Contaba mi madre de la Gaula rural en la que vivió su infancia, de aquellas noches de Ánimas –las del 1 al 2 de noviembre– en las cuales ahuecaban calabazas, ponían velas en su interior y las colocaban sobre muros o sobre postes en zonas oscuras de los caminos, que eran la mayoría, con la ingenua intención de asustar a viandantes ocasionales. Nada decía de la costumbre de ir la muchachada por las casas pidiendo a sus habitantes, acaso porque ya se había perdido en aquellos comienzos del siglo XX, como otras por la voraz emigración de la centuria anterior. Costumbre que había existido al menos desde el XVI si damos crédito a los intentos de suprimirla de un obispo mindoniense que le parecía fatal entre otras muchas razones porque recibian más obsequios los hijos de los ricos que aquellos de quienes estaban verdaderamente necesitados. Alguna cosa consiguió erradicar como las comilonas en honor de los muertos dentro de los templos parroquiales, que al ser los camposantos un anexo alrededor de las iglesias y dado la crudeza del clima durante ese carnaval de otoño no parece extraño que acabase por desplazarse el banquete de las tumbas al edificio cubierto más a mano. ¿Qué hay entre aquel viejo resto cultural y lo que ahora se promociona incluso en las escuelas? Pues puede que nada, ni las calabazas, tan plastificadas y carentes de sentido las actuales. Cierto que la Gaula profunda de una forma o de otra procuraba una vela a S. Miguel y otra al diablo, que eran épocas de poca instrucción y sin luz eléctrica, y se buscaban abogados del más allá para infinidad de problemas reales o imaginarios. Había “mouros” y “mouras” encantadas, “meigas”, “trasnos”, “nubeiros” y “tronantes” y toda una tropa del otro mundo con la que convivir en las noches oscuras y a la luz del día cuando el mal aparecía repentino, como tantas veces suele ocurrir. Pero ni en el lugar más remoto y apartado se confundía el bien con el mal, y si bien se ponía una vela al rabudo o se recurría a una meiga, quien lo hacía sabía de que lado de la raya estaba su conseguidor. La creencia era que para obtener un mal para otros a quien había que recurrir era a un experto en males, cual si fuese un malvado titulado. No había esa bobalicona convicción –si es que se la puede llamar así–, tan frecuente hoy en día en la cultura pastiche que nos rodea de que puede haber brujas y vampiros buenos, y hasta diablos con buenas intenciones. Toda esa cagada cultural mediatizada y ávida de obtener adeptos paganos –es decir, que suelten la pasta– es la que se impone hoy por doquier y pocos saben que su origen viene de hace unos 30 años cuando algunos niños pijos de barrios residenciales de ciudades como Madrid empezaron a imitar a sus vecinitos yanquis que se habían traído de América su particular carnaval de otoño, ya bastante adulterado de su antiguo origen irlandés. El problema es que en este país quienes ahora ocupan una parcela importante del poder económico, mediático o político son aquellos niños pijos de las mirasierras hispánicas de los 70.© Galaor

