el jorobado de notre dame
Llevaba diez meses trabajando en el almacén del Viejo. Era junio y el calor, la miseria, el olor de la madera y la constante pelea con las ratas me tenía ya hasta los cojones. Todo lo que había que hacer en el mundo era madrugar, barrer y apilar cajas y cajas de comida que jamás llegaban a venderse. Parecía como si nada tuviera salida. La misma mierda allá donde dejaras caer la mirada, la mueca de aburrimiento mortal en todas las paredes.
En toda la ciudad parecía haber no más de seis tipos legales, con los que beber o hablar de tías. Todo lo demás estaba hundido y cansado, ni brizna de vida en sus ojos, incapaces de reírse o de gritar, sin pasión, sin un mínimo poso de rabia que pudiera estallar aun. Ninguna esperanza. Carlos era uno de ellos. Cuando estaba sobrio era manso como un cachorro, uno podía ver aún lo que hubiera sido capaz de lograr en otra vida. Siempre tenía otra cerveza en la mano, y otra, y otra más. Era el tipo que más bebía en el mundo, el único que parecía saber de qué coño iba todo aquello y como actuar ante lo irremediable. Cada mañana se levantaba dos horas antes que nosotros. Echaba un polvo de urgencia y bajaba a emborracharse.
Hacía alguna semana que había decidido acompañarle. No podía encarar ocho horas sobrio con el Viejo dando órdenes y lecciones, persiguiéndonos por todo el almacén con el único fin de darnos por culo. Era su deporte favorito, lo último que le quedaba al cabrón en este puto mundo. Perseguir a cuatro infelices y martirizarlos en nombre de la empresa con cualquier excusa.
El Viejo era el primero en llegar. Un tipo enano y rechoncho, rubicundo, de unos sesenta años. Hablaba siempre deprisa y con una media sonrisa de superioridad en la boca. Masticando siempre un chicle de menta para disimular la copa del desayuno en el aliento. Cuando reía toda la piel de su rostro se plegaba en profundas arrugas entre los pómulos y la barbilla. Trabajaba en el almacén desde el 63 o el 65, cuando había aún trabajo aquí. Ninguno de nosotros había nacido entonces. No había nada más que supiera hacer en la vida.
Una mañana, nada más llegar, encontramos al Viejo escondido en un rincón, bebiéndose el vino que había desaparecido dos días atrás. El cabrón suplicó que no le denunciáramos. No podía hacer más, era la primera vez que defraudaba a la empresa; en cuanto al vino podíamos beber con él si queríamos, llevarnos a casa, iba a repartirlo con nosotros si todo salía bien. Carlos y el Rubio tomaron diez botellas cada uno, yo me limité a vaciar la que el viejo me tendía como quien le muestra un hueso a un perro. El tipo se emocionó hasta la lágrima, nos dijo que había siete cajas más extraviadas, que las tenía a buen recaudo en el sótano, que podíamos tomar la llave cuando quisiéramos más. Por supuesto no tardó ni dos horas en arrepentirse. Y su trato se volvió más arisco y puntilloso que nunca.
Fue por eso que empezó la cacería de las ratas. Fran fue el primero en encontrarlas. Una enorme rata negra correteando a sus anchas por entre la comida, mirándonos con sus ojos negros. Los camiones llegaban cada vez con menos frecuencia, aquello se estaba convirtiendo en un lugar de custodia más que en uno de tránsito o compraventa. Teníamos que buscarnos alguna ocupación antes de que el viejo nos viera parados. Sus ideas eran siempre mucho más jodidas que las nuestras. La rata fue la excusa perfecta. Fran nos fabricó unas increíbles lanzas de bosquimano con un dardo de pub atado a la punta del palo de una escoba. Y allá que nos bajamos todos al sótano como quien va de cacería. Desde luego, no eran las ratas lo que buscábamos, ellas eran nuestras únicas aliadas, cuanto más durasen más tiempo podríamos dedicar a nuestras excursiones. La verdadera intención era descubrir los escondites del viejo. Sabíamos que el edificio estaba lleno de trampillas y recovecos que nadie conocía mejor que él, y sabíamos también que no era el vino lo único que había robado. Era muy posible que allí siguiera parte del botín.
Abajo campábamos a nuestras anchas. El Rubio aprovechaba estos momentos para liarse un par de canutos, que por supuesto compartía. Pronto descubrimos dos de las cajas que el viejo tenía escondidas en el motor de una enorme máquina panzuda. Decidimos que sería lo más fácil despacharlas allí mismo. Esto nos ahorraba un buen paso por el bar a la hora del almuerzo. A menudo ni siquiera almorzábamos. Era como si una pandilla de chavales hubiera encontrado la entrada al reino de las golosinas. Solo vivíamos para esa hora de borrachera en el sótano. Puede que no parezca un lujo extraordinario, pero por fin teníamos un motivo para ir al trabajo y despachar los pedidos a toda prisa.
Por supuesto el cabrón tardó poco en descubrir nuestro truco, pero nada podía hacer salvo idear una docena de trabajos absurdos con los que hacernos perder tiempo y ganas. Trabajos que siempre despachábamos en mucho menos tiempo del que había previsto.
El negocio, como digo, iba de mal en peor. La comida caducaba en el almacén y pasábamos más tiempo vaciando botes de conserva en los contenedores de basura que cargando o descargando camiones. El cómo eran capaces de mantener a cinco tipos medrando en semejante agujero sigue siendo un misterio. Carlos y yo terminábamos siempre codo con codo en las tareas más pesadas. Hablando de los chochos que veíamos pasar mientras cargados como mulas trabajábamos por cuatro. El milagro de los panes y los peces no tardó en esfumarse y al Rubio terminaron por echarlo. Sin más. Una tarde lo llamó el Viejo, le entregó un sobre y lo echó.
Fran no duró mucho más. Apenas tres semanas. Primero le dijo "ven solo por la tarde" Después le entregó el sobre y a la puta calle.
Aquello no iba a durar, estaba claro. Cada semana estábamos seguros de recibir el último sobre. Pero iban pasando las semanas y nada de esto sucedía. El viejo parecía cada vez más cansado. Paseaba taciturno por el local, murmurando sus oraciones de beata. Cualquiera habría dicho que el tipo estaba loco y tomaba el cuchitril por una catedral. Paraba cada día en los mismos lugares y mientras fingía estar revisando el género rezaba en voz alta con una devoción cómica. "nuestra señora del tortellini" decía Carlos cuando le veía parado, con los ojos cerrados y casi en éxtasis frente a una enorme pila de cajas de pasta.
El vino del sótano aun no había desaparecido, pero era todo demasiado triste allá abajo ahora que no quedábamos más que dos. Era mucho mejor aprovechar el bajón del viejo para escaparnos al bar de enfrente y beber en compañía.
© mac
16 jun 1999
el jorobado de notre dame
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