Felipa
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-¿Trebvertías, yo? - Si. Tú. Y no te hagas la inocente. O ¿ya te olvidaste de aquel pobre jovenzuelo al que dejaste muy hermoso y con boca de sapo? - Por favor, no te rías de mí, eso fue al principio, en la rebeldía de mi juventud. Ahora soy una gárgola decorativa comparada con aquel tiempo.

- ¡Ya! ¡Yaa! Tienes que decir tus palabras, Eleazar, si no el deseo no se cumple.

- No te apures que podemos arruinarlo todo. ¡Allá va! y gritó tan fuerte que se empezaron a sentir truenos a lo lejos. Su poderosa voz había revolucionado las nubes. ¡¡MESCATRE YUPUGA!! HETE QUIM INCANTáTOR!! Y con esas palabras desapareció el conejo elevado hacia el firmamento en un rayo de luz.

En la casa de Eusebia el tiempo se había confundido. Ella yacía, desmayada, en el sillón y los demás corrían como gallinas cuando entra un hurón. Uno a buscar un paño frío para la cabeza, otro al teléfono para llamar al médico, el padre, alelado, sentado como madeja desovillada en una silla incómoda, y Josefina, la hija menor, hablándole a su madre y tratando de despertarla. Se despertó. Buscó desesperadamente con sus ojos a Adolfo y por primera vez en la noche lo vio, es decir que realmente lo vio. Parecía el mismo de siempre, sin embargo, la mirada era distinta. Inquisitiva, curiosa, ¡bah!, inteligente.

Ya estoy bien -dijo quedo- no se preocupen, fue algo pasajero, tal vez el calor. Y se sentó. Se decía a sí misma: -Felipa cumplió.


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Felipa estaba observando la escena desde su cueva, feliz.

Y aunque dicen que las brujas no duermen, ella se fue a dormir satisfecha.

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