
¿Y tú? ¿Te acuerdas de Andrés? Sí que me acuerdo de Andrés. Claro que me acuerdo de Andrés.
Anoche asusté al fantasma
Anoche asusté al fantasma. Fue sin querer, tras meses de encuentros silenciosos. Convivir siempre es difícil, pero cuando tu compañero se limita a vagar por los pasillos sin rumbo ni motivo aparente, o simplemente te ignora cuando corres tras él gritando "alquiler" mientras agitas la factura mensual, todo puede volverse particularmente molesto. |
En imágenes Breves En años pares, a abrir costales, en años nones, pocos montones.
Mini Charla
La primavera bloquea
escrituras.
Como drones a Ormuz
todo mu grande y mu limpio, que se note que estamos cegatos
se amplían las categorías para textos (igual son muchas :-D) y se modifica el archivo de textos
afeitado y encoloniado. continuará ...
La luz de los viejos NavyTales guía la mano que escribe en la sombra. Quedan dos días de Navidad.
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