El silencio de uno nunca es absoluto. Siempre hay algo que suena -el corazón, el tiempo de un latido-; incluso el propio silencio, que se asemeja al crujido de un papel arrugándose en la mano, suena.
Algunas veces el silencio también se parece a un televisor opaco que no sintoniza bien la señal y bisbea como si echase pequeños escupitajos por la boca: "zsh, zsh". O como el vuelo de una mosca, o el canto de una cigarra, o el sorbido de una nariz, o el clocleo de una cañería, o., no lo sé, pero el silencio tiene sonido.
Mismo de noche, cuando ya es tan de madrugada que ni siquiera los borrachos quieren beberse las calles; el silencio suena. ¿Nunca lo han oído? Pasa primero un segundo, y luego otro y viene el duermevela, y te duermes, y parece que todo está en absoluto silencio, y entonces comienzan a crujir los sueños, se forman las imágenes y lo que fue un día, queda refugiado en recuerdos fantasmales, pero con sonido.
En definitiva, el silencio no existe y por eso aunque Tomás nunca pudo oír, ni hablar, jamás se sintió perdido. El silencio no existe. Lo que hay es sonido. Que uno no pueda oírlo no quiere decir nada. Aunque Dios no se vea, está ahí. Aunque el microbio no se distinga, está ahí.
Silencio sólo es una palabra que viene antes de cerrar los ojos y pensar. La mente burbujea, se remueve, se agita, se dispara y uno puede oírla dentro de sí. ¿Dónde está ahí el silencio? Pues en ninguna parte.
El Silencio
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