Navytales v2010 - Tara
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TARA


Tara presentía cuándo vendría la bola de fuego. Sencillamente se despertaba, se levantaba del lecho de pieles en que dormía con su familia, reptaba por el estrecho pasillo común que daba a la escala y trepaba hasta lo alto de la cueva. Al asomarse por entre los enormes troncos que formaban la empalizada, podía ver el resplandor que anunciaba que, una vez más, vendría. Así había sido todos los días desde que podía trepar la escala ella sola, sin que su madre la llevara asida a la espalda con la piel del oso sobre la que ahora dormía. Y así sería un día más.

Pronto se levantarían su familia y el resto de las familias que poblaban la gruta. Desharían la empalizada y, ateridos, irían juntos a explorar los alrededores, buscando huellas de osos o de lobos que hubieran rondado por la noche, y se asegurarían de que el emplazamiento seguía siendo seguro. Los fuertes subirían a lo alto de las rocas para avistar señales de caza, y si la avistaran bajarían con sus lanzas, de forma coordinada, para intentar abatir una pieza. La madre de Tara era muy buena cazadora, ágil y rápida y su lanza era de las más efectivas. Tenía una enorme cicatriz en un brazo de una vez en que la familia tuvo que luchar contra una hiena que pretendía arrebatarles la pieza.

Tara era todavía muy pequeña para tener lanza, apenas siete años. Debía ocuparse de cosas más sencillas. Primero iría a la cueva del agua con los odres de piel para coger toda el agua del seno de piedra que se había acumulado durante la noche por las gotas que caían resbalando desde lo alto. Caían una tras otra, de forma ordenada, precisa, como el latido del corazón de su madre mientras dormía. No eran como el fuego, que cambiaba, tenían siempre la misma cadencia. A Tara le gustaba jugar a acompasar su respiración a la caída de las gotas.

Después volvería a la cueva y se sentaría con su abuela en el centro de la gruta a avivar las brasas. Su abuela le contaría una vez más cómo el pequeño fuego de la tierra era hijo del gran fuego del cielo, y cómo al igual que ellas avivaban el de la tierra, había otras mujeres muy fuertes que hacían lo mismo con el del cielo, y lo echaban a rodar como Tara hacía con los guijarros.

Su abuela le había prometido que el día en que perdiera las fuerzas para descender la escala y tuviera que quedarse a dormir arriba, Tara sería la encargada de hacer renacer el fuego cada mañana. Pero antes de eso debería aprender a cazar con su madre, a ahuyentar a las hienas y los osos; a trocear las piezas y a guardarlas en la gruta más honda, y a cubrirlas con hielo, para poder comer cuando los animales variaban sus rutas de paso entre las montañas.

Pero Tara llevaba un tiempo preocupada

—Abuela, las mujeres del cielo lanzan el fuego sin fuerza, cada vez es más largo lo oscuro. Lo dicen las mujeres del agua.

Su abuela la tranquilizaba. Era una anciana de casi treinta años, y recordaba veces en que lo oscuro era muy largo, pero luego volvía a crecer la luz, e incluso venían tiempos de fuego fuerte y las familias podían bajar al valle y había muchos frutos para comer. Así había sido siempre y así lo había aprendido de su propia abuela cuando le enseñaba a cuidar la hoguera. Debía tener confianza.

Con el último resplandor del día, Tara regresaba corriendo a la cueva del agua, miraba el seno de piedra en el que llenaba los odres y marcaba con barro fresco una línea tenue allá donde llegaba el nivel del agua. Cada día la línea que dibujaba era más baja, había muchas y todas descendentes. Y Tara comprendía que si había menos agua era porque el fuego del cielo era más corto, porque las mujeres del agua siempre dejaban caer su gota al mismo ritmo, como el corazón de su madre mientras dormía; pero lo oscuro era cada vez más rápido, como el respirar de su madre cuando cazaba.

Pero un atardecer, cuando llegó sin aliento a la cueva del agua, vio que el nivel rebasaba la marca del día anterior.

Entonces corrió loca de alegría hacia su cueva, saltando las peñas como un corzo, buscó a su abuela que ya dormía y la despertó palmoteando y riendo:

—¡Ya crece el fuego del cielo, abuela, ya lo ruedan con más fuerza, abuela, ya se acorta lo oscuro!

—¿Tara, qué dices?

—¡Lo sé, lo sé, me lo ha dicho el agua!

El griterío despertó a todos, que no entendían a la chiquilla, pero celebraron su alegría. Su padre le dijo, riendo, que pronto le construiría una lanza, y su madre la abrazó contra su pecho para tranquilizarla.

Se regocijaron y contaron historias de cuando el fuego del cielo era fuerte y podían bajar de la montaña al valle y coger frutas de los árboles, bañarse en el río, escuchar a los pájaros, quitarse las pieles y cantar todos juntos. Y desearon que sucediera otra vez, y tuvieron esperanza.

Así se celebró la primera Navidad.


© Blanca Barojiana.
es.humanidades.literatura
21/12/2010
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