Felipa
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- ¿Con la almohada? Pero si las almohadas no hablan...¿cómo voy a hacer? -se quedó pensando la hermana.
Felipa emprendió su viaje jugando a subir muy alto y a perderse entre las nubes. Era traviesa y parecía una adolescente, aunque debía andar frisando los 60. La inmortalidad no se incluía entre sus poderes. Sí, un reposo eterno en el cielo de las brujas, que por lo que algunos fantasmas le habían contado, era muy divertido. También podía expresar un deseo en voz alta y éste se cumplía inmediatamente. Como no tenía nada específico que hacer, dijo: ¡Quiero bajar en Nepal! Al instante estaba haciendo cabriolas entre los barriletes que los monjes y los niños remontaban en ese cielo azul. Su hermana, Eusebia, creía que ella era mala, pero en realidad era juguetona. No pudo dejar de cortar algunos hilos de esas mariposas de papel y abajo se produjo un gran alboroto cuando la divisaron.
¡Qué problemas se hacía esa hermana de sangre! ¿Qué podía importarle con quién se iba a casar su hija? En todo caso, tendría que ser Eudalda, la hija, quien se preocupara por ello. Pero, bueno, era su hermana y era su deber ayudarla. Trató de sintonizar sus coordenadas con las de Eusebia, pero no sintió nada. Seguramente todavía no había decidido. Decidió jugar un poco con la desgracia ajena. Adolfo, el novio malquerido, estaba en la casa que acababa de dejar y sólo para Eusebia preparó el espectáculo: Adolfo se le aparecía a su suegra, de repente como un gran sapo, casi un escuerzo, y enseguida aparecía como un príncipe de verdad, atildado, fino, y con unas vestimentas que no le envidiaban nada a la corte del Rey Sol.
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