Iniciar Sesión
¿Aún no eres Miembro?Registrarte
¿Has Olvidado tu Contraseña?Recuperar
Pergaminos
Andrés
Textos · Usenet - Narrativa · 0.0
¿Y tú? ¿Te acuerdas de Andrés?

Sí que me acuerdo de Andrés. Claro que me acuerdo de Andrés.

Ahora es el jefe de administración o algo así de una Universidad. No sé exactamente cómo se llama su cargo, pero sé que es un pez gordo allí dentro. Andrés tendrá ahora alrededor de 48/49 años o tal vez ya llegó a la cincuentena. No lo sé.

Lo conocí en el piso que tenían alquilado aquellos hermanos de Andújar que vinieron a estudiar aquí, pero Abelardo lo conocía de toda la vida. Vivían en la misma calle y hasta habían ido al mismo parvulario. Luego la relación terminó.

O sea, que mientras para mí y para Juan, la de Andrés era una amistad nueva; para Abelardo era una amistad recuperada. Creo que me explico.

Cuando los domingos por la tarde nos reuníamos en el piso de los hermanos de Andújar, Andrés proponía ir a comprar pastelitos para el café. Luego, Abelardo tocaba la guitarra y Juan un teclado portátil y nos poníamos a cantar. Nos divertíamos a pesar de ser domingo por la tarde.

Lo que no contábamos a Andrés es que cuando los tres, Abelardo, Juan y yo, doblábamos la esquina de Alejandro Collantes para llegar a la calle de los de Andújar, siempre estaba allí, en la esquina, su hermano pequeño -un tal Joaquín-, con un grupo de amigos. Cada vez que nos veían pasar, y desconociendo este Joaquín que íbamos a reunirnos con su hermano, mascullaban: "A estos rojos un día les vamos a dar pal pelo".

"Es que el hermano de Andrés es un facha de huevos", me dijo Abelardo. La información me dejó perplejo. Nuestra pinta era zarrapastrosa, pero como mucho, imaginé que nos podían llamar guarros o algo así, nunca rojos. Todo era confuso. Cuando en otra ocasión y cerca de allí, fuimos a visitar a unas tías que habían montado un grupo (se hacían llamar "Black Box" y eran horribles), unos cuantos apostados en una esquina mascullaron a nuestro paso: "A estos fachas un día les vamos a dar pal pelo". Literal.

Luego Abelardo me explicó que la casa donde habíamos estado, donde ensayaban aquellas tías, era de Manolo "El Facha", un tipo famoso en el barrio. "Joder, ¿y por qué no nos has avisado?", le dije. "¿Tú no querías tocar una batería de verdad?", me respondió. Me callé como una puta. Como dije, todo era confuso.

La vis cómica de Andrés era natural y escandalosa. Vestido siempre de marca, impecable, perfectamente peinado y afeitado, era un peligro que te reconociera por la calle, porque antes de saludarte y sin importarle la gente de alrededor, podía comenzar a gritar: "A ése, a ése, a ése que violó a mi hermana la inválida, la pobrecita". Luego te abrazaba sin dejar de carcajearse en mitad de la calle abarrotada.

Cuando los hermanos de Andújar se marcharon, perdimos el rastro de Andrés. Para cuando volvimos a coincidir con él unos años más tarde (en casa de otro amigo común) se había producido una tragedia en su familia. Su hermano Joaquín, el facha que nos mascullaba amenazas, se había suicidado en los lavabos del instituto. Tenía 17 años y se había ahorcado con una corbata. No sé. Andrés jamás soltó una palabra. Continuaba como si tal cosa, con sus exageraciones y sus risotadas. También con proyectos de los que no sabíamos si tomárnoslos a broma o en serio. Quería fundar la hermandad "Amigos de los Cartujos", donde para entrar como socio era necesario robar un coche y pegarle a una vieja. Era así de imprevisible.

Un día nos invitó a los tres a un chalet que tenían los padres en el campo. Fuimos en autobús y nos costó trabajo dar con el lugar porque no estaba en una urbanización sino en medio de un erial lleno de rastrojos. Cuando llegamos nos dijo Andrés que nos tenía una sorpresa. Al cruzar la vivienda para salir al jardín de detrás vimos que los padres -supusimos que eran los padres- estaban sentados frente a una tele con el sonido quitado. La habitación estaba a oscuras salvo el reflejo de la pantalla que les iluminaba las caras.

Salimos atrás, a lo que debió ser el césped y la piscina. Todo estaba abandonado. Incluso fue imposible darnos un baño porque el agua estaba hasta arriba de verdín. Flotaban unas palomas muertas. Estábamos jodidos con el calor y la piscina inútil. La sorpresa de Andrés consistía en que había instalado en las cuatro esquinas, cuatro baffles gigantes, de los de pista de coches de choque. El cómo los había conseguido nunca nos lo aclaró. Al lado de uno de los baffles tenía un equipo de música conectado a la casa por una alargadera. "Venga, sentaros en las tumbonas y agarraros bien, que vais a ver cuál era el sueño de mi vida". Las tumbonas tenían mugre de varias temporadas a la intemperie. Le dio a la tecla del play y desde los altavoces gigantes nos llegó por la mitad "La cabalgada de las Valquirias" a tal volumen y distorsión que nos hizo saltar del susto.

"La felicidad, tío, la felicidad", decía riendo, "los cabrones de Apocalypsis Now que me lo han copiado" (meses antes habían estrenado la película). Cuando terminó la música volvió a empezar con lo mismo porque se había encargado de grabar la Cabalgada diez o doce veces en la cinta. A esto los padres salían de la casa, pero no decían nada de aquella música atronadora. Andaban por ahí, como juguetes de los que chocan contra las paredes pero que no se detienen nunca, cada uno a su aire.

"Venga, tocad las guitarras" dijo deteniendo el ruido, y Abelardo y Juan sacaron de las fundas las acústicas y empezaron alguna baladita de Simon y Garfunkel. "Vaya mierda", dijo Andrés y de nuevo le dio a la tecla y otra vez las Valquirias distorsionadas a la máxima leche. Cuando le preguntamos que a qué hora salía el próximo autobús, consintió en bajar el volumen. "Venga, voy a preparar unos cubatas" y trajo de la casa las bebidas, los vasos y el hielo. A todo esto, los padres seguían deambulando por ahí como zombis, hasta que por una coincidencia, sus trayectos desembocaron cerca de un coche, se montaron en él, arrancaron y se marcharon.

Empezamos a beber. Era imposible seguir el ritmo de Andrés, el vaso casi entero de Larios, la cocacola para quitarle el color. Se los bebía chupando con pajita porque decía que así se emborrachaba antes. Luego puso como cuatro veces más la Cabalgada a toda leche y viendo cómo se estaba poniendo la cosa, nos levantamos para irnos preguntándole otra vez por el horario del autobús. "Ah, ¿que ya os vais, no? Os vais como mi hermano, ¿verdad? Pues venga, a la puta calle. A la puta calle los tres", y a patadas tiró al suelo el equipo de música y la mesa de las bebidas y una silla plegable y se metió en la casa. Abelardo y Juan recogieron las guitarras y nos largamos.

© Sap,
4 abr 2008
Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.