GRISES EN LAS ESQUINAS
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En el tren de retorno a donde moro, habito o me cobijo, que vivir lo que se llama vivir...., me viene ya el recuerdo del interlocutor mañanero. Y lo centro en sus andanzas en el cuartel --Santa Cruz de Marcenado, Amaniel-- donde marqué el caqui en mis seis meses obligatorios. Él era ese soldado típico, alegre, marchoso, que desde su enchufe en el economato ligaba a las criadas, chantajeaba a telefonistas guripas y sobre todo ganaba un "sobresueldo" escribiendo cartas de amor a los sorchis que no sabían ni las primeras letras. Yo le marcaba de cerca, mas con ganas de empapelarle algún fin de semana que de seguir las ordenanzas militares, con esa secreta envidia para quien los lances de amor eran los que leía en novelillas y no realidades tangibles. Porque ni el uniforme con cordón de borlas desde la hombrera derecha hasta la botonadura del pecho, ni la promesa de una carrera semiabandonada servían para nada en un mundillo restringido de madres casamenteras que buscaban partido para sus retoños, algunos de muy buen ver y mejor tocar, pero eso es otra historia. Retoños a los que era imposible llevar al huerto de las tapias del Retiro al anochecer, a la fila de los mancos de sesión continua del Alcalá o el Montera y los palcos del Doré y totalmente imposible engatusarlas con una excursión a Navacerrada con el pretexto del esquí, o la escalada por Siete Picos hasta la Fuenfría por el Sendero Smicht. Ni por soñación con la cita clandestina en la calle Madera, numero impar segundo piso, a un trsmano del viejo caserón de San Bernardo. Y los reproches maternos por mi despego hacia qgrupillos que formaban reducida avanzadilla andaluza en el barrio de Salamanca, con Torrijos-Ibiza como epicentro. Escorada visita sabatina a un colegio femenino allá por Pardiñas o Velázquez, que ahora sí que me fallan las neuronas del lugar pero no de alguna asistencia obligada para "tomar el Té" en cuchipanda encaminada a encontrar pardillo con el tapete de la misericordia o la ayuda a los "negritos" . Y nunca era tiempo ni ánimos para las salas del Victoria, Metropolitano o Palmeras, -- caballeros tres pesetas, señoritas gratis-- donde la carne estaba tasada por lo bajo y el peligro venéreo por lo alto.

El sonido de la película del AVE a través de los auriculares que adormece, que pone en marcha una especie de moviola particular y el sentido común que vuelve a echar cerrojos a tiempos idos, audiciones de la Nacional con Argenta al frente en el Palacio de la Música -- un duro al portero, una peseta al acomodador, que los abonos están fuera del alcance--, "alforjas para la poesía" en las matinales del Lara, discusiones bizantinas con Antonio Férnandez-Cid, prohombre de la música criticada, la consecuencia que obliga a no mirar hacia atrás --ni con ni sin ira a lo Osborne-- que aboga en el hoy actual en el dejarse llevar por la monotonía de una existencia provinciana, paseos por la calle Mayor, alguna escapada hacia el Pirineo por tierra o gozar desde el aire de valles profundos con la temprana nevada en los altos picachos. Escribir la columna bisemanal, desoir algún reproche del politiquillo de turno por lo publicado la pasada semana o del inconforme por no escribir lo que él no se atreve a decir en voz alta. Y sobre todo eso, la sensación inconfesada pero latente y que fuerza salir a la luz de un tiempo a esta parte, el trasunto de la cobardía camuflada de orgullo ante posición social discriminatoria y que impidió amores callados. Queda esperar, solo esperar, que la vida termine diluyéndose, no expresar queja alguna y no tomar posturas ante situaciones actuales e inadmisibles cuando entonces. Cuando los grises, tan añorados, en las esquinas.

por Lopedesosa.
NavyTales, v.2006




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