LA BRECHA Y EL CORMORÁN
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Sus modales, su trato cordial sin distinción del interlocutor y su caballerosidad galante con las mujeres (no digamos damas, casi extintas en este universo de 2007) lo marginaban sin excepciones, en una muestra más de que la educación entendida como otrora, había dejado paso a otros valores. Bastaba que cediera el asiento en el ómnibus a una anciana o el paso a una joven en el ascensor, para que se le quedaran mirando con incomprensibles perplejidad y desconfianza.

Una tarde decidió buscar su tiempo, convencido de que no encajaba en éste. ¿Cómo hacerlo? No lo sabía, pero en su interior celebró la decisión. No cejaría en su empeño hasta encontrar lo que ansiaba o bien hasta que los años culminaran devolviéndolo a ese limbo desde el que había caído, demorado.

En algún eslogan publicitario había leído que “el tiempo es el que fija nuestro corazón” y hacia allí emprendió sus primeros pasos de búsqueda. Recorrió los vericuetos de ese laberinto de sentimientos, explorando cada rincón ignoto de su relieve, desempolvando su esencia con la paciencia del arqueólogo que con pincel desentierra una reliquia.

Encontró lo que no buscaba, al menos, de momento. Se convirtió en un experto del corazón –la tecnología continuaba negándole la entrada a sus dominios-, empero no logró intuir siquiera una pista que lo orientara hacia ese pasado remoto cuyo pasadizo le era esquivo.

No se amilanó ante la adversidad. Templó su voluntad en el fuego de los fracasos, como si la sucesión de derrotas le garantizara el hallazgo al final del viaje; una de esas bizarras intuiciones galvanizadas contra toda lógica, que logran guiar a algunos hombres más allá de la impenetrabilidad de las circunstancias que se les plantean.

En cierta ocasión, ató una cuerda a una rama de piquillín en los fondos de su casa y se colgó de los pies con la cabeza a escasos centímetros del césped, en la certeza de que la fuerza gravitacional actuando sobre su cuerpo invertido lo atraería hacia el núcleo del planeta, auténtica cuna del tiempo. Y el tiempo esa tarde, carecía de paciencia. Pasados quince o veinte minutos, la estructura del piquillín cedió al peso de la anatomía que pendía de sus gajos y terminó depositando con violencia a Nicandro, como ofrenda a la madre tierra. Un persistente dolor de cabeza y la creencia unánime de sus vecinos que se había despeñado en una locura sin retorno, fueron el epílogo de un atardecer estéril.

Su optimismo desafiaba el propio dolor y la sorda condena de un entorno entre escéptico y hostil.

Tras leer bibliotecas de tratados esotéricos, se encerró en el sótano pertrechado para varios días -a salvo de molestas intromisiones de luz natural- con una fuerte dotación de escarbadientes, velas y galletas.

Sentado en la habitación oscura, frente a una mesa de algarrobo encerrada en la burbuja tenue de la luz de una vela, sobrevivió a la traumática experiencia de hacer contacto con el único ángel o demonio –nunca lo supo- que acudió a su convocatoria de médium novato. El espíritu errante de Jëre-jëf, un esclavo de Senegal, capturado mientras dormía haciendo la digestión tras engullir doce huevos de avestruz, se asomó al encuentro y se prestó de buena gana al diálogo con Nicandro. Sin embargo, el empeño de ambos no pudo sortear la barrera idiomática, planteándose una serie ininterrumpida de malos entendidos que culminó con el espíritu dando por terminada la entrevista con un sonoro soplido que apagó la vela.

De nada valieron los esfuerzos de Nicandro por restablecer la conexión. Escuchó carcajadas de ultratumba, cuchicheos como si deliberaran y enseguida, los palillos dieron forma a una frase que en un principio se le antojó enigmática, para luego comprender la cruel burla de las ánimas. La frase decía “tuuu, tuuu, tuuu, tuuu… click.”

Superados la humillación y el enojo, dio por sentado que –sentido del humor al margen- las almas no tenían respuesta a su pregunta y sin perder tiempo se embarcó en un nuevo experimento con la misma férrea convicción que lo había llevado a dar el primer paso.


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