HOY NO ES UN BUEN DIA
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- Yo no digo que no seas un buen escritor, sino todo lo contrario. Lo único que intento es hacerte entender que estamos en un negocio y nos debemos a un público y es precisamente ese público quien nos mantiene. No creo que debas hacer una montaña de un granito de arena.

- ¿No? ¿Me estás acusando de desfasado ante mis propias narices y me dices que exagero?

- Te lo repito por última vez: los lectores están ya aburridos de tanto sexo. Lo que quieren ahora es ficción, drama, situaciones grotescas, cualquier cosa antes que una vulgar escena de cama. Eso tuvo su auge en su momento, pero hoy por hoy hasta mi hijo de 16 años está ya de vuelta de todos estos temas. Prefieren mil veces a un tío clavándole una estaca en el corazón a un vampiro antes que todo lo que tú escribes. ¿Te ha quedado claro o traigo a un traductor que te lo explique?

- Esto me parece un mal sueño. Aún tengo en la mente esa mañana de Abril que vine por primera vez a este despacho hará ya unos 15 años. ¿Te acuerdas que vine con una carpeta donde traía mis relatos cortos intentando que me publicarais algo?

- Me acuerdo perfectamente, lo que no sé es adónde quieres llegar.

- Conseguí que lo hicierais y de hecho TAXI fue un gran éxito comercial. Ese mismo año fui reconocido como escritor revelación del año. Mi segunda novela supuso otro paso adelante en mi carrera. Y no te quiero contar cuando escribí LA SONRISA DE ALMUDENA. Fue mi primera novela llevada al cine. ¿Tampoco te acuerdas que se llevó dos Goyas e incluso estuvo nominada para mejor película extranjera?. (Ya subiendo el tono de voz) Tengo la habitación de mi casa llena de premios de Literatura, todo lo que poseo me lo he ganado con mi profesión, y muy bien por cierto, y desde hace muchos años en mi Carnet de Identidad rezo como escritor, por lo tanto no tengo que aguantar las tonterías de un editor de tres al cuarto que me diga cómo tengo que escribir sólo porque ahora no le reporto tantos beneficios como hace unos años. Y lo que más me duele no es sólo que te atrevas a ir diciendo a la gente que eres amigo mío, sino que me taches de escritor de novelas de sexo, cuando sabes que eso es mentira. Yo escribo sobre las relaciones humanas, y el sexo tiene importancia, por supuesto, pero también hablo de la soledad, la ternura, la amistad, la desidia. Y si no te ha quedado claro, búscate tú un traductor que te aclare esto: ¡VETE A LA MIERDA!

Y sin darle tiempo a responderme pego un portazo a la puerta y me voy rápidamente. Jamás pensé que algún día llegaría a salir de esa oficina de Nuevos Creativos con esa rabia. Como los dos ascensores están ocupados decido bajar las escaleras andando; al fin y al cabo,¿ qué son 7 pisos de nada? Salgo a la calle Princesa y pido un taxi (mi coche aún lo tengo en el taller) y le pido al chófer que me lleve a la Casa de Campo; es un sitio que siempre me ha relajado mucho y es justamente lo que necesito ahora. Pero no lo consigo. Hace ya muchos meses que Alfonso me acosa con el mismo tema: mis libros ya no venden lo que vendían antes. ¿Y a mí qué me importa? Yo tampoco tengo el mismo pelo que tenía antes ni tampoco he estado nunca tan gordo como ahora y sin embargo no le amargo la vida a nadie. Seguramente mientras yo esté esta tarde rebanándome los sesos en mi oscura habitación él estará jugando una partida en el Club de Golf, como todos los miércoles. Quizás lo único bueno de estas situaciones es que te das cuenta de quiénes son tus amigos y quiénes no. Lo más bonito de estar arriba es saber que no dura eternamente. Supongo que no hay peor borrachera que la del éxito. Eso ya lo sabía, no me importa. Y si en vez de vivir en un bonito chalet tuviera que vivir en un casa de alquiler tampoco me importaría, o no tener coche y viajar en autobús o metro..... tampoco me importaría. Pero lo que no puedo es aguantar que me digan que todo los estamentos sobre los que se basa mi vida son una farsa; que no soy nada más que un escritor mediocre que tuvo su momento, quizás de casualidad, y que todo acabó. Y si para vender como antes tengo que cambiar mis conceptos, entonces no sería un escritor, sino un mercenario. Y ya no tengo 18 años para empezar de cero. Soy demasiado joven para hacer cambiar el mundo y demasiado mayor para que el mundo me cambie a mí. De repente me quedo mirando unos niños que juegan al balón.

Veo cuatro chicos y uno de ellos es rubio. Lo que más destacaría es que a los otros no les importa que no sea moreno. Simplemente juegan. Cada cual se comporta como es, sin tener que dar explicaciones a nadie. Supongo que es un privilegio que nos concede la sociedad y caduca cuando acaba la infancia. No sé, quizás esté sacando todo de contexto. Resultará que al final tendrá razón mi mujer cuando me dice que me obsesiono con cualquier pequeño problema. Pero para mí tener que desprenderme de mi propia personalidad no me parece un pequeño problema. De todas formas, hoy no es buen día... Tras un largo paseo noto que el parque está ahora menos concurrido. Mi reloj me lo explica: son las 3 y media y está todo el mundo comiendo, menos algún vagabundo y algún escritor amargado. Supongo que Ana estará preocupada; le dije que a las 2 estaría en casa para comer. Llamo a otro taxi que me lleve a mi dulce hogar. El taxista es un señor de unos cuarenta. Seguramente lleva toda la vida en esta profesión y lo mejor de todo es que es feliz.

- Perdón. ¿Le importa si le hago una pregunta?

- No. Dígame Ud.

- Es una tontería, pero me gustaría saber cuánto tiempo lleva Ud. trabajando en esta profesión.

- Pues tengo 43. Si no recuerdo mal desde los 18. Es mucho tiempo, y lo que me queda.

- ¿Y si no es mucha indiscreción, ser taxista ha sido siempre la ilusión de su vida?

- No. Ni mucho menos. Yo siempre he querido ser piloto de carreras. Cuando tenía 17 se lo dije a mi padre. Este me dio una torta, y luego me dijo unas palabras que no olvidaré nunca: déjate de tonterías y vete ya a la Autoescuela que te quedan dos meses para cumplir los dieciocho y el taxi te espera. Así que no me toques más las pelotas.

- Supongo que eso no se lo habrá perdonado nunca.

- Todo lo contrario. Ese mismo día me di cuenta de que la felicidad no hay que buscarla sino que hay que crearla. Es una especie de cuadro que hay que dibujar día a día. Y no vale decir que no te gusta la pintura. El hombre no es que tenga derecho a ser feliz, sino que tiene la obligación, y todos venimos a este mundo con un pincel debajo del brazo.

El taxi se para en ese momento en la puerta de mi casa. Le pago al hombre con un billete de dos mil y cara de admiración y él me da doscientas pesetas de vuelta. Quise darle propina, pero sinceramente, pagarle en dinero no me hubiera parecido correcto. Y tras un saludo me quedo unos instantes en la puerta de mi casa viendo cómo se aleja el coche.

Cuando entro en mi casa mi mujer se abalanza sobre mí comiéndome a besos y sus ojos delatan que estaba preocupada. Yo sin saber qué ocurre le digo:

- ¿Qué te pasa, te ocurre algo?

- ¿Cómo que qué me pasa? Me llama Alfonso diciéndome que te has ido de la Editorial echando pestes. Te presentas dos horas y media tarde sin avisar y te veo en la calle mirando no sé que. ¿Qué te ocurre, cariño? ¿Qué qué me ocurre? Muy sencillo: soy una farsa, un fraude. Llevo toda la vida diciendo que soy escritor y eso es mentira; tan sólo soy un hombre que escribe. Cualquiera puede escribir. Yo podría haber sido taxista y el mismo hombre que me ha traído hoy a casa ser el escritor. No somos nada más que un juguete del destino. Toda la vida es una película de ficción y nosotros somos los actores. ¿Lo entiendes?

Ella me mira con miedo. Nos conocemos de toda la vida pero no puede saber quién soy yo cuando ni siquiera yo mismo lo sé.

- ¿Has bebido? Te noto raro.

- No he bebido y si no te importa que sigamos esta conversación mañana prefiero meterme en la cama. Estoy muy cansado y no voy a escribir una sola página. Dejemos que sea la vida quien las escriba. Hoy no estoy en condiciones de dar ni una sola pincelada. No es un buen día hoy para el arte. ¿Por cierto, tú crees que mis libros se basan en el sexo?

- ¿Por qué me preguntas esa tontería? Eres el mejor escritor del mundo. Me quedo mirándola un momento y sin decir nada me voy a la cama. Se me había olvidado que una mujer no puede declarar en contra de su marido. La ley es la ley.

Y cuando llevo dos horas pegándome con la almohada y la vida me levanto para ir al frigorífico a por un vaso de leche fría. Es una cocina bonita. Tiene de todo: microondas, batidora, tostadora, lavavajillas. El frigorífico está lleno. Tengo una foto de mi mujer en el pasillo; es muy guapa.

Entro en el cuarto de baño a lavarme los dientes y éste me devuelve mi imagen. Creo que aún soy un tipo atractivo. Todo es muy bonito. ¿Y por qué me siento como un ser feo, solo, triste, pobre y muerto de hambre? Si ayer no lo era y hoy sí, de quién me fío, del martes o del miércoles, de Alfonso o de mi mujer, de mi filosofía de la vida o de la del taxista. ¿Qué tiene más, un vaso medio lleno o un vaso medio vacío? Me voy a la cama. Hoy no es un buen día.

..........................

- Mamá, ¿qué le pasa a Papá? Ayer no le vi en todo el día y ni siquiera vino a darme las buenas noches.

- No lo sé, pero bien sabe Dios que me gustaría. Lo único que sé es que se ha pasado toda la noche en el salón leyendo un diccionario y ni siquiera ha estado escribiendo.

- ¿Pero habéis discutido?

- No, eso es lo malo, que no hemos discutido y me siento peor que si lo hubiéramos hecho. Desayuna y no te preocupes de él. Supongo que ya se le pasará. Ya sabes que siempre ha sido un hipocondríaco y si no es el centro de atracción se muere. Si se quiere levantar que se levante y si no que haga lo que quiera, ya es mayorcito.

A las 12 menos 10 me pongo en pie y para mi satisfacción veo que estoy solo en casa. Sinceramente, no me apetece seguir la conversación de la noche anterior. Cansado de no encontrar nada importante en la parabólica decido llamar a Pepe. Tiene un pequeño restaurante en el barrio de Salamanca y seguro que si le llamo no le importará que nos tomemos un café. Y así es. Media hora más tarde estamos en una terracita de Pintor Rosales disfrutando de una mañana agradable.

- Tú dirás, ¿Qué era eso tan importante que me querías contar?

- Pues para no dar más rodeos: engaño a mi mujer. Pepe se queda perplejo. Es amigo mío de toda la vida y se lleva estupendamente con Ana. La noticia no parece hacerle demasiada gracia.

- No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Con qué mujer la engañas?

- Con ninguna. No estoy con ninguna mujer.

- No irás a decirme a estas alturas que eres homosexual. (Le da pánico escuchar la respuesta).

- No. No estoy con nadie. Sabes que Ana ha sido es y será la mujer de mi vida. Sin ella yo no sería nadie.

Pepe cada vez lo entiende menos.

- O me explicas eso ahora mismo o te parto esta botella de cerveza en la cabeza.

- Muy sencillo. Siempre le he dicho que si escribo es por ella. Y es mentira. La primera novia que tuve fue quien me animó a escribir y aunque hace más de 15 años que no la veo cada vez que acabo una novela me imagino que la llamo por teléfono para que la lea. En cierta manera es una forma de engañar a mi mujer. Escribo teniendo en mi mente el recuerdo de otra. Por eso la engaño.

- Estás como una chota. Por un momento pensé que tenías un rollo. Tú no la engañas. Simplemente la mientes piadosamente. Con confesarte y rezar un Padre Nuestro tienes suficiente. Para mí la fidelidad es lo más importante en una pareja.

- ¿Tú lo eres?

- Por supuesto. Lo sabes bien. No me acostaría con otra mujer jamás. Ya me corrí mis juergas de joven y ahora lo que quiero es disfrutar de mi mujer y mis hijos. Parece mentira que me preguntes eso.

- Olvídate que eres amigo mío: ¿qué te parecen mis libros?

- Me parecen geniales. Me reí muchísimo en el último, cuando el marido pilla a su mujer con otro en la cama. Creo que tienes un don especial para hacer que el sexo sea algo hermoso. A mí mujer también le gustan tus escenas de cama. Aún no sabe cómo tienes tanta imaginación.

- ¿Tú crees que tu mujer es pasional?

- La verdad es que sí. Eso es lo que más me gusta de ella, que cuando hacemos el amor parece como si aún fuéramos novios. ¿Y la tuya?

- La mía también. Anteayer vimos Casablanca y lloró durante casi toda la película.

- Sinceramente: hoy te noto rarísimo. Me voy que se acerca la hora de las cañas. Cuando te parezca bien me explicas qué es lo que te pasa hoy. Nos vemos.

Pepe se monta en su coche mientras yo me quedo absorto en mis pensamientos. No lo entiendo. El mundo está al revés. Lo mejor que puedo hacer es darme un pequeño paseo hasta la peluquería de Leandro. Hace tiempo que no voy y ya tengo el pelo demasiado largo por detrás. Además me apetece verle. Es otro de mis buenos amigos.

Mientras me corta el pelo aprovecho para seguir sacando mis propias conclusiones. Me está contando algo sobre un vecino suyo. Al parecer la mujer de este vecino tiene mucha confianza con Leandro y en la peluquería ha dejado entrever que su marido es impotente.

- Pues eso: que aunque a mí no me lo haya dicho textualmente he sacado la conclusión de que no se le empina.

- Con eso me das a entender que tú no eres impotente.

- Hombre, parece mentira. Ya sabes que soy todo un semental. Muchas mujeres avalan mis palabras. ¿O acaso lo dudas?

- ¿Yo? Por supuesto que no. Simplemente estaba pensando. ¿Tú qué concepto tienes cuando te dicen que una persona es promiscua?

- Pues si no me equivoco eso quiere decir que le va el rollo, es decir que no se corta en probar nuevas experiencias sexuales. ¿Por qué lo dices?

- Por nada. Anda, cóbrame que me voy.

Llamo por teléfono al taller para ver si mi coche está preparado pero me dicen que aún no. El no tener vehículo y depender de los demás me hace sentirme aún más indefenso, pero en fin, la vida continúa. Creo que voy a llamar a Ana para decirle que no puedo ir a comer; la verdad es que no me apetece, aunque supongo que a ella no le hará mucha gracia que no vaya tampoco hoy. Y sin saber por qué media hora más tarde, después de haber telefoneado a mi casa me encuentro otra vez en la Casa de Campo sentado en un banco que hay enfrente de la parada de taxis. Hace un momento quedaban tres estacionados pero en menos de un minuto han salido los tres para hacer un servicio. Y a lo lejos veo cómo se acerca un Renault Laguna que me resulta conocido. No quiero desaprovechar la ocasión y llamo al taxi.

- Hola. Buenas Tardes. ¿Me puede llevar a Serrano 28?

- Por supuesto. Por cierto, ¿ no es Vd. a quien acerqué ayer a su casa?, pregunta mientras me mira por el retrovisor.

- Anda, pues es verdad, ¡qué coincidencia!, disimulo yo.

- Me llamó un poco la atención que me hiciera preguntas personales. Normalmente al cliente no le interesa ese tipo de cosas. Me llamo Jose, aunque mis amigos me dicen Chispa, me dice mientras me da la mano.

- Encantado. Yo me llamo Fran, aunque mis amigos me dicen que sólo sé escribir sobre temas de sexo.

- ¿Cómo dice?

- No, nada. Cosas mías.

- ¿Le ocurre algo? Aunque yo no le conozca le noto raro.

- A decir verdad sí. ¿Y quiere Ud. que le diga que me pasa?

- Me encantaría. Me tiene intrigado.

Saco un papel de mi cartera donde tengo varias anotaciones y las leo en voz alta: Impotencia: falta de potencia.

Engañar: dar a la mentira apariencia de verdad.

Promiscuo: mezclado.

Pasional: perteneciente o relativo a la pasión, especialmente amorosa.

Infidelidad: falta de fidelidad. Carencia de la fe católica.

- Si en ninguna de estas definiciones aparece la palabra sexo, ¿por qué cualquier persona le otorga un contenido sexual. ¿Quién le da derecho a mi editor a criticarme cuando es la sociedad quien ha marcado estas directrices?. Y si no, haga Vd. una prueba. Coméntele a cualquier persona que su señora, si la tiene, le es infiel, y verá como piensa que le está poniendo los cuernos, cuando puede referirse a otro aspecto completamente distinto.

- La verdad es que en eso lleva razón. Le voy a contar una experiencia propia: hace muchos años, cuando yo era joven, conocí a una chica con la que empecé a salir al poco tiempo. A los pocos meses de estar juntos tuve que hacer un viaje y le pedí que se quedara en mi casa un par de noches para que me cuidara el perro, y por casualidades del destino, me presento una noche antes de lo previsto y la pillo en la cama con otro tío. En ese mismo instante acabó nuestra relación. A los dos meses, mientras me tomaba un refresco en un café donde solía ir con ella bastante a menudo, me comenta un camarero (con quien yo apenas tenía confianza) que ella seguía yendo todas las mañanas, y tras pasar una hora en una mesa, pagaba y se iba. Me encontré un día a una amiga suya y me lo aclaró: se levantaba a las ocho, hacía la casa, cogía un autobús (esta cafetería le caía bastante lejos), desayunaba un café y cansada de esperar ver mi silueta entrar por la puerta se iba y cogía otro autobús de vuelta a casa. Aunque sé que se acostó con otros hombres estando conmigo creo que jamás conoceré a otra mujer que me haya sido tan fiel como ésa.

- Pero no es sólo eso. ¿Nunca ha estado en un atasco impresionante con un cliente en su coche? ¿No se ha sentido impotente en ese momento? Pues como este ejemplo le puedo mencionar cientos. El sexo es algo que el ser humano lleva consigo y marca sus pautas de comportamiento sin darse cuenta. Por eso no me parece justo que si soy un escritor que cuenta todo lo que ve en esta vida tenga que prescindir de algo que está ahí en todos nosotros.

- De todas formas no debería obsesionarse. Hasta la cosa más insignificante de este mundo tiene múltiples interpretaciones y cada persona percibe impresiones de manera diferente. Le pongo un ejemplo: mañana juega el Madrid contra el Bilbao. Quedan cuatro personas para ir juntos al partido: un arquitecto, un sociólogo, un forofo y la madre del árbitro. Seguramente al arquitecto prestará más atención a la construcción del estadio, el sociólogo al comportamiento de las masas, el forofo sólo pensará en la victoria de su equipo y la madre sufrirá cuando insulten a su hijo. Son cuatro partidos diferentes en uno mismo. Y eso es la grandeza de la vida, cada cual la enfoca a su manera. Y no merece la pena preocuparse de lo que los demás piensen de nosotros, de la misma forma que ellos están también sujetos a nuestras críticas. Si sus novelas no crean el efecto en el lector que a Vd. le gustaría y eso le preocupa, puede probar tres alternativas: intente cambiar su forma de escribir, siga haciéndolo como lo hace ahora o haga lo que hago yo de vez cuando.

- ¿Y qué hace?

- Pegarle un lingotazo de bourbon a la vida (en ese momento saca una petaca y me ofrece)

- No gracias. No bebo nunca.

- Ese es su gran problema. Un escritor debería saber que la palabra “nunca” no existe.

Le sonrío mientras le hago una señal para que pare a mano derecha.

- ¿Le importaría esperarme cinco minutos? Subo y bajo enseguida.

- De acuerdo. Aquí le espero.

Entro en un portal donde hay otra oficina que también pertenece a Nuevos Creativos. Suelo venir una vez a la semana para ver si hay algún libro de los que suelen mandarme de vez en cuando. Pero no hago más que saludar al portero me dice que también tienen estropeado el ascensor, y son 5 pisos. No sé por qué me da la sensación de que hoy tampoco va a ser un buen día. Y encima como tonto tengo en la calle a un taxista filósofo y borrachín enseñándome qué está bien y qué está mal. Supongo que sé lo que va a pasar arriba. No creo que tenga nada que recoger y Mónica (la recepcionista) me tirará los tejos como siempre. Lleva meses intentando que nos vayamos a tomar un café. La verdad es que está bien buena y si no fuera porque estoy casado no importaría descubrir a qué llama ella “tomar un café”.

- Hola Buenos Días. ¿Mónica está hoy de descanso?

- No. Desde anteayer no trabaja aquí. Le ha salido un trabajo en otra empresa (me responde una señora más bien mayor, gorda y fea.

- Ya... ¿Hay algo para mí?. Me llamo Francisco Rodríguez.

- No. (Me responde con cara de perros)

- Hasta luego.

- Hasta luego.

Bajo las escaleras pensativo. Jamás se me había pasado por la cabeza enrollarme con Mónica, pero ahora que me doy cuenta, me sentía muy bien cada vez que le daba calabazas. ¿Si ni siquiera puedo alardear de buen padre y buen marido de qué se va a alimentar mi ego ahora? Voy a bajar y le voy a decir al tipo éste que se vaya, que me quedo aquí. No estoy hoy para aguantar tantas tonterías. Y cuando bajo me acerco a él, y antes de poder decirle nada me pregunta:

- Ud. dirá dónde vamos ahora.

Lo malo del asunto es que no tengo la respuesta. No sé dónde ir.

- ¿Qué tal andamos de bourbon?

- Mucho y del mejor.

- Pues a donde quiera. Improvise.

- Como mande. Soy su siervo hasta las 10 que he quedado para echar una partidita de póker.

El taxi arranca mientras yo me limito a mirar por mi ventana y veo de todo: muchos coches, mucha gente, muchos colores. Nos paramos en un semáforo y veo un gitanillo sucio y con cara de necesidad que intenta vender pañuelos para llevarse algo al estómago. Hay que observar la vida para poder contarla.

- Y éste, ¿qué puede hacer para ser para ser feliz? pregunto con cierta ironía al sabio del volante.

- Mire su cara y mire la suya. ¿De veras cree que él es menos feliz que Vd.?

En ese momento me miro en el espejo interior del coche y como respuesta nada mejor que un silencio.

Poco más tarde empiezo a hablar algo sobre mí. Parece sorprendido cuando descubre que soy un escritor medianamente conocido. El me comenta que vio la película TAXI pensando que iba sobre su profesión, cosa que después resultó no serlo. Y conforme pasan los minutos bebo algún que otro sorbo de bourbon.

Supongo que verdaderamente deber de ser bueno, porque está horroroso. Y cuanto menos entiendo qué es lo que hago en un taxi con un desconocido que no me lleva a ningún sitio más a gusto me empiezo a sentir. Me siento como cuando era un crío y mi padre me montaba en el coche y no sabía qué calles eran las que veía por el cristal. Sólo sé que hemos pasado por la Castellana, Atocha, al rato estábamos en Cuatro Caminos... ¡Yo que sé! Además el individuo éste está loco. Pero paso de decirle nada. Dentro de unos minutos le diré que me pare en cualquier lado. Lo que no me explico es cómo se atreve a conducir mientras bebe. Como nos pare la Policía le van a meter una buena multa.

- Pues sí que he leído algún que otro libro suyo.

- ¿Y qué le parecen?

- ¿La verdad?

- Por supuesto.

- Pues la verdad es que pienso que Vds. los escritores no tienen ni idea de la vida. ¿Por qué dice “ a él le gustan los senos de ella”.

- ¿Y qué quiere que diga?

- Lo que son en verdad: “tetas”.

- No puedo decir esa palabra. Me parece vulgar. No he estudiado tantos años ni me he leído tanta literatura para hablar un lenguaje barriobajero.

- Ya entiendo. Lo interesante es mirar el mundo como de pasada. Supongo que mañana se montará en su Mercedes para observar toda la mierda que hay en este infierno y reflejarla de tal manera que parezca algo bonito. Se supone que eso es el arte, ¿verdad?.

- No exactamente.

- ¿Me permite que le tutee?

- Sí, por supuesto.

- Te voy a decir lo que pienso de ti. Eres un asqueroso pijo de mierda que lo has tenido todo en esta vida y como te aburres decides amargarte por cualquier tontería. Pero en el fondo te gusta observar a la gente para autocomplacerte pensando que son menos que tú. Es muy agradable hablar de la vida sentado ante un buen ordenador mientras escuchas música al calor de una chimenea. Los vulgares humanos no tenemos nada más que hacer que sufrir un poco para que tus deleznables novelas tengan algo de argumento. Mientras tú llenas la habitación de premios en base de personas mediocres como el pobre que vende tabaco en un semáforo o algún taxista loco que tiene que trabajar diez horas diarias para intentar llegar a final de mes. Y cuando lo tienes todo: éxito, dinero, hogar, una familia, es el momento de preocuparse si tus lectores opinan esto o lo otro. Sinceramente, eres un ser patético. Me das asco.

Me quedo callado sin mirarle. Si lo llego a saber no le dejo tutearme. Ya se puede ir olvidando de la propina.

De repente siento cómo para poco a poco el coche y lo intenta aparcar en una calle que no conozco de nada. Pero no hay suficiente hueco y lo tiene que sacar otra vez. En eso viene un tipo negro que nos indica otro aparcamiento un poco más adelante, y nos dice mientras nos orienta con un cierto acento yo diría que cubano:

- Chico, entra de fundío.

Cuando ya está el coche aparcado le pregunto a mi “amigo” dónde estamos.

- Texas Club.

- ¿Y eso qué es?

- ¿Nunca has estado en un “puticlub? ¿O debería decir “casa de citas” para no ser vulgar.

- No. Ni la haré jamás.

- Ya. Me lo imaginaba. ¿No decías que había que observar la vida para poder escribir sobre ella? A 200 m. de aquí hay una parada de taxi. Seguro que te podrán llevar al club de tenis o a la ópera. No te olvides de dejarle propina. Así parecerás más distinguido.

Y sin decir más se mete en el local mientras saluda amistosamente al cubano de 1.90 que está en la puerta. Por un momento decido dejarlo allí y marcharme para casa. Voy a telefonear antes a Ana para decirle que voy para allá. No quiero que se preocupe.

10 minutos más tarde.

- Ponme otro Jack Daniels. Estoy harto del taxi. Hoy ya no trabajo más.

- Que sean dos. El mío en vaso bajo y con mucho hielo.

Me mira y por unos segundos no dice nada:

- Creí que no te volvería a ver.

- Quizás sea un pijo asqueroso, pero nunca me voy sin pagar. He telefoneado a mi mujer para decirle que iba ahora mismo a entrar en una reunión importante.

Me mira a los ojos, le miro a los ojos, y nos echamos a reír como dos viejos amigos. Pero cuando me empezaba a encontrar algo relajado, oigo la voz de una chica de unos 23, de color, que le pregunta a Chispa.

- ¿Y éste? ¿Es amigo tuyo?

Ella me mira y yo veo cómo me empieza a subir la temperatura a consecuencia de los nervios.

- Hola moreno. ¿Quieres probar mis delicias?

- No gracias. He venido sólo a tomar una copa.

Tengo la sensación de que los dos se están riendo de mí, pero tampoco lo sé, porque me da tal pudor que tan sólo me dedico a comer los canapés de chorizo que hay en la barra.

- Voy al lavabo.

¡Qué vergüenza! Me parece el sitio más cutre que he visto en mi vida! Me quiero ir a casa, y olvidarme de esta noche. Es sólo un sueño. Pero salgo otra vez y Chispa está solo de nuevo.

3 bourbon y 40 canapés después

- ¿Ves como esto no es tan malo? No hay que temerle a nada en esta vida, me dice un borracho.

- Lo sé, Chispa. Sinceramente pensé que jamás entraría en un sitio como éste para tomar algo. Quizás si hubiera sabido que el chorizo iba a estar tan rico hubiera venido antes.

- ¿Quieres un cigarro? A ver quién es el guapo que le dice que ni siquiera sé fumar.

- Sí. Dame uno.

Y cuando mejor me encontraba se me acerca otra chica, me dice algo sensual y sin apenas darme cuenta me coge de la cintura y me agarra mis partes bajas. Lo último que recuerdo es que le dijo a mi compañero.

- Lo de tu amigo es necesidad. Deberíamos hacer algo ya.

Y tanta mezcla de vicios me debió sentar mal, porque mientras ella decía esas palabras yo salí a la calle como alma que lleva el diablo . Me puse malísimo.

- Vomitar de vez en cuando es bueno, me dice Chispa mientras me pone su mano en la frente.

- Hay cosas de las que es mejor no escribir, le digo con cara de cadáver.

Y mientras él se carcajea de la situación me apoya en el capot de ese maldito taxi donde nunca debí montar.

- Bienvenido al mundo de los humanos. Más vale tarde que nunca.

- Si no fuera porque no te veo bien te partía la cara, me pareció decirle antes de caerme al suelo. Espero que la dama no se haya ofendido. No era mi intención irme sin despedirme, le digo mientras me levanta.

- No te preocupes. Seguro que sabrá perdonarte. Este tipo de mujeres nos perdonan en cuanto entramos por la puerta.

Después de unos minutos nos volvemos a montar en el coche. Aún sigo mareado, pero sorprendentemente me encuentro animado. Las ventanas del coche están bajadas y el aire me sabe a gloria. Hacía mucho que no me sentía tan bien. Tan sólo echo de menos algo de buena música, pero con el hortera que llevo al lado sería pedirle peras al olmo.

- No tendrás un cigarrito. Tengo el mono.

- No. Como no quieras un puro que me queda.

- Paso. ¿Por dónde vamos ahora?

- Por la M-40. ¿Te llevo a casa? Son ya las 12.

- Esta noche no tengo casa. Y tú tampoco, ¿ok?

- Vd. manda, señorito.

De repente nos pasa un Ford Scort modelo deportivo. La música está muy alta y yo le digo a voces:

- ¿Has visto lo que yo? No te las dejes escapar. Corre, corre.

- ¿Qué corra qué?

- ¿No has visto a esas dos peazos de hembras en ese coche matrícula de Santander? Si esto fuera una novela mía el taxista las perseguiría antes de que se nos fueran, le pico yo. Y de repente pega un acelerón de miedo que hace que me dé un pequeño golpe.

- ¡Ponte el cinto y agárrate los machos! No sabes con quién estás hablando! 120, 130, 140, 160. 170. El tío los tiene bien puestos. ¡Maldita la hora en la que abrí el pico!, pienso mientras me agarro al mango de la puerta con más miedo que vergüenza. Pero cuando iguala el coche justo a la izquierda del de las dos chicas me animo y les digo: oye, perdonad, tenéis un cig...

En ese momento nos ven a su altura y al asustarse aceleran. Y aceleramos. La situación tendría su gracia si no fuera porque ya vamos a 180 y nos hemos metido ya en la A-3 donde ya sólo hay dos carriles y demasiadas curvas para esa velocidad. Volvemos a igualarlas y las vuelvo a atacar:

- Oye, ¿que si tenéis un cigarro?, les grito (el tipo éste podía cambiar la música o bajar el volumen). Ya ha dado 3 veces la vuelta la cinta de “Mi carro me lo robaron “ de Manolo Escobar y mis dos amigas no me oyen.

- ¿Cómo?

- ¿Qué si tenéis un cigarro?

Se miraron entre sí, y debieron llegar a la conclusión de que o nos lo daban o les íbamos a seguir dando la paliza, porque la que conducía sacó su bolso y me estiró la mano para darme un cigarro rubio.

- Gracias, guapísimas.

Acelerón y ninguna respuesta. Pero Chispa vuelve a acelerar y se pone otra vez a su lado. Saco otra vez la cabeza, y grito:

- Chochonas.

- Imbécil.

- Tetas, culo, coño, joder, follar, gallarda, paja. (El taxista soltaba las manos del volante en una muestra de júbilo. Se lo estaba pasando como los indios). Chuloputa, correrese, orgasmo, a tomar por el culo, cagarse, mearse.

- Subnormales. A ver si os matáis. Desgraciados. (Poco a poco se aleja su coche a una velocidad vertiginosa)

- Llámame mañana, que hoy estoy muy ocupado (ya fumándome el cigarrillo: un día de éstos tengo que aprender a fumar).

- Oye, pijo. ¿Te apetece morir?

- Hoy no.

- ¿Te parece bien si bajo la velocidad?

- Lo estoy deseando.

- Me alegro de oír eso. A 220 por esta carretera no me acaba de molar.

- A mí tampoco, y si me quitas de una vez al Manolo Escobar éste seguro que me enamoro de ti.

Lo último no dio resultado hasta que llegamos a una cafetería que hay en Ventas que no cierra toda la noche. Mientras él se toma un café aprovecho para comprar el Brasil de los Manhattan Transfer y cuando estoy pagando al camarero me paro a pensar qué estoy haciendo yo allí. Debería estar en mi casa hace ya mucho. Seguro que Ana ha acostado ya a la niña y al ver que no llegaba yo se habrá quedado dormida. Los dos estamos aún contentillos y a Chispa, cuando se le calienta la lengua no para. Me sigue dando los mismos sermones de toda la noche, ya dentro del coche.

- No deberías tomarte las cosas tan a pecho. Intenta cambiar y ser menos radical. Lo que deberías hacer es romper con todo lo establecido y lanzarte a hacer cosas que nunca se te pasarían por tu imaginación. Cambiar de vez en cuando es bueno.

Yo estoy viendo su arsenal de cintas insufribles y parezco no prestarle demasiada atención.

- Me estás intentando decir que hay que prescindir de lo de siempre y de vez en cuando cambiar, ¿no?

- Exacto.

Ya. Tienes aquí de todo: Lola Flores, Chiquetete, Los Chunguitos. ¿Cuál es el que más te gusta de todos?

- Esa que tienes ahí, la de Raphael. Es la mejor.

- Ah... Sin pensármelo dos veces y sin darle tiempo a que él lo impida la tiro por la ventana.

- ¿Qué haces, desgraciado, te has vuelto loco?

Y yo mientras voy tirando una a una todas las cintas mientras él me amenaza dándome voces. Pero una vez puesto ya no hay quien me pare. De repente pega un volantazo y se sale de la carretera de circunvalación y para el coche en cuestión de segundos y me echa de él con empujones.

- Vete de aquí, y que no te vuelva a ver, subnormal.

Y con muy malas maneras vuelve arrancar el coche a toda velocidad mientras yo me quedo mirando cómo se aleja. Lo peor no es ni el frío ni el cansancio, sino que me ha dejado en un sitio que no conozco de nada. Venía tan concentrado que no sé en qué barrio me ha ido a dejar. Después de todo supongo que encontraré un taxi que me lleve a casa. Pasados más de 20 minutos pateándome las calles empiezo a pensar que no iba a ser tan fácil. Debe ser un barrio de gente trabajadora y estará todo el mundo durmiendo a estas horas. Y cada vez tengo más frío. Y cuando pensaba que ya no iba a encontrarme con nadie veo a lo lejos a dos hombres de mediana edad que se vienen dirección a mí. Al llegar a mi altura los saludo:

- Hola Buenas noches. ¿Podrían decirme si hay alguna parada de taxi por aquí? Me he perdido y no conozco esta zona.

- No. Y a esta hora menos todavía.

Ahora que los veo de cerca me doy cuenta de que son más jóvenes de lo que yo me esperaba, y no tienen muy buen pinta, por cierto. ¿Entonces no hay ninguna posibilidad de ir al Centro?

- Umm... Quizás. ¿Lleva dinero?

Y yo como un tonto les enseño las últimas 15000 que me quedaban. Y en ese momento en que se miraron entre sí me di cuenta de mi torpeza. En cuestión de un segundo pasé todo el miedo que no había pasado antes. Mis temores se hicieron realidad.

- Pues ya que las tiene fuera no las guarde, me dice uno de ellos ya con una navaja en la mano.

Yo me quedo sin habla mientras un sudor frío me recorre todo el cuerpo. Les doy el dinero pensando que me van a dejar ir pero cada vez me rodean más. Me piden también el chaquetón y se lo doy.

- Y ese reloj tan bonito también.

- Lo siento, pero este reloj es un recuerdo de mi padre y no os lo doy. Atreveos a quitármelo vosotros.

Y les di tanto miedo que se echaron a reír como si les hubiera contado un chiste. Y sin pensármelo dos veces le pegué una patada a uno en el estómago y me eché a correr.

- ¡Que no se te escape, que cuando lo coja me lo cargo!, le decía a su colega desde el suelo.

Y el otro se lo tomó al pie de la letra porque el muy gusano venía tras de mí a una velocidad endiablada. Y cuanto más se me acercaba más repetía yo: de ésta no salgo, de ésta no salgo. Ya sabía yo que hoy no iba a ser un buen día. Cada vez me fallaban más las piernas y cuando creía que ya me cogía me pareció oír una música que en ese momento me pareció celestial pero que yo no asociaba. Y poco a poco la oía cada más cerca, hasta que al final la reconocí. Jamás pensé que el Soul Food to Go de los Manhattan me haría tan feliz. Y cuando mi perseguidor me tenía casi atrapado el coche pegó un acelerón dirección a él obligándole a saltar hacia un lado. (Encima tuvo suerte de caer sobre unas cajas de cartón que había junto a los contenedores de basura). Yo en vez de pararme y relajarme corría cada vez más. Me recordaba mucho esta escena a la de Forrest Gump, en la que el protagonista corre y corre. Me daba igual las carcajadas de mi salvador, necesitaba correr. Finalmente aflojo la marcha y empiezo a andar con evidente cansancio intentando recuperar la respiración.

- No sé por qué me dio la sensación de que quería Vd. un taxi, me decía con sorna incontenida. Eso es una cualidad de un profesional como yo, llegar siempre a tiempo.

- ¿Tú crees que tiene gracia?

- Sí.

- Yo también (ya sonriendo), pero si llegas a venir 5 minutos más tarde no lo cuento, y choco mi mano en alto con la suya.

Y mientras me monto, él se baja para coger algo del maletero.

- Se me había olvidado que me quedaba una cinta atrás.

Y vuelve arrancar el coche con el Macarena de Los del Río a todo volumen. Yo me dedico a mirar por la ventana resignado, y porqué no, casi feliz. Siempre se ha dicho que Dios aprieta, pero no ahoga.

..............

La noche había sido demasiado movida para alguien como yo. Supongo que mañana, fríamente, podré sacar mis conclusiones. Por ahora me conformo con poder calentarme dentro del coche mientras estiro las piernas todo lo que la estrechez del vehículo me permite. Me agrada seguir vagando lo que resta de noche y aunque estoy bastante cansado y con la mente poco despejada por culpa del maldito bourbon es ahora cuando quizás estoy conociendo más profundamente a mi compañero.

- Creo que deberías bajar la velocidad. No tenemos prisa teniendo en cuenta que no vamos a ninguna parte y tampoco perseguimos a nadie.

- Tranquilo, que está todo controlado.

- Lo sé, pero lo que d.....

Me lo imaginaba. El sonido de la sirena de un coche policía me interrumpió. Sabía que tarde o temprano pasaría. No se puede ir a esa velocidad aunque sea de madrugada y no haya nadie en la carretera.

- Te lo dije, te lo dije.

- No te preocupes. Ya verá como ni siquiera nos multan.

Nos hicieron una seña para que paráramos a un lado. Yo estaba muy nervioso, y comprobar que Chispa estaba tan campante me ponía aún más.

- Hola Buenas Noches.

- Hola Buenas Noches. ¿Sabían que iban cuarenta Km. por encima de la velocidad máxima permitida.

- Perdón, agente, pero mi cliente tenía prisa y sin darme cuenta me he acelerado un poquito. Es la 1ª vez que me paran por ese motivo. Llevo toda mi vida en esta profesión y jamás corro más de la cuenta.

Yo no me creo que se lo traguen. Pero rezo para que nos dejen ir. Se me está empezando a hacer la noche demasiado larga.

- ¿Me deja su Carnet de Conducir?

- Sí. Por supuesto.

Y cuando pensaba que harían la vista gorda, el agente ve algo raro dentro del coche e inesperadamente nos dice que nos bajemos del coche mientras llama al otro agente que estaba contactando supongo que con la Central desde la otra moto.

- ¿Y esto que es? refiriéndose a un cosa marrón del tamaño de una pelota de ping-pong que había sacado de la guantera. Y por si fuera poco aparece una bolsita con unos polvitos que seguro que no eran azúcar.

- Nada, agente. Alguien que se lo habrá quedado ahí (lo decía tan tranquilo que me estaban entrando ganas de asesinarlo).

- No me tome por tonto y ábrame el maletero.

Gracias a Dios sólo encontraron eso, pero no tenían mucha pinta de dejarnos ir. Se pusieron a cuchichear entre ellos y al final llegaron a una conclusión.

- Me temo que van a tener que acompañarme a la Comisaría. Vamos a hacerle una revisión exhaustiva al vehículo.

- Le advierto que no van a enc...

- Usted cállese si no quiere que se le caiga el pelo, le cortó el policía que aún no había abierto la boca.

- Bueno, bueno, no se pongan así.

Y sin yo saber por qué nos vimos escoltados por una pareja de policías que nos acababan de tratar como si fuéramos delincuentes de poca monta.

- No te preocupes que no pasa n...

- No quiero saber nada. No quiero que me hables, ni que me mires. No me recuerdes que existes. En cuanto salgamos de la Comisaría, si es que no nos meten en la cárcel, cojo otro taxi y me voy para casa. Y procura que no te vuelva a ver en lo que me resta de vida. ¿Entendido?

- Entendido. Yo pensé que éramos colegas.

- ¡ Y una mierda!

Y cuanto menos nos quedaba para llegar, más se me agarraban los nervios al estómago. Y mi compañero, quien pretendía darme clases de cómo enfocar la vida, no hacía otra cosa sino tararear “esa chica es mía” de Sergio Dalma que había sintonizado en la radio. ¡Y quien no se lo quiera creer que no se lo crea!

¿La escena en la Comisaría? Esperpéntica. Perros olfateando el coche, policías interrogándonos, “¿tenéis abogado?”. Como en las películas.

- Oiga, que yo soy un escritor de reputación.

- Sí. Y yo Papá Noel.

¡Qué bonito es tener motivos para poder preocuparse a gusto! Y si no fuera porque entró el comisario, que dio la casualidad que conocía a Chispa, nos pillan de protagonistas para rodar “El Expreso de Medianoche 2”.

Yo sólo pensaba una cosa: ¿por qué tengo que vivir en una sola noche lo que no he vivido en 40 años? Como el destino no duerme, a los demás que nos jodan. Al final nos dejaron ir porque la cantidad aún entraba dentro de lo que se considera consumo personal. Lo más cerca que había estado yo de la droga había sido alguna noche que no podía dormir e iba al frigorífico y me comía entera una pastilla de chocolate.

Y mientras bajamos las cinco o seis escaleras que separan a un delincuente de una persona decente, mi inseparable mascota me dice: ¿Lo ves como no pasaba nada? No dirás que no te puede venir bien para escribir un libro.

No sé qué me pasó en ese instante. Es como si una fuerza se apoderara de mí.

Sólo sé que en cuestión de décimas de segundos vi a Chispa llevándose las manos a la nariz, que no le dejaba de sangrar, y yo daba botes de dolor agitando mis nudillos. Si no me equivoco, le di un monumental puñetazo. Os lo recomiendo: si os queréis pegar con alguien, hacerlo en la puerta de la Comisaria; tiene su morbo. Así pues, vuelta a empezar: oyen pelea, nos suben arriba, y montamos una película de críos chicos que se han quitado un caramelo entre ellos. ¿Cómo dije antes, esperpéntico? Sí, podría valer.

Pero supongo que les debimos caer bien, porque nos regañaron y nos volvieron a dejar libres. Yo me preguntaba: ¿y por qué no me cargo a mi editor, ahora que la ley está de oferta?

El comisario me trató hasta con respeto:

- ¿Quiere llamar a alguien?

- Sí. Necesito un taxi.

- Su amigo es taxista. ¿Por qué no hacen las paces y que le acerque él a casa?

- Me niego.

- No me toque los cataplines y váyanse los dos antes de que me arrepienta (De pie y dándonos unas voces que daba miedo).

De vuelta en el coche, los dos callados, y lo que es mejor, sin música.

Curiosamente, me quedé dormido. Cuando me desperté eran ya las 6 menos cuarto y al despertarme reconocí la Estación de Autobuses. Salí a estirar las piernas y me acerqué hasta la cafetería donde solamente había un hombre que miraba por la ventana mientras se fumaba un puro con cara triste. Yo me senté a su lado y con una voz entrecortada me decía al reconocerme:

- ¿Qué he hecho mal?, ¿Por qué yo no tengo derecho a un poco de suerte?

Estoy cansado de luchar. Mi mujer y yo nos separamos hace dos años, tengo un montón de deudas que no veo la manera de liquidar y para estropearlo aún más tengo una úlcera de estómago que me está machacando. Y cuanta mejor cara le pongo a la vida, más me castiga. Cualquier persona tiene mil motivos para ser feliz y otros mil para no serlo. Y los primeros se me están acabando ya.

- ¿Por qué os separasteis?

- Esa es una buena pregunta. En verdad no hacíamos una vida matrimonial. Yo paso casi todo el día en el taxi, y a veces también la noche. Y cuando una mujer se siente sola ya sabes qué es lo que busca. Tenemos dos niñas que ya están criadas y ella se sentía abandonada. Conoció a otro hombre en una boda a la que no pude ir yo por estar fuera haciendo un servicio, y lo demás ya te lo imaginas.

- Sí, supongo que sí.

- Lo peor es que siempre tengo la sensación de que son ellas quienes siempre salen ganando. Si un hombre casado conoce a una mujer con quien quiere tener alguna experiencia lo primero que hace es no mencionársela a su mujer. Sin embargo ellas son diferentes. Primero te van avisando poco a poco, como si quisieran ponerte celosos y cuanto más te fastidia más disfrutan. Cuando lo inevitable pasa te lo restriegan delante de tus narices como si nosotros tuviéramos la culpa. Esa es la gran diferencia entre el hombre y la mujer: el hombre busca experiencias extramatriomoniales para reforzar su ego y sentirse más fuerte, mientras que la mujer busca cierto protagonismo pensando que al hacer peligrar nuestra exclusividad vamos a volcarnos en ellas para recuperar algo que en la mayor parte de las veces no deberíamos haber perdido y una vez que se ha perdido no merece la pena recuperar. Y aunque en algunas ocasiones tan sólo busquen sexo jamás lo reconocerán. Siempre dirán que lo han hecho porque se sienten solas. Su conciencia no les permite hacer algo por lo que han criticado al hombre durante toda la humanidad.

- Me da la sensación de que aún no lo has superado.

- Por supuesto que no lo he superado. Intento llevarlo lo mejor posible, pero cuesta. Y lo que más gracia me hace es que se atreva a decirme que soy un cobarde porque no he luchado por ella. Es lo que te decía, que después de amargarte la vida pretenden que les hagas un monumento. Al final he llegado a la conclusión de que aunque es difícil hay que aprender a vivir solo.

- No te preocupes por eso. La mayoría de las veces los valientes son cobardes a los que le asusta el fracaso. De todas formas todo el mundo se lleva decepciones en esta vida. Unas duelen más y otras menos, pero nadie se salva.

- No creo que tú te puedas quejar demasiado.

- No estés tan seguro. Yo he tenido muchas decepciones, a cual de ellas más amargas. En el aspecto personal lo peor fue la que me llevé con una novia que tuve. Fue un amor apasionado como se ven tan sólo en las películas. Yo, cuanto más la quería, más desconfiaba de ella. Tras varias rupturas esporádicas decidimos que lo mejor era dejarlo definitivamente. Me costó muchísimo pero pensé que era la mejor solución. Quería descubrir muchas cosas que no podría haber hecho estando ella. ¡Y claro que lo descubrí! A los 4 días de cortar con ella un conocido mío la vio abrazada besándose con un chico no muy lejos de un pub donde íbamos de vez en cuando. Una semana más tarde no tuvo mejor idea que subir con su nuevo novio a un pequeño monasterio donde íbamos siempre ella y yo por la noche. Subieron seis en un coche. Y la gran genialidad de la noche fue dejar a las otras dos parejas pasando frío mientras ellos dos se perdían en el coche durante casi dos horas no muy lejos de allí. Supongo que era su venganza por haberla tratado tan bien durante el tiempo que estuvimos juntos. Lo gracioso del asunto es que cuando me la encontraba y me quedaba hablando con ella, sabía que me había traicionado, que me seguía mintiendo y aún me quedaban fuerzas para seguir queriéndola. Quizás sea exagerar demasiado, pero desde ese momento pienso que el sexo femenino tiene una deuda conmigo.

- Todos tenemos deudas con todo el mundo. Es muy difícil ser humano.

- ¿Quieres que te diga algo? Me alegro de haberte conocido.

Jamás hubiera imaginado que Chispa supiera llorar, pero fue lo que ocurrió durante ese pequeño abrazo que nos dimos en ese momento. Acto seguido, intentó disimular la vergüenza mientras se dirigía a los Servicios. Yo pagué mientras su café y su coñac con las últimas monedas que me quedaron después del atraco.

Cuando salimos de la cafetería ya eran las 7 menos 10 y el tráfico empezaba a notarse. Tampoco ahora escuchábamos música. Tan sólo el ruidillo del aire entrando por la ventanilla. ¡Es bonito Madrid!

A los diez minutos estábamos en la puerta de mi casa. En cierta manera me sentía como cuando volvía después de una noche de juerga con mis amigos cuando tenía dieciocho años.

- Gracias, compañero. Dime que te debo.

- 3oo de bajada de bandera, 500 de nocturnidad, 11000 de trayecto, y 2000 por rescate. Dame 13000 y estamos en paz.

- Espérate un momento, que ahora te lo bajo.

Salgo del coche y cuando intento abrir la puerta de mi casa sigilosamente para no despertar a mi mujer veo cómo ésta se abre desde dentro. Aparece su figura con cara de pocos amigos.

- Hola Ana. ¿No tendrás 15000 pesetas para dejarme?

Y antes de que ella contestase arranca el coche mientras Chispa se queda mirándome con una cara que me decía: cuídate.

- ¿Quién te ha traído a casa?, me dice con cara de no haber dormido en toda la noche.

Y tras unos segundos, le respondo:

- Un gran amigo.

- ¿Se puede saber dónde te has metido esta noche?

- No ha pasado nada. Simplemente he estado con un amigo recorriendo Madrid con el coche durante horas y como teníamos ganas de tomarnos algo nos hemos metido en un puti-club. Y después de tomarme unos bourbon y fumarme unos cigarrillos me he mosqueado con mi amigo y me he ido a dar un paseo.

- Ya... ¿Y tu chaqueta?

- Me la han robado unos chorizos. (La cara de Ana era un poema)

- ¿Y has dado parte a la policía?

- No, no me pareció oportuno hacerlo mientras nos cacheaban.

- ¿Y por qué os cacheaban?

- Por llevar droga en el coche.

- ¿ Y qué te pasa en la mano?

- Nada, una tontería. Que mi amigo y yo nos hemos pegado en la puerta de la Comisaría después de que nos soltaran.

Se calla, me mira durante bastantes segundos y me dice:

- Me voy a la cama. Cuando quieras hablar en serio me lo dices. Y si te quedas esta noche a dormir en el sofá me harías un gran favor.

Así es la vida. Me voy al frigorífico, me pongo un vaso de leche fría y enciendo el ordenador. ¡Debería escribir algo! Empiezo leyendo las últimas páginas que he escrito y cuando han pasado diez minutos siento que el sueño se apodera de mí. Así que lo mejor es apagarlo e irme a la cama, digo al sofá. Al fin y al cabo me encuentro bastante cansado y además, no sé por qué me da la sensación, que tampoco hoy va a ser un buen día.

FIN

MORRISVAN®1998
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