LA BRECHA Y EL CORMORÁN
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Desde entonces, se presentaba enmarcado en los umbrales de los espejos de todo aquél en cuyos sueños irrumpieran aguas de esa tonalidad, plumas, gritos y graznidos. Sólo que en esta ocasión, a diferencia de otras tantas, el espanto se había apoderado de su alma, al encontrar frente a sí, su vivo retrato, ciertamente más joven, algo extraño y aún así reconocible. Apenas dicho esto, la superficie del espejo fue cobrando porosidad y perspectiva humedeciéndose, y unas gruesas gotas de agua salada resbalaron por el marco hasta caer sobre el lavabo.
Empapado y temblando de emoción, el viejo traspuso los confines de su realidad y estrechó entre sus brazos al joven Nicandro, que en silencio sonreía entre lágrimas. Tras tantos años e intentos de ambas partes, la tragicomedia había llegado a su fin con el esperado reencuentro.
Los obreros tiraron abajo la puerta de la antigua casona en cuanto recibieron la copia de la resolución judicial que autorizaba al arquitecto a demoler la construcción para erigir en el lugar una moderna torre de oficinas con vista al río. La casa había estado habitada años atrás por un individuo solitario y amable, de modales refinados más propios de un pasado aristocrático que de un presente tan plebeyo como superficial.
En el interior, se toparon con un enorme espejo arrumbado, en cuyo cristal -muy deteriorado por el moho- asomaba la cara de un cuervo con una extraña mueca similar a una sonrisa.
Todo el piso del baño estaba tapizado de plumas, con una de las cuales alguien había escrito en el sitio en el que alguna vez había estado colgado el espejo: “Viernes 11 de Mayo de 2007. Al fin encontré lo que buscaba. A mí mismo y mis circunstancias. Voy hacia ellas. Quien necesite saber de mí, búsqueme en la página 374 del Tratado de Historia de Senegal… o en la 623 del Compendio de Zoología de África Occidental. – Biblioteca Mayor de la ciudad de Córdoba.”
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