No me queda otra que mirarte desde abajo
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Los mismos gritos que cuando a mi vieja se le ocurrió festejar mi Bar Mitzva; me acuerdo que el marido de mi madre, un buen tipo, se gastó todos sus ahorros en preparar una tremenda fiesta en el patio de la casa de mi infancia. Yo no quería saber nada. Me aprendí todo el versito de la ceremonia, me porté como un duque hasta el día de la reunión. Le grité a mi vieja que me iba a comprar el pan y no aparecí por tres días. Todos plantados, mi vieja, mis parientes, decenas de invitados. Jugué al billar como nunca, el gallego del bar me dejó dormir en los baños las tres noches. Jugué y jugué hasta el cuarto día que aparecí en la casa. Mi vieja me molió a palos, literalmente. Fui a parar al hospital, me llevó un vecino, porque la turra me dejó tirado con un tajo en la cara y la cabeza llena de huevos, desmayado en el piso. Además, dos dientes de la parte de abajo me habían desaparecido. Mi padrastro miraba por la ventana de la cocina y gritaba: ¡Pará Rosa, lo vas a lastimar mucho! Nada me dolió, estuve en el hospital una semana. Me dieron de comer muy bien. Hace mucho tiempo que no como bien, creo que años. Aunque ésta que se me viene con el cuchillo cocina bárbaro; albóndigas con tuco, empanadas caseras, buñuelos de manzana, y la buseca en los cumpleaños de los chicos. Salvo el día que fermentó en la olla a presión y hubo que prepararla de vuelta en dos horas. Una hazaña, y fue la más rica de todas la veces que la hizo. Solo en dos horas. Qué miedo. ¿Me dolerá la muerte? ¿Quién es esta loca, por qué no me escucha? Me parece que se confunde con otro, yo no soy el que ve, ni al que putea. Antonio vení. No servís ni para amigo.
Un centímetro y frenó. Se habrá asustado por mis alaridos. Qué dirán los vecinos, aunque están acostumbrados a mis gritos. Un centímetro, no tiene ovarios la guacha, en cambio yo tengo unas pelotas que ya me pesan. Me acuerdo como me calentaba en los restaurantes cuando los mozos no me daban bolilla. Aquella vez en Mar del Plata casi lo mato a uno. El novio de mi hija se asustó y se fue para la calle; yo me quedé peleando, casi lo mato, me lo tuvieron que sacar de las manos al salame de blanco. Mi hija lloraba del susto, nunca entendió que la estaba defendiendo del maltrato. Mi hija, mi chiquita, dónde estará ahora. Si habrá sufrido; nunca pude ayudarla. Un centímetro y respiro, la sangre no me asusta, ya vi demasiada. Poco a poco esta calmándose esta loca, me sigue puteando por lo bajo. Ahora llora a moco tendido, y me dice que le arruiné la vida. Ya me tiene podrido, se va a arrepentir de todo lo que me dice, no sabe lo que es estar sentado toda la vida en esta silla de mierda sin que nadie te de pelota. No se imagina lo fulero que es mirar a todo el mudo desde abajo. Guacha. Mejor lo llamo a Toto para que me juegue un numerito en las dos loterías; nos tendríamos que mudar de esta casa, en este barrio no hay ni un almacén cerca; a qué le juego, mejor le pregunto a Toto. Le tengo que avisar a Antonio que la loca ya se fue, que me dejó tranquilo. ¿O no le había dicho nada de la loca? Cómo sangra este puntazo, no me dejaron ni una gasa para curarme, con este trapo está mejor.
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