El pozo
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A veces el viejo se quejaba, más con piedad que con rencor, “me dicen el Solo... aha...”, y después de un rato que podía durar veinte o treinta minutos, “¿y ellos?”. A veces ni siquiera decía la primera parte de su frase y largaba, quizá como única frase de toda la tarde, “¿y ellos?”. Una vez pasé un momento bastante incómodo porque yo tenía más o menos calculado el tiempo entre parte y parte de la frase y entonces la esperaba. Pero esa vez había pasado más de media hora de la primera mitad y él permanecía impávido en su asiento, con la cara inmóvil de siempre, mirando las cruces de ladrillos en el suelo, y yo me tenía que ir. Había dicho, media hora antes, “me dicen el Solo... aha...”, y yo me fui, sin escuchar la frase completa.

Una vez contó algo que él decía que era un secreto. “Esto es un secreto”, dijo, y comenzó. Decía que en un lugar no muy alejado de su casa había un pozo del que emanaba agua “no aún”, se detuvo para enfatizar, “sino sobretodo”, esto casi lo silabeó, “cuando hay sequía”. “Una fuente inagotable de agua en plena seca”, sentenció. Y se calló por lo menos durante una hora; un poco agitado. Yo creí que ya había terminado pero no. Después continuó con calma. Él lo había descubierto unos años atrás (“más o menos cuando murió”, decía, refiriéndose a doña María, como si fuese el único sujeto posible en ese predicado y por lo tanto fuera una redundancia nombrarla). Era, según decía, “un pozo pequeño pero muy muy profundo, quizá incluso sin fondo, exageraba. Uno mete la mano, aunque de afuera no se vea nada, en esa negrura (le gustaba decir) y saca agua, agua y más agua. Es un pozo “infinito”, se agitaba de nuevo, “es un modesto milagro”, insistía, y calmándose, “un contrasentido”. Y al rato retomaba como si no hubiera pasado el tiempo, “un pozo cuyo caudal no disminuye con la extracción, que aumenta más bien, que aumenta más bien”, se saboreaba. Y sin mirarme un momento seguía “porque es el vacío mismo el que la crea”, se enojaba, “porque es un vacío creador” (yo creía que se enojaba porque sospechaba en mi silencio la desaprobación o el escepticismo, pero no creo que se acordara ya que yo también estaba allí) “y cuando todos sufren por el año de la seca yo me valgo de ella; yo vivo de ella. Mientras menos lluvia, más agua, ¿está claro?, mientras menos lluvia, más agua”, se exaltaba. Una vez hasta llegó a decir que tenía miedo de que la sequía terminara, miedo de que lloviera y “mi pozo”, lo había bautizado (no en sentido posesivo sino en el de pertenencia), y “mi pozo” ya no de más agua.

Era lindo escucharlo al Solo. Era como un padre para mí. En mi casa decían que el Solo además de solo estaba loco. Y era posible. Era mentiroso, a veces. Primero pensé que esa mentira sistemática, esa difamación de la realidad más evidente, ese deliberado estrabismo mental o verbal, era para llenar un vacío, pero ahora entiendo que no, que justamente no. “Caminé mucho para llegar hasta acá”, solía decir, “a esta soledad, a este vacío, a esta ausencia”.

Un día también él faltó. Esperé y esperé el silbido y nada. Debe estar durmiendo, me engañé, y seguí caminando. Nunca había llegado tan lejos. Caminé, no sin algo de angustia, por los campos secos y muertos, solitarios, perdidos, sobre, bajo o dentro de un silencio que jamás había experimentado. Me alejé, me perdí en esos campos de silencio y por fin vi una mancha negra en el suelo. Me acerqué y advertí que era un pozo. Tardé muchos muchos años en animarme a meter la mano. Y sacar agua.

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