La Vida de Hinkle Twinkle Burns
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Pasaban los años y Hinkle Twinkle Burns afeaba con ellos. Su adolescencia la pasó entre probetas, probando aquí y allá, junto a su cada vez más enloquecido padrastro, quien, convencido de su ciencia, pretendía insuflar en aquella cocorota lo que la naturaleza no había tenido a bien hacer. Pero ya sabemos que para llegar a la verdad hay que errar incontables veces, y tantas veces fue las que se equivocó el sabio pero osado doctor, que Hinkle Twinkle Burns, amén de un adefesio, acabó convertido en justo lo contrario de lo que el doctor había soñado: un harapo baboso que balbuceaba impertinencias soeces a los que se cruzaban en su esperpéntico caminar, provocando desde el terror a la ira, de la compasión a las palizas inservibles, de beneficencia a una acuciante necesidad de encierro.
Una vez más la sinrazón venció a la comprensión y Hinkle Twinkle Burns, a los 16 años, que parecían menos si nos ateníamos a sus despampanantes razonamientos y muchos más si nos fijábamos en su pelada cabeza, su obesidad mórbida y las arrugas que surcaban su horripilante rostro, fue encerrado en el Sanatorio Mental Homeopático y Naturista Las Malvas. Pobre desgraciado, pensarán ustedes. Craso error su pensamiento, quizá contagiados por la estupidez perenne de Hinkle Twinkle Burns. La enfermera Teresa Borbotones, alias Bisagra, hizo feliz a nuestro desgraciado protagonista, aliviando su fiebre hormonal, no tanto por la edad sino por una naturaleza gorrina de por sí, noche sí noche también. Así pasaba los días Hinkle Twinkle Burns, esperando con fervor sin quitar la vista de la bombilla que colgaba del techo, único artilugio que adornaba el acolchado cuarto, junto a una fría cama y un indescriptible -por consideración al lector- water. Era tal su deseo de que se apagara que hubieron de acortar el cable, pues no daba el presupuesto para tanta lámpara, ya que, a costa de graves quemaduras y alguna electrocución, la rompía nada más encenderse el ardiente Hinkle Twinkle Burns. Pero no frenó aquella inteligente decisión su ímpetu desmedido: pasaba las horas saltando en vano como un sapo, tratando de destruir aquella luz que al apagarse daría paso a su fogosidad.
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