El Silencio
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Silencio sólo es eso, una palabra.

- ¿Qué sientes al no poder oír nada?, le preguntó una vez la abuela María a Tomás.

- Yo lo oigo todo a mi manera, dijo el niño a su manera. Si tú hablas y yo pongo mi mano en tu garganta noto la vibración y sé que algo está sonando. Yo no puedo oír con las orejas, pero sí con las manos y con los pies, y con el resto de mi cuerpo.

Tomás siempre fue un niño optimista y a pesar del desprecio y de la incomprensión de los demás niños en la escuela y en la calle, Tomás siempre se sintió afortunado. "Yo estoy obligado a entender los sonidos. Los demás sólo los escuchan, pero yo tengo que comprenderlos y eso es mucho más difícil que lo que ellos hacen. Por eso no me importa que me llamen burro, ni que se acerquen con estruendo por mi espalda y me golpeen, o me peguen un papel que diga <>. Lo que yo hago es mucho más valiente que lo ellos hacen.

Con tres años, Tomás aún no sabía hablar y por eso todas aquellas pruebas, el trajín de arriba a abajo, de médico en médico; las discusiones de papá y mamá en la habitación grande.

Con cinco años Tomás aprendió a hablar con las manos. Él era especial, porque podía comunicarse con gestos, sin necesidad de palabras o frases. Un año después, con seis, Tomás vio a su padre salir de casa y no volver. Las discusiones habían terminado. Tomás y su madre se quedaban solos, el uno con el otro y el otro con el uno. "No importa mamá. No lo necesitamos. Él no comprende los sonidos. Tú y yo sí", pensó Tomás.

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