Pandoro o El príncipe azul
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PANDORO O EL PRINCIPE AZUL

Te lo encuentras una mañana al llegar a la oficina, una plantita indefensa que ha brotado repentinamente en la mesa de al lado. Se muestra tan indignado, tan sorprendido, al enterarse de que está ocupando el puesto de una muchacha a la que no se le ha renovado el contrato por quedarse embarazada, que no tienes más remedio que encontrarle encantador. Además, es tan hermoso, un poco bajito quizá, su cara te suena, claro, aquel folleto del hipermercado, él parece tan humilde, tan accesible que resulta fácil acercarse a él y preguntarle si es él, realmente, no sabes, quizás no debieras, pero tienes que preguntárselo, el modelo de aquel folleto, posturita varonil en calzoncillos a rayas. Él sonríe tímidamente, tiene un aspecto tan desvalido, sí, soy yo, intenté abrirme camino como modelo, pero no pude, sabes, la estatura, te dice, bajando los ojos, y tú tragas saliva, pobrecillo, nunca se te hubiera ocurrido que un hombre tan guapo pudiera ser, además, sensible, y sientes que le comprendes, que compartes un secreto con él. Y salís juntos de la oficina ese día, y el siguiente, y un día él te acompaña hasta tu coche, y luego eres tú la que le devuelve el favor, tenéis siempre tantas cosas de las que hablar que decidís ir juntos a trabajar, al fin y al cabo malgastáis más tiempo yendo de uno a otro coche que si fueseis los dos juntos a la oficina. Y una tarde, a la salida del trabajo, él te propone ir al cine, y tú aceptas, y a mitad de película notas el peso de su brazo sobre tus hombros. Tú no estás acostumbrada a tantas ceremonias, te sientes incómoda, te resultaría mucho más fácil saber qué hacer si te metiera la mano bajo la falda, pero entonces él te susurra, me gustas mucho, ¿sabes?, sin dejar de mirar a la pantalla. Y entonces comprendes, por primera vez, lo que es el respeto. Y descubres que además de guapo, es todo un caballero, tan atento a tus necesidades que parece adivinarlas antes de que se presenten. Día tras día habláis en el coche, habláis mientras trabajáis, habláis en el cine, hasta que decidís -por fin- que necesitáis algo más que conversación, y le llevas a tu apartamento, y hacéis el amor, es tan bello hacer el amor con alguien tan bello, que tú lloras, y él se ríe, boba, que boba más deliciosa, te dice mientras os revolcáis por el suelo, porque la cama es pequeña y el suelo está frío, y cuando se es tan feliz es hermoso sufrir un poquito. Y después de cinco o seis revolcones más él te dice que quiere formalizar la relación, conocer a tu familia, y es que él, pobrecillo, no tiene a nadie en el mundo. Y se lo presentas a tus padres, y tu madre rejuvenece, coqueta, veinte años en su presencia, hija, menuda joya, no lo dejes escapar, pero el viejo borrachín de tu padre no deja de gruñir, demasiado obsequioso, no parece un hombre, aléjate de él. Y tú te alegras de que no le guste, te parece, en realidad, una muestra más de lo acertado de tu decisión. Y os casáis, por Dios (y por la iglesia) que lo hacéis, y él es feliz, porque tú eres la única persona en el mundo que puede darle lo que necesita, quién sino podría casarse con él, tan guapo y tan frágil. Apenas un mes más tarde te enteras de que estás embarazada, y te sorprendes, habíais tomado medidas, al menos él decía haberlas tomado, se lo preguntas, pero él no parece oírte, está tan emocionado, una nueva vida creciendo en tu vientre, ¿no es maravilloso?, que te olvidas de todo y sonríes. Sí, todo es maravilloso, todo marcha tan bien, él ha conseguido un pequeño ascenso, y a ti ni siquiera te importa saber que si no te hubieses quedado embarazada el ascenso sería para ti, como va a importarte si vosotros ya no sois dos, sino la unidad perfecta, la familia. Ahora él gana más dinero, aunque ya no salís de la oficina a la misma hora, él siempre tiene alguna reunión importante. No importa, os queréis tanto, vuestra felicidad aumenta al tiempo que tu vientre se va curvando, hasta que un día, mientras preparas un informe para tu jefe y marido, sientes los primeros dolores. Al día siguiente nace tu hija, y tu marido te susurra al oído, ha merecido la pena, ¿verdad?, y a pesar de que tan solo media hora antes suplicabas una muerte misericordiosa que te librase de aquel infierno de dolor, sonríes, si, cariño, claro que ha merecido la pena. Tres días más tarde ya estás en casa con tu hija, sola, claro, tu marido tiene mucho trabajo en la oficina, sois tan felices, tu hija redondea vuestra unidad perfecta, es curioso, siempre que piensas en tu familia te la imaginas dentro de una pompa de jabón, a tres metros del suelo. Y alimentas a tu hija, y le cambias los pañales, y la bañas, la perfumas, la vistes, la paseas, la alimentas, le cambias los pañales, la bañas, la duermes, la alimentas... Y tu vida, de tan redonda, comienza a marearte, como si la pompa en la que vives hubiese dejado de ser permeable, es una pompa de hormigón que se niega a dejarte salir y que, sin embargo, no le niega el paso a tu marido, que entra, que sale, sólo puedo quedarme un rato, tengo una reunión a las tres. Y un día, mientras alimentas a tu hija, sorprendes una mueca extraña en el rostro hermoso de él, y le preguntas qué te pasa, amor mío, nada, son esas... rayitas que tienes en el pecho. Estrías, le dices, son estrías. Cosas del embarazo. Ya. Y te besa brevemente antes de irse a la carrera hacia ese trabajo, que, cada vez lo repite con mayor frecuencia, os da de comer a los tres. Y así, cada día, entre tu aburrimiento circular y su huida diaria a la oficina, te das cuenta de que tu vida perfecta ya no te llena. Y empiezas a ilusionarte con la vuelta al trabajo. Una de esas raras noches en las que él llega temprano a casa, consigues hacer un hueco entre el baño de la niña y la preparación de la cena para comentárselo, estoy deseando volver a trabajar, pero él frunce su hermoso entrecejo, eso es absurdo, cielito, ¿no gano yo lo suficiente? Además, ¿quién se ocuparía de la niña?, Tú protestas, podríais contratar a alguien, llevarla a una guardería, quizás. Él se levanta de la mesa, gritando, es la primera vez que le ves enfadado, ¿serias capaz de abandonar a tu hija en manos extrañas, solo por un capricho estúpido?, y tú lo piensas, piensas en el bebe que tienes al lado, y a pesar de los pañales, de los baños, de los tirones en el pecho con los que parece querer beberse tu sangre, te enterneces, no, claro que no, olvídalo, es una tontería. A él se le ilumina el rostro, es tan fácil hacerle feliz, te abraza por la espalda, y te besa en la nuca, y de repente suelta un gritito, ¿qué es esto?, cariño, es la leche, a veces se me sale un poquito, vaya, ahora tendré que cambiarme de camisa, pero, amor mío, yo pensaba que esta noche..., es sólo una cena, ya sabes como son estas cosas. Y tú vives así, dos, tres meses, más, viéndole cada vez menos, y las pocas veces que compartís la cama, despiertos los dos después de hacer el amor, tú le hablas y él calla, pasando distraídamente las yemas de sus dedos por esas líneas blanquecinas que cubren tus pechos, recuerdas que él ni siquiera conocía su nombre, estrías, se llaman estrías, y sonríes imaginando que gracias a ellas, él te quiere más, al fin y al cabo le has ofrecido tu cuerpo, una ofrenda de amor que lo ha transformado. Y un día alimentas a la niña, la bañas, la perfumas, la vistes, te perfumas y te vistes, y salís a pasear, hace un día tan hermoso, podría acercarme a la oficina, te dices, ver a los compañeros, y vas hasta allí, y subes a tu antigua planta, y todos tus compañeros te saludan con cariño, la monja, aquí viene la monja de clausura, yo pensaba que las monjas no tenían hijos, calla, bruto, mirad, es preciosa, no se parece en nada a su madre, y vuelves a sonreír, hacía tanto tiempo que no estabas con otra gente que no fuesen tu marido o la panadera o tus padres o el charcutero, que el tiempo se te pasa rápidamente, cuando te quieres dar cuenta es casi la hora del almuerzo, preguntas por él, quizá tenga tiempo para una comida rápida en el restaurante de la esquina, está arriba, con los jefes, ¿arriba?, claro, guapa, adjunto a la gerencia, él no te lo había dicho, sabías que le habían ascendido, pero no tanto, ese sí que se lo ha currado, se burla un compañero, un comentario estúpido, piensas, que sin saber muy bien por qué, te inquieta, te despides apresuradamente de tus antiguos compañeros, y llamas al ascensor, está lleno de gente que gruñe, negándose a ceder un centímetro para que puedas entrar, pero tú ya eres una veterana en estas guerras y empujas decidida el cochecito, insensible a las protestas de los que han llegado antes que tú a esta nave que sube y se detiene, aligerando su carga, y sube y se detiene una vez más antes de llegar a tu destino. Y cuando las puertas se abren, le ves, al fondo del pasillo, junto a la puerta del que debe de ser su despacho, hablando con una mujer, la gente murmura a tus espaldas, señora, haga el favor, está obstruyendo la salida, la recuerdas, es la nueva gerente, llegó poco antes de dejases el trabajo, y él le sonríe de una manera, hace tanto tiempo que no te sonríe así, es curioso, hasta ahora no te habías dado cuenta, que sabes lo que va a suceder, quizá ya haya sucedido, él sí que se lo ha currado, recuerdas, alguien te empuja, pero tú no te mueves, tus manos aferradas al cochecito, hasta que las puertas se cierran piadosamente y dejas de verle. Y mientras el ascensor baja, algo se rompe, el sonido es ensordecedor, la pompa, ha sido la maldita pompa, y ríes, y lloras y ríes, eres tan infeliz, y sin embargo te sientes tan lúcida... Y cuando las puertas se abren al vestíbulo, miras a tu hija, inocente y dormida, y le susurras, muy bajito, para no despertarla: "Bienvenida al mundo real, mi pequeña Esperanza".

© Gata 1998
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