Podríamos resumir la historia en solo dos frases. No hay trabajo demasiado malo. No hay trabajo lo bastante bueno.
Quiero decir: cualquier trabajo es mejor que quedarse cerrado en una habitación con paredes de papel escuchando como desaguan las bañeras y las lavadoras, todas a la vez, como si algo fuera a acabarse. Cualquiera que te saque de casa en estas condiciones es tu ángel de la guarda. Te ha salvado la vida. No importa a qué agujero de mierda acabe por lanzarte.
Todo el mundo tiene su ángel, pero algunos, además, tienen dinero. Lo único que debes saber hacer es mantenerte a flote. No todos saben. Y en esto no te pueden ayudar los ángeles, el dinero ni los cuchillos.
Cuando abandoné la universidad no sabía nada de todo esto. Sabía que aquello no era para mí. Aquella gente no tenía nada que enseñarme. Gentecilla gris y sumisa en despachos de blancas baldosas, repletos de libros muertos, cargados de úlceras y publicaciones de mierda para su currículum. Setas vanidosas a la sombra de un estante. Más himnos, más elites, más náusea.
Fue a mediados de abril, hará más de dos años, cuando pillé un curro en el bar de Manuel. Era un buen puesto, solo trabajábamos los fines de semana, por las noches, y era suficiente para pagar el alquiler. No hacía falta más.
Pero todo esto no es más que la mitad de la mentira.
Estaba todavía en la facultad, colgado por los pasillos, buscando alguien para salir a beber, cuando conocí a Marta. No sé exactamente como fue que acabamos juntos, fue casi por desidia, por costumbre. Todo lo que puedo decir es que no la quise, ni la busqué, ni he querido nunca tener nada con ella. Y que volvía la cabeza, a cualquier lado, y ella me esperaba allí. Como por casualidad todo el día en mi camino.
Supongo que era buena chica, mejor de lo que merezco, y que me quería, o quería algo de mí. Algo que yo tenía y ella no o algo que en realidad no tenía ninguno de los dos.
No era guapa, no tenía un buen culo, regular de tetas, sonrisa muerta, lengua de trapo, sin agallas, a merced de todos, de cualquier cosa, totalmente indefensa. La clase de mujer contra la cual todos los fusiles están cargados y disparan sin fallar.
Era fácil hacerle daño, una tentación.
Le cuento todo esto a Carlos y me enseña una foto.
- Esto: Es una chica guapa.
- ¿Y?
- Ni te acerques a ella
Supongo que no bromea. Es su mujer.
- Y págate otra ronda, campeón.
No tiene por qué preocuparse. Nunca me han gustado las guapas, quiero decir: nunca como algo de este mundo. Hay algo en ellas que no funciona, no me llega, no puedo concebir mi vida con alguien que no parezca capaz de dañarme. Algo debió fallar en el plan universal para que a alguien le concedan la belleza sin más. La compensación es aquello que nos mantiene a distancia. Llamadlo prejuicios, complejo, estupidez... supongo que es la falta de costumbre, no parece posible. Simplemente eso: no parece posible.
Me he enamorado muchas veces de chicas que no gustaban a nadie.
Mujeres hermosas, a su manera, con algo común, algo sombrío y brutal capaz de tumbarte de un puñetazo. Amas a los animales, decía una. Supongo que quiero a la gente por lo que han hecho con ella.
Conmigo no han hecho gran cosa. Nunca me faltó nada. Cojones y confianza, tal vez. Algo de destreza, algo más de fuerza. Pero mi sufrimiento no es nada comparado con todo lo que he visto por ahí.
Con las cosas que suceden a la gente. Toda esa mierda de los muchachos apaleados y sin oportunidades, de las mujeres atadas en agujeros inmundos, de los viejos mezquinos sin rastro de vida. Todo ese lloriqueo de poeta sin imaginación es cierto. Sucede. No hay más que asomarse a cualquier casa, cualquier bar, a la hora que sea. Oler el miedo. Ver una muchacha de veintidós besando los escalones que conducen al baño de cualquier cuchitril. Ver los rostros deformados por la brutalidad de la vida en hogares y fábricas. Pasear por sus calles y oler el hastío, la renuncia. La idiotez de quien no sabe sino que está jodido, pero ignora porqué o por quien, para qué.
Verles aferrados desesperadamente a sus ridículos lujos (bisutería, motos ruinosas, un chándal del real madrid).
Cuando salimos del trabajo quedan pocas cosas en las que apetezca pensar. El viejo cabrón de turno nos ha apretado bien, ha hecho con nosotros lo debido, y no queda nada de nadie. Tensión, tensión, tensión nos piden y cada músculo se tensa decidido a arrancar de mí un poco más de carne, un poco más de vida, mientras quede glucosa para mover al autómata y producir un gramo, dos, cien toneladas de riqueza para el estómago incorrupto de la araña. Y los ángeles mueren de hambre y tienen hijos, se convierten en ridículas marionetas de carne frágil; ya no hay volcanes en la tierra capaces de dar calor y en cada mueca la muerte enseñoreada, pagada de si misma por una victoria tan fácil; educando a los hijos y los nietos y perpetuando la futilidad de las generaciones que una tras otra llenan las tumbas sin gemidos ni protestas. Y cuando todo se hunde y es mentira solo un Dante aparece fugaz y llena la copa y la derrama sobre cabezas que no prueban su vino y Dante pasa, muere, se le olvida, se le inventa, se mancilla cada átomo se sus letras con tesis doctorales, análisis, comparaciones, teorías y toda esa suerte de pajas tan del agrado de la tribu de los listos. Se le mantiene bien lejos del alcance de los niños, para el bien común y de la Santa Madre Ignorancia, la compañía Cosmocóccica, la secta de los jefes, la mueca de los títeres de espaldas doloridas...
Hay que buscar un rincón, donde sea, para descansar, a cualquier precio, y salvar la vida mientras todo sigue dando vueltas sobre el mismo eje podrido.
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© mac - 06 octubre 1999
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