Hinkle Twinkle Burns nació una fría mañana de noviembre bajo la niebla de la elitista y casi británica ciudad de Oviedo. Su madre, tan bella y exuberante como pérfida y ladina, aliviada al fin sus dolores, cuitas y preocupaciones después de una noche entera de blasfemias, whisky y sudores, envolvió a su neonato en una suave manta y lo depositó, en movimiento paradójico de delicadeza y crueldad, en el bordillo de la fuente de La Escandalera, fijando entre dos piedras el fruto de su vientre, un remordimiento preventivo y absurdo, puesto que el pobre Hinkle Twinkle Burns fallecería horas después, víctima de un paro cardíaco, no se sabe si provocado por el frío, el hambre o la pena.
El doctor Mistic Burns, un estrafalario galeno, amén de astrónomo, parapsicólogo, estudioso de raíces alucinógenas y porquerías similares y perseverante borrachuzo, parapetado siempre bajo una chistera exageradamente alta, exageradamente brillante e impoluta, y acompañando su lento caminar con el traqueteo de un bastón demasiado largo, demasiado intimidatorio, resucitó, más por su afán de investigación que por heroicidad y caridad, al ya cadáver Hinkle Twinkle Burns, quien, después de recibir aquel brutal soplido en la nariz, un vendaval de alcohol, copos de avena y habanos Montecristo, lanzó, en un acto que sería orgullo de su futuro padrastro y mentor, un espeso escupitajo que fue a cerrar el ojo cristalino del doctor Mistic Burns, quien dividió su semblante entre la ternura y la repugnancia.
En seguida, ya antes de que diera sus primeros zambones pasos, encargó nuestro polifacético Mistic Burns una lustrosa chistera y un bastón diminuto pero aún así más grande que su enjuto cuerpo para Hinkle Twinkle Burns, quien amén de ser el hazmerreír de la banda de cotorras petulantes que recorrían con miradas juiciosas la Calle Uría, desfile de pavos reales y otra fauna, le provocaba grandes sofocos, pues su cabeza, aunque desproporcionalmente colosal y no cabe duda que ocupada por no demasiada masa gris sino más bien por abismos insondables, veíase atrapada por aquel ridículo sombrero, fruto de las medidas mal tomadas por el miope, chocho y cascarrabias Sastre Ojales.
La Vida de Hinkle Twinkle Burns
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