Lilit (Noche de Reyes)
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- En todo caso, si dentro de un rato estamos despiertos, te llamamos por teléfono para asegurarnos que llegaste bien.
- No vale la pena, no estoy tan en curda y son cinco cuadras nada más.
Mis manos aferrando su busto mientras ella (jamás me dijo su nombre, no lo pregunté tampoco) cabalgaba salvaje, sus ojos brillando en la penumbra de mi cuarto como los ojos de un gato iluminados en la noche por los faros de un auto, pronunciando palabras en un idioma que yo no comprendía (si es que eran acaso palabras y no simplemente sonidos), su mirada (me pareció en un momento, en un instante en que cesó la cabalgata para reiniciarse después más lentamente) fija en el trozo de cielo que alcanzaba a divisarse a través de mi ventana, porque no había alcanzado a bajar la persiana.
Y sentirme morir, resucitar, volver a hundirme en la muerte, la nada, su sexo que no sé en que momento besé nuevamente, hasta que un remolino me arrastró hacia un abismo que ignoro si acaso existía.
- Hola, por fin atendiste, nos tenías preocupados, desde que nos despertamos no dejamos de llamarte cada quince o veinte minutos.
El espejo del living me devolvió mi figura desnuda, el antiguo reloj de pared me informó que habían pasado largamente las dos de la tarde, las ropas que había vestido el día anterior estaban sobre una silla prolijamente dobladas, mientras la campera se había acabado de secar en el respaldo.
Creo que contesté que no escuché los llamados, que no estaba acostumbrado a beber tanto, sin esperar la respuesta de Jaime colgué el aparato y miré alrededor, como si estuviera sonámbulo, con los párpados pesados de sueño todavía, muy lentamente recorrí el departamento, todo estaba en su sitio habitual, nada había cambiado, nada había sucedido, quizás.
jueves, 25 de septiembre de 2003
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