No me queda otra que mirarte desde abajo
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Ya se van a cumplir doce años desde que no puedo levantarme de esta silla. Me parece mentira que todavía siga vivo y sienta el mismo miedo a la muerte que cuando tenía quince o dieciséis años. Me doy cuenta que no puedo dominar mis emociones y lloro por cualquier cosa, y me enfurezco por otras. Me acuerdo de mi tío Francisco que terminó igual que yo, y de mi amigo Ramón, el médico que me advirtió que cambiara de vida, que deje el cigarrillo y que no coma grasas, que terminaría como Francisco.

Francisco y yo nos veíamos una vez por año, o sea que casi no nos conocíamos. A mi no me interesaba nada de él, ni a él nada de mi. Lo único que teníamos en común era la sangre y que éramos judíos. La sangre que no perdona, que viene con la herencia, cultural y genética. La cultural me importaba un bledo y la genética me importa ahora, que ya es tarde, pues no tengo piernas. Y lo cuento no para dar lástima ni para causar impresión, sino porque es así y tengo derecho a decirlo y a gritarlo: no tengo piernas. Con ellas se me fueron las ganas de reír, de disfrutar, de leer el diario, de ir por la calle. Quizá me mandé muchas cagadas en mi vida y este es mi castigo. Fui un gran mentiroso, eso, un gran mentiroso, y como dice el refrán: la mentira tiene patas cortas. Y se me dio.

Tantos fueron los errores en mi vida, que ahora cuando los recuerdo, siento como si otra persona los hubiera vivido. Hoy miro a los pibes en la calle y me escandalizo cuando se bajan los cartones de vino sin respirar. Cuando era joven y todas las mujeres se me regalaban, no medía si estaba chupado o sobrio. Y me vuelvo a preguntar: ¿es que el vino de los años cincuenta empedaba menos que el de ahora? Tengo en la memoria las andanzas con mi amigo Antonio, él tampoco puede moverse. Tiene todos los miembros pero no le funciona la cabeza. No sé que es peor, si lo mío o lo de Antonio.

Alquilábamos una casilla en una isla del delta para armar jodas los fines de semana. En esa época era muy común juntarse con cuatro o cinco muchachos y pagarse un lugar para armarse fiestas. El delta nos ofrecía libre albedrío, o sea que hacíamos lo que se nos cantaba y nadie nos cuestionaba nada.


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