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Pergaminos
"Sebastián"
Textos · Usenet - Narrativa · 0.0
Dedicado a los inocentes:
Qué les pasará, ya serán más de las doce y no aparecen. ¡Rediez con los
amigos!, tenlos pa ésto. Ayer: ¡que no te preocupes!, ¡que si para qué
están los amigos!, ¡que si estamos todos contigo! Na, que no aparecen.
Yo, que me cuidao de todos ellos; que les tengo la casa limpia como los
chorros del oro; que les hago tos los apaños que necesitan. ¡Ay, Dios mío!,
¡que mal pagao!
Me acuerdo como si fuera hoy cuando llegué. Estaba to desastrao. Las malas
yerbas llegaban hasta donde alcanza un zagal; y no digamos lo demás, ¡Madre
mía!, que no había manera de saber quién era quién. Y yo que me pongo a
decirles que tranquilos, que ha llegao Sebastián, que pa lo que manden. Y
ellos, na. ¡Pos anda que no eran estiraos!, ni me hablaban. Pero yo, ya lo
sabe mi madre que está en los cielos, erre que erre, a mí me cabe to en el
corazón. Yo no me achico por na. ¿Que me tiras?, pos me levanto; ¿que de
medio lao?, pos yo, derecho, ¡como los tíos!, que, a puñaico a puñaico,
como decía mi madre que está en los cielos, uno se hace con una montaña. Y
ya lo creo que me los gané. Después de dos meses, yo solico, había dejao to
ésto como no se conocía, y me sentaba en frente sus casas y les decía:
«¿qué, ahora que decís? ¿No me decís na?». A los primeros días, pa mí que
estaban con vergüenza de ver to lo que había hecho, pero luego empezó uno,
y después otro, y hasta que todos ya se vinieron pa mí. Me acuerdo de la
señá Pepica, ¡ay que majica es!, menuica que parece una zagala, pero más
arrugá que una pasica. Me decía: «qué güeno y qué apañao eres Sebastián,
mas dejeao la casa relimpia. ¡Ay tu madre!, ¡cuánto te habrá querío!».
¡Anda!, y el señor Manuel, que me cogió del brazo y me dijo «Sebastián, yo
no soy hombre de letras, así que... ¡venga un abrazo! Eso sí que lo
agradecí. Me acordé de mi padre cuando nos dejó. Yo no levantaba dos
cuartas del suelo y me cogió parriba y me abrazó. Todavía me acuerdo que me
dijo: «Sebastián ayuda a tu madre que padre se va mu lejos» y yo que veo a
mi padre llorar... ¡me cagonla!, ¡y que no lo volví a ver más! ¡Y pa qué se
fue! Cuando estaba mi padre los zagales no me zurraban ¡ya se cuidaban,
ya!, pero luego, ¡me cagonla! allí me veían, allí iba un canto; y tol día
«Sebastián cazurro, déjame subir al burro». Pero..., pa qué acordarme. Me
voy a poner como la Palmira, la pobretica, tol día llorando. Cuando vine
pacá, la veía pallá, siempre solica. Yo macercaba pa hablarla y ella que
desaparecía; ¡me cagonla!, anda que no me hizo de padecer. «Pero, Palmira,
que no desaparezcas, ¡rediez!, que quiero hablar contigo», pero na, cuando
llegaba ya había desaparecío. La señá Pepica madecía: «déjala, Sebastián,
que está penando», ¡rediez! habrá que quererla, ¿no?, la contestaba yo.
¡Pos anda que no se yo na deso! Macuerdo cuando mi madre que está en los
cielo se estaba muriendo, la pobretica, que me dijo: «hijo, haz to lo que
te manden. Di que sí a to no vayan hacerte daño. ¿Que te pegan?, tú agacha
la cabeza y calla. ¿Que mandan trabajo?, tú a correr pa hacerlo corriendo.
¿Que te llaman tonto?, tú agacha la cabeza y calla. Y así toa la vida me la
he pasao. Hasta que me escapé, ya había agachao mucho la cabeza. ¡Anda!,
que se quedaron con dos palmos de narices. Pero aquí he estao a gusto, me
han tratao mu bien, ¡ojalá hubiera llegao antes! Aquí soy yo el que digo y
to va como la sea. Pero, ¡me cagonla!, que sa acabao to. ¡Mira!, por allí
vienen. Qué..., ya era hora, ¿eh?
—Perdona, Sebastián, pero es que estábamos hablando de cómo hacerlo. No es
fácil ¿sabes?
—¡Pos anda!, si tos vosotros ya habéis pasao por esto.
—Sí, pero no es lo mismo. Tú te mereces más.
—Bueno pos venga, ¿qué hago?
—Tú na Sebastián.
—¿Donde está la Palmira?, ¿vendrá, verdad?
—La Palmira te ha traío un regalo, Sebastián.
—¿Un regalo?, ¿pa mí?, ¿qué es?, ¿qué es?
—Tú mira pallá.
—¿Padre..? , ¿madre..?
—¡Corre, Sebastián!, ¡corre con tus padres!
Sus amigos, las ánimas de aquel pueblo abandonado, le ayudaban a morir. El
viejo Sebastián corría como un niño, y su padre le alzó a los cielos, por
siempre.

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© Dalmacio – 31 Octubre 1997
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