FABADA
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- ¡Trae más agua, niña! -Le grité, frunciendo el ceño con toda la ferocidad de que era capaz. Pero la chiquilla me sacó la lengua y echó a correr hacia el camino, en dirección contraria a la fuente.
A mis espaldas sonó la risa aguda, infantil, del Nene:
- ¡Ay, maestro! Ni las niñas te tienen miedo -se burló, chasqueando los labios con desaprobación.
Desconcertado, me volví hacia Trini que, apoyada en la puerta de la chabola, parecía empeñada en recuperar algo valioso extraviado en los recovecos de sus uñas sucias y melladas. Comprendí. Lenta, intencionadamente, volqué de una patada la tina y el agua formó una breve laguna de espuma en la tierra reseca.
- ¡Eh, tú, ven aquí! -le ordené a Trini, sin mirarla.- Recógelo todo, que nosotros tenemos que hacer.
- ¿Adónde vais? -preguntó ella, inclinándose hacia la tina volcada.
- ¿Y a ti que te importa? -dije, fingiendo hasta casi sentirlo un total desprecio hacia ella, y la mujer me dedicó una mirada de aprobación antes de encogerse de hombros y volverse hacia la chabola abrazando la tina contra su pecho.
El Nene me esperaba en el camino con la moto en marcha. Monté detrás a la carrera y la moto arrancó con fuerza, levantando una nube de polvo rojizo. Sabía muy bien adónde íbamos. Hacía tan sólo unos días que nos habíamos fijado en él, un gran caserón situado en lo que en tiempos había sido la Gran Avenida -la Gran Ruina la llamaba ahora el Nene, con un sentido del humor tan cascado como su risa-, atraídos por el movimiento de camiones y obreros hacia la finca. Habíamos planeado sobre la marcha un pequeño robo al descuido, todo lo más un par de sacos de cemento. Pero la verja semiderruida nos había permitido acercarnos a la casa, vislumbrar un interior que, a pesar de los daños en el cerramiento de la finca y en el ala izquierda de la casa, se adivinaba todavía lleno de objetos valioso. Estábamos ya subiendo la escalinata hacia la puerta principal cuando uno de los obreros nos interpeló con un grito, casi un ladrido, que nos despertó de nuestro sueño de codicia, obligándonos a huir a la carrera. Pero nos habíamos prometido volver por la noche, cuando los obreros se hubiesen ido.
Era ya de noche cuando llegamos frente a la casa, una noche clara, fría, sin estrellas. El único obstáculo que los obreros habían interpuesto en nuestro camino, una ancha malla metálica apoyada en lo que quedaba de los muros, cedió sin ruido al primer empujón. Pero una vez dentro de la finca, mientras sorteábamos en silencio las sombras desperdigadas por el terreno, me fijé en el reflejo de luz que brillaba en la trasera de la casa. Apretando el hombro de mi compañero, le obligué a detenerse, mientras señalaba con un dedo nada firme el tenue resplandor.
- ¡Pero que coño…! -Maldijo entre dientes el Nene.
Nos miramos unos instantes en silencio. En ningún momento se nos había ocurrido que la casa pudiese estar habitada. No había ningún coche fuera, no habíamos visto a nadie en nuestra primera visita que pareciese pertenecer a la casa, o a quien la casa pudiese pertenecer. Sólo los obreros. Y ahora, esa luz.
- ¿Crees que tendrán perros? -Le pregunté al Nene, intentando controlar el temblor de mis piernas.
- ¿Perros? ¡Tú estás loco! Tranquilízate, ¿quieres? -susurró, enfadado.
El Nene tenía razón. Una de las pocas cosas buenas que había provocado la guerra era la escasez de perros guardianes: los que habían salido indemnes de los bombardeos habían terminado en las ollas de los campamentos de refugiados.
La luz provenía de un estrecho ventanal que rodeaba la trasera de la planta baja. Nos asomamos a él con cautela. En el interior de lo que resultó ser una inmensa cocina, una mujer delgada, el pelo corto muy blanco, vestida con un uniforme negro de sirvienta demasiado grande para ella, buscaba algo debajo de lo que parecía el fregadero, justo frente a nosotros. Sacó del mueble una gran bolsa verde, la anudó hábilmente y agarrándola con las dos manos la arrastró por el suelo hasta un lugar de la cocina fuera de nuestro ángulo de visión. En ese momento se abrió la hasta entonces invisible puerta trasera, formando un camino de luz a nuestra derecha, y la mano del Nene ahogó un grito en mi boca mientras con el otro brazo me arrastraba hacia las sombras. La mujer pasó a nuestro lado sin vernos, demasiado ocupada en arrastrar su pesada carga como para molestarse en escudriñar las sombras que rodeaban la casa. Era evidente que pensaba llevar la bolsa hasta el cierre de la finca. Se me ocurrió que quizás, en esta posguerra acelerada que tan lejana se veía desde el poblado, funcionaran ya los camiones de basura. Al fin y al cabo, para los que tienen tan poco los efectos de la guerra se dejan ver más en la pérdida de vidas humanas que en la destrucción de bienes o comodidades que, de todos modos, nunca se han disfrutado. El Nene me sacó de mis pensamientos empujándome hacia la puerta:
- ¡Vamos, maestro! ¡Ahora!
Momentáneamente deslumbrados, nos quedamos un instante parados en medio de la cocina, intentando situarnos, hasta que, con un rugido de triunfo, el Nene me señaló la puerta blanca de doble batiente al fondo de la habitación. Al pasar corriendo junto a los fogones un líquido que rebullía en una de las ollas salpicó mi camisa, dejando en ella un botón rojizo, y por un momento un olor conocido me asaltó. Lo aparté de mi mente con decisión. No era el momento de pensar en comer.
La puerta se abría a un amplio recibidor iluminado como para una fiesta de Navidad, en cuyo centro se erguían las escaleras de acceso al piso superior. Subimos las escaleras a la carrera como dos vikingos excitados por la cercanía del botín, absurdamente convencidos de que no había nadie más en la casa, y al llegar al rellano del primer piso nos dividimos las habitaciones del ala derecha -la izquierda, todavía en obras, era visiblemente inhabitable- en tácito acuerdo, él un lado del pasillo, yo el opuesto.
Recorrí las habitaciones en una loca carrera de cajones descerrajados, apoderándome de cualquier cosa que oliese a dinero: Una caja de laca repleta de joyas, unos cuantos fajos de billetes, montañas de tabaco, guardándolo todo en mis bolsillos, dentro de mi camisa, en los pantalones, hasta que el roce de las cajetillas deslizándose por las perneras me recordó que en mi nueva vida ya no llevaba calzoncillos. Al abrir el armario de la última habitación me golpeó el perfume que impregnaba las ropas femeninas que se apretaban en su interior y, por un instante, pensé en llevarle a Trini uno de esos hermosos vestidos que tan bien le sentarían. Pero una repentina chispa de lucidez me hizo desistir de la idea. Trini era una reina, y las reinas no se visten de prestado.
Salí al pasillo en busca del Nene, sujetando con las dos manos mi recién adquirida barriga para que no se me saliese la camisa y con ella mis tesoros. Le encontré en la habitación más cercana a las escaleras, mirándose al espejo de cuerpo entero con expresión de burlona coquetería. Tenía un aspecto chocante el Nene, con tres pendientes en cada oreja, los dedos llenos de anillos y un abrigo de visón negro demasiado largo para él colocado sobre los hombros.
Fuimos hacia las escaleras con toda la cautela que no habíamos tenido al subirlas. ¿Y si la casa no estaba vacía? ¿Y sí…? Comenzábamos a bajarlas cuando la puerta de la cocina se abrió y la criada atravesó el vestíbulo hacia el otro lado del recibidor, sin percatarse de la presencia de las dos estatuas que la miraban horrorizados desde lo alto de la escalera.
Alarmados por una buena suerte que, la lógica lo proclamaba, no podría repetirse, bajamos las escaleras a la carrera hacia la puerta de la cocina. Con el susurro del visón del Nene persiguiéndome, empujé con las dos manos la puerta de doble batiente de la cocina, tan cerca de la salida, casi la salida misma. Entonces sentí un arañazo en el vientre, un peso levantando mi camisa, el “crac” de la caja de laca rompiéndose contra el suelo, esparciendo su contenido por toda la cocina y, con una maldición, me agaché para intentar recuperar al menos parte del botín. Pero el Nene, que me seguía tan de cerca que no podía detener su carrera sin exponerse a una caída, saltó por encima de mi cuerpo y siguió corriendo hacia la puerta trasera. Y fue entonces, arrodillado bajo los fogones, fue entonces cuando me llegó, con toda su malicia, el aroma levemente picante que antes, con los sentidos abotargados por el miedo, no había llegado a concretarse en mi nariz. Es, parece, tiene que ser, pensé, soltando el puñado de joyas mientras me ponía de pie frente a los fogones, pensándolo sólo un segundo antes de asomarme al gran perol de cobre que humeaba en el fuego. Sí, era fabada, una fabada magnífica, con su morcilla, su tocino y su chorizo nadando entre las tiernas, tiernísimas habas, era fabada, y en ese momento mi cabeza, envuelta en una nube de aromas por tanto tiempo olvidados, se vio asaltada por los recuerdos, la risa de mi madre envolviendo los fogones, recuerdos que se atropellaban, aquella mujer a la que tanto amaba, se quemaban entre sí, niños, mis hijos, sus risas, el ruido de las bombas, como los ingredientes de un guiso, sus cadáveres cubiertos de polvo entre los escombros, un guiso de dolor y destrucción, la Trini recogiendo mis despojos, dos sábados al mes, fabada, y pensé, por un momento pensé que quizás si Trini probase ese algo tan civilizado, tan lleno de amor que es una fabada, quizás entonces me comprendiese, sí, Trini, es fabada, y me aceptaría tal cual soy, entiéndeme, Trini, dejaría de exigirme esa falsa hombría que me es tan ajena, yo no soy así, Trini, por mucho que te quiera nunca podré demostrártelo a bofetadas, Trini, solo amor y fabada, y todos esos muertos que en ti pueden volver a la vida, y con un aullido abracé el perol con la furia de un converso y eché a correr hacia la puerta, cómo quema el perol, Trini, cómo pesa y arde y estorba el perol, cómo grita ese hombre, cómo grita, Trini, ¿por qué me persigue ese hombre?, tantos gritos y todavía tan lejos, mira, allí está el Nene, que guapo con su abrigo nuevo, espera, Nene, espera, que ya llegamos con la fabada, eso, vete poniendo la moto en marcha, cómo quema, Trini, tu dichosa fabada, ¿qué dices? No te oigo, Nene, no te oigo, son tantos los gritos…, ¿tirarla? No, si ya llego, si ya falta poco, ¿verdad, Trini?, ya casi estamos, espera, Nene, espera, que haces, no, no, por favor, no te vayas, no te vaaayaaaaaaass…
© Gata 1997
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