Felipa
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Eusebia no podía creer a sus ojos. ¿Qué estaba pasando? Seguro que era Felipa. Pero, el juego resultó. Eusebia pensó ¿quién soy yo para condenar a este pobre pejerto a ser un sapo? Si, en cambio, se convierte en un ser humano fino, distinguido y sabio, ganamos todos.
Felipa sintió las vibraciones y se dirigió a su cueva para efectuar el embrujo. Claro que era mejor príncipe que sapo. Llegó. Inmediatamente sus dos lechuzas se le encaramaron a los hombros. Eran sus ayudantes principales, pero no pudo encontrar a la largatija de colores que también le daba Fuerza.
¡Ooooh! ¡Ooooh! Manchi Punchi. ¡Eleazar! OBRA BUENA, SERIEDAD... Su caldero de bronce, con sus patas chuecas, empezó a humear. Felipa agregó algún menjunje y volvió a decir ¡ELEAZAR! ¡Te convoco AOBRABUENA! Una ráfaga amenazó con apagar el fuego y apareció Eleazar en forma de conejo. Era un gran conejo, casi de la altura de Felipa, albo, fruncía la nariz a cada instante.
-¿Qué estás oliendo? -le preguntó Felipa. Huelo que tu menjunje está falto de sangre. Te estoy diciendo que es para OBRA BUENA, para qué la sangre. No hay embrujo sin sangre, pero puede ser de la tuya. Felipa se pinchó el dedo con una aguja y tiró dos o tres gotitas de sangre, caliente, roja y negra. ¿Vas a ayudarme o no? -se impacientó la bruja. ¿Para qué, si no, estoy aquí? -contestó Eleazar también medio enojado.
Se sacó las dos orejas y las usó para apantallar el fuego. ¿Le has puesto algún tronco de ébano? Seguramente que sí, ¿te olvidas de con quién estás hablando? No. No me olvido. Solamente que recuerdo a una brujita caprichosa, que por innovar, suele hacer muchas trebvertías.
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