¡EL QUE NO CHILLA NO MAMA!
No todas los vecinos reúnen los requisitos para ser considerados como tales; hay personas que "son vecinos" y hay otras que no pasan de ser "el que vive al lado", o "la de enfrente de casa", como ocurre con el fulano que mora tras mi medianera, un sujeto aparecido hace unas semanas al que aún no he visto pero sé que es esmirriado, pálido, de algo más de metro y medio de altura, de gruesos anteojos de carey oscuro, tímido, escurridizo y, encima, de mirar ladeado. El hombre tiene un perro, un cuzco juguetón y de agradable aspecto pero que suele ser molesto. Hoy, sin ir más lejos, estaba yo limpiando las hojas del jardín trasero cuando el cuzco comenzó con su prédica diaria.
-Déjate de joder Manuel- le dije, como lo hago cada día ante su escandaloso recibimiento, pero hete aquí que hoy su dueño, digo dueño desechando la posibilidad de que sólo hubiera alquilado al dogo, con una voz pequeñita me dijo;
-No se llama Manuel; Jorfa se llama.
-Para mí es Manuel- respondí sólo por llevarle la contra.
Se produjo un silencio por parte del sujeto, conducta que no compartió el can que, impertérrito e ignorando nuestro diálogo, continuó con su repertorio de ladridos.
-Se llama Jorfa- continuó el tipo, casi susurrando.
-De su lado se llamará Jorfa pero de éste se llama Manuel.
-Cada perro tiene un nombre- alegó el mequetrefe con declinante énfasis.
-Pues hete aquí que Manuel tiene dos- dije con firmeza dispuesto a trinufar en la porfía.
-Tendría que ser medio perro para consumir dos nombres, si usted me permite- arguyó el tipo que demostraba tener un depósito de respuestas a su alcance.
-El nombre de un perro no va más allá de los límites de la autoridad de su dueño.
-Me parece, si me permite, que usted acaba de darme la razón porque estando Jorfa dentro de los límites de mi propiedad y sometido a mi arbitrio tengo el derecho de darle el nombre que me plazca- arguyó el hombre con una voz claudicante que no se avenía con su exitosa respuesta.
Un poco urgido por su argumento, aduje;
-No he dicho nada que lo beneficie porque si vamos a hablar de la propiedad tendría que empezar por decir que yo no he visto el título que acredite que usted es el dueño de esa casa por lo que podría darse el caso de que en realidad la detente en calidad de inquilino- sostuve, sabiendo que mi alegación era opinable y defectuosa.
-Estimado señor, recuerde que la posesión hace presumir el derecho del que detenta la cosa- me dijo poniéndome literalmente contra la lona, no obstante lo cual repliqué para desviar la discusión.
-En contra de lo que supone, si de presunciones se trata, yo presumo que su perro se llama Manuel.
-Pero se llama Jorfa, si usted me lo permite.
Advirtiendo que el sujeto empezaba a arrugar dije secamente;
-De aquel lado se llamará Jorfa, pero de éste seguirá siendo Manuel.
El "que vive al lado" hizo un último intento de imponer su criterio aunque endulzando su voz, conciliándola a su estatura;
-Siguiendo su razonamiento, estimado vecino- me dijo -si yo estuviera en su casa no me llamaría Ildefonso, que es mi nombre, sino como usted quisiera llamarme.- lo que me parece un despropósito, con perdón de la palabra.
A esta altura se produjo el insterticio donde la deblidad del mequetrefe se hizo manifiesta. Le dije;
-Señor, es que nunca se dará el caso de que usted entre a mi casa y que aún en el dudoso supuesto de que mi razón se extraviara hasta el punto de invitarlo, usted en mi casa se llamaría Ergasto, Ergasto Stamponato, para ser más preciso.
Francamente alarmado "el de al lado" casi me rogó:
-Señor, no me bautice, que ese trámite lo cumplieron mis padres en momento oportuno; me llamo Ildefonso Urquía, y quisiera morir con ese nombre y apellido.
Entretanto, como el cuzco seguía ladrando, por lo que el pequeñín, en un desliz que ponía en evidencia su apocamiento, reprendió al cuzco con un flagrante lapsus;
¡¡¡Deja de ladrar, Manuel!!!.
Esperé un rato para darle tiempo a buscar una salida elegante pero está visto que los indecisos,los pusilánimes, no saben sacar ventajas de las oportuidades que se le ofrecen. El ruido de la puerta del jardín del hombrecillo, al cerrarse, puso en evidencia su derrota.
Me dió pena; tenía talento, sabía exponer sus argumentos pero le faltaba ese toque, digamos ese repulgue, que lo distinguiera de otros semejantes, esa capacdad para subirse a un banquito y arengar a las masas, de convencer a los otros de que sus propuestas son las únicas para aplicar en el momento. Era un hombrecillo incompleto, pero de todos modos su derrota me dio pena.
Ahora, cuando al oírme trajinar, el perro ladra, yo lo reprendo diciéndole;
-¡Sosiégate Jorfa!.
El hombrecillo en cambio, resignadamente lo reprende con un tibo;
-¡Cállate Manuel!.
El pobre hombre no advirtió aún que el que consiente pierde, que el que no chilla no mama.
© Francisco M. Herranz
¡EL QUE NO CHILLA NO MAMA!
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