La ventana estaba entreabierta, y el viento se contorsionaba en el ínfimo espacio para llegar a mí, en forma de caricia tibia. Caricias... ya ni recuerdo cómo se dan.
En primavera, la brisa suele venir acompañada del perfume de las flores de detrás de la colina. No son gran cosa, sólo son..., un momento..., debería hablar en pasado, hace cinco años que no sé si continúan siendo margaritas y amapolas. En aquel momento, también había muchos álamos, algunos pinos y dos olivos que plantamos mi padre y yo, cuando era un crío. Mi padre amaba tanto aquello..., los olivos eran un regalo al lugar, supongo que porque además deseaba que aquella tierra le recordara siempre. Resulta paradójico, yo recuerdo a mi padre precisamente porque no puedo ver esos olivos, ni siquiera sé si aún existen, no tengo noticias del exterior.
Cuando llueve, me conformo con ver las gotas y percibir el tenue aroma a tierra mojada, porque no puedo correr bajo la lluvia para guarecerme cuanto antes, ni puedo irritarme y enfadarme con la meteorología por ser tan imprevisible y tampoco con la mala suerte que me acompaña.
Cinco primaveras que han pasado a pies juntillas por mi vera, unas veces sonriéndome, otras apenas una mirada soslayada, pero nada más. No he vuelto a cortar flores ni las he ido a contemplar, no he salido a bañarme con sus temperaturas suaves ni he vivido sus cambios repentinos.
Por esta zona no solía hacer demasiada calor en verano, rara es la vez que se sobrepasaban los treinta y cinco grados centígrados. Pero aunque hiciesen cuarenta y cinco grados durante todo un día, mi piel seguiría siendo del mismo pálido virginal de hace cinco años.
Fue un verano, en una playa de Alicante, cuando conocí a Mónica. Ocurrió de una forma bastante ridícula. Mis amigos y yo jugábamos al fútbol-playa y en algún momento, la pelota fue a parar a su espalda. Estaba preciosa, el pelo castaño le caía por los hombros y la piel empezaba a enrojecérsele por la exposición prolongada al sol. Cuando fui a recogerla, ella se incorporó sobre la toalla y me disculpé, pero no sirvió de mucho, porque acabamos molestándola varias veces de la misma manera. Con los reiterados incidentes, la última vez que me acerqué a ella ya sólo podía esbozar una sonrisa y decir...<

