No me queda otra que mirarte desde abajo
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Estaba lleno de prostitutas que por dos mangos pasaban las noches enteras con nosotros. Una de aquellas noches, fuimos con Antonio y otros amigos que no conocíamos muy bien a nuestra casilla. Le pagamos a tres negras para que nos acompañen. El vino y la ginebra corrían como canilla abierta y nos mamamos de lo lindo, a tal punto que no podíamos frenar nuestros impulsos, y bailábamos y nos abrazábamos y manoseábamos a las negras. Hasta que una de ellas, que también estaba borracha, comenzó a bailar desnuda arriba de una mesa. Nosotros empezamos a aplaudir y a tocarla desde abajo, mientras que un loco la mojaba con un bidón que había encontrado en la calle, cerca de la entrada de la casilla. Le mojaba los pies, las piernas, después se subió con ella a la mesa y le empapó el pelo y todo su cuerpo desnudo. Entre la oscuridad de la isla y la borrachera, nadie sospechó con qué estaba mojando ese animal a la negra. Luego, este amigo bajó de la mesa, encendió un cigarrillo y le arrojó el fósforo a la bailarina. Brilló como un cometa, la noche de la isla se iluminó con la tremenda fogata humana iniciada por este hijo de puta. La mujer gritaba como un chancho antes de que lo achuren, hasta que cayó al suelo, desplomada y más negra de lo que era, luego de correr en círculo alrededor de la casilla. ¿Alguno cree que alguien se enteró de esta atrocidad? Nos fuimos corriendo a la lancha y volvimos para la Capital a dormir la mona. Dejamos pasar unos quince días para armar otro quilombo en la casilla. Eran otras épocas.
Pasaron tantas cosas en el medio. Entre esto que soy ahora y lo que fui alguna vez. Vendí demasiadas ilusiones a la gente que me quería. Los lastimé, y mientras lo hacía me arrepentía, pero no podía parar. Nunca supe como parar. Ahora que veo a esa mujer que se me acerca llorando, con una cuchilla en la mano, me inunda el pánico, y me hago todo encima. La desconozco, trato de insultarla y no me salen las palabras. Tantas veces que la ofendí y ahora no puedo ni abrir la boca para pedirle piedad. Los recuerdos siguen apareciendo en el medio del griterío que la mujer no termina de cerrar. Justamente la veo a ella en mis brazos, cuando tuvo que colgarse la casa al hombro para pagar algunas deudas que me estaban tapando. Cosía día y noche para no perder la casa, que pagamos dos veces. Nunca se olvidó de aquellos años. Los chicos no se enteraron de nada, aunque sospecho que hace poco les contó todo. Los chicos ya están grandes, una en el cielo y otro en su casa escapando de nosotros, o de mí. No importan ellos ahora, no los pienso nombrar más en este testimonio mórbido, intentaré salvarlos aunque sea una vez. La señora no sabe que la desconozco, y piensa que se pasó la vida al lado mío. Me sigue gritando, llena de lágrimas y me obliga a pedirle perdón. Yo se lo pido, con la poca voz que me sale, pero parece que no me escucha. ¿Podrá mi amigo Antonio venir a ayudarme?
En un trabajo que tuve ganaba buen dinero, y compraba de todo para la casa. Me enfurecía escuchar la cantinela del ahorro, de pagar la cuota del hipotecario, del auto y otras cosas. Alquilaba una casa de verano en la costa durante tres meses para todos y me convertía en un inconsciente o en un derrochador. Nada le venía bien; a lo mejor tenía razón, esta ambivalencia mía me desesperaba. Quería gastarla toda, darles lo mejor, lo que yo nunca había tenido. También me guardaba algo para mis vicios, alguna que otra cañita al aire, los burros o la quiniela; infaltable. Perdía todo, absolutamente todo. Entonces explotaba la casa y los gritos exagerados y los llantos y la reputa que los parió a todos.
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