Túnel de lavado.
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TÚNEL DE LAVADO

Yo era un mierda que trabajaba de ocho a diez a veinte kilómetros de
casa por cuatro perras, que se dejaba pisotear por si caían cuatro más. Por
eso y para no pensar en ti. Un perfecto imbécil que no distinguía una
cerveza de treintaiséis pesetas de una copa de cava, porque cuando estaba
contigo, veneno que me hubiesen dado.
Yo era un mierda que te quería.
Sin curro, sin nómina, sin cama donde meternos las noches de lluvia. Tu
hermana nos dejaba el coche para follar los fines de semana, y nos reíamos
pensando en tus sobrinos, el lunes, en esos mismos asientos camino del
colegio. Ahora creo que sólo te reías porque tenías miedo. Tú nunca sabrás
lo que es el miedo, lo que es jugarse la vida: masturbarse como si bajaras
en bicicleta a tumba abierta. Hasta que me operaron el corazón cualquier
ejercicio de más podía matarme, y yo me hice muchas pajas pensando en ti. Al
abrirme el pecho tenían que habérmelo arrancado.
Mi corazón lleno de parches y mi esternón grapado no impidieron que te
amara. Con gusto tragaba cada día dos comprimidos para hacerme la sangre
agua, para impulsarla mejor, para comerte mejor, para follarte mejor niña
vestida de rojo, que preferías no perder la hora de hacerte las uñas a
pasear conmigo por la maleza de estas calles tristes de barrio triste.
Mi cabeza llena de parches, cabezazos contra todas las paredes, para
lograr entender tus deseos. La hora de las uñas, la hora de tomar el sol, la
hora de renovar tu vestuario. La hora de los muertos. Y el muerto era yo. Un
muerto de hambre de tus pechos tan morenos.
Encontraste trabajo. No te pagaban, pero encontraste trabajo. Seis
meses sin cobrar vendiendo multipropiedades a turistas incautos. Con la
primera comisión alquilaremos un estudio en la playa, dijiste. Pero la
comisión no llegaba y tú tampoco.
Al principio me llamabas. Estoy muy cansada, decías. El último mes tu
hermana me daba los recados: no irías a dormir. Ahora no me avisa nadie, ya
no saben qué decirme, y yo necesito que alguien me diga que lo nuestro era
otra cosa, que a mí me querías, que ése, al que besas ahora en tu coche, no
te importa nada. Porque el coche ya es tuyo. Lo sé porque el domingo rompí
la ventanilla, abrí la puerta y revolví en la guantera esperando encontrar,
¿qué?
Tu hermana me encontró allí mismo dormido al día siguiente. Tus
sobrinos se morían de risa. Aún me acuerdo del día en que les prometiste que
los llevaríamos al parque de atracciones. Lo más parecido al túnel del
terror al alcance de mi bolsillo, era el túnel de lavado de la gasolinera.
Cuatrocientas cincuenta pesetas para nada, porque los críos querían montañas
rusas de las que salpican, y empezaron a llorar. Tú casi llorabas también,
cuando volví a entrar en el túnel con las ventanillas bajadas para que se
mojaran a gusto.
Yo no sé si me has dejado, porque explicaciones no me diste. Te has ido
alejando poco a poco en ese coche aparcado cada vez un metro más arriba, un
metro más lejos del balcón de tu madre, para que no vea como ése te manosea
donde antes te manoseaba yo.
Ahora tengo trabajo, un mal trabajo, un trabajo de capullo en el que me
tratan a patadas, en el que consiento porque así no son tus palabras las que
oigo golpearme la cabeza. Un trabajo en el que mi sangre de agua circula tan
deprisa, que mi corazón de neumático viejo ya te está olvidando. Sangre de
horchata, me dicen. Que tienes hielo en las venas. ¿Por qué no le partes la
boca a ese cabrón? Eres un cobarde, me dicen.
¿Qué sabrán ellos de ser cobarde? ¿Qué sabrán ellos lo que era correrse
entre tus piernas a vida o muerte? ¿Qué sabrán ellos si este trabajo es para
mí una montaña rusa que me salpica arena en los ojos, que me ciega y me
aturde y no me deja tiempo para pensar en tus uñas recién esculpidas bajando
por mi espalda?
Lo peor es que tienen razón. No salgo de este estado de podredumbre en
el que me has dejado. Quien se topara conmigo por la calle no sería capaz de
ver más allá de este aura de mediocridad burguesa que ahora me acompaña.
Pero detrás de ella, muy cerca de la superficie, sólo hay pobreza.
Le había escrito una carta: se ha perdido, o la he perdido. Me importa
un carajo. Yo no quiero escribir, yo quiero tocarla. Y no es que vea las
cosas como no son, la realidad es criminalmente serena: me enamoré de una
niña malcriada y egoísta. Esto siempre estuvo claro y no era imposible que
ocurriera lo que ha ocurrido, pero la quise y la quiero. Es la pobreza. Por
eso ya no hablo con nadie de esta historia. No, porque nadie puede
devolvérmela y, más allá de eso, nada me interesa.
Sentarse en una esquina y callar, eso es lo más aproximado a mi estado
de ánimo: ni la flagelación, ni el dolor, ni la perdición. No, sólo
ocultarme. Pensar muy bajito, soñar muy bajito. No esperar a nadie. No
esperar nada de nadie. Morir de hambre tan lentamente que parezca que dura
una vida, porque sólo ella me alimenta.
Mi pobreza no es de este mundo.

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©faber2 - 30 mayo 2000 - es.humanidades.literatura
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