EL CLICK
Textos · Eventos · 0.0
"¿Cómo es que durante el viaje en el metro no advertí que me observaban?" se interrogó Petunia mientras se ponía la bombacha observando el suave meneo de sus senos. Petunia pensó "tetas", no senos, y repitió en voz alta "mis tetas, mis tetas" demostrándose que era capaz de llamar a las cosas por su nombre, como si con esa mínima rebelión justificara la aventura que acababa de consumar, en la que había violado normas que le fueran inculcadas en su hogar y que ella, en algún momento, imaginara inscriptas en la bóveda celeste en áureas letras.

Al quedar sola en ese departamento aprovechó para recorrer con displicencia los ambientes, curioseando las fotos colgadas de las paredes y abriendo algunos cajones tratando de no desordenarlos. Después entró al baño, tanto más amplio que el suyo, para higienizarse y recomponer el maquillaje. Cuando se sentó en el sillón del living, advirtió que todavía tenía en la mano las llaves que le diera para poder ingresar allí en futuras ocasiones y recordó que al dársela había agregado en voz más baja, sonriendo como para quitar peso a la frase, "o para el caso en que decidieras venir a vivir conmigo".

Mientras fumaba un cigarrillo Petunia ordenó la secuencia de los hechos, deteniéndose en la imprudencia de darle las llaves del departamento a ella siendo que sólo habían pasado un par de horas desde que se conocieran. En eso estaba cuando advirtió, con sorpresa, que desde la ventana de ese dormitorio se veía el interior del suyo. Entonces dedujo que el encuentro había sido deliberado y que aquella incómoda sensación de estar siendo observada, lejos de ser una sensación, se avenía con la realidad.

Aún semidesnuda, parada sobre la alfombra, contoneó la cintura provocando otra vez el suave movimiento de sus senos, repitiendo una y otra vez; "tetas, mis tetas", agregando esta vez; "las mejores tetas del mundo. Después, con sosiego, continuó vistiéndose sin dejar de admirar su cuerpo reflejado tanto en el amplio espejo que tenía a su frente cuanto en el otro, el enorme que cubría el cielo raso del departamento de Ojeda. Por fin se puso el abrigo, se asomó al palier, llevó la puerta hasta el marco, giró con cuidado el pomo del picaporte y, tras cerrar, se agachó pensando dejar la llave debajo de la puerta pero de pronto, como arrepintiéndose, la guardó en el bolsillo del tapado y siguió hasta el ascensor, cuya caja de madera labrada y la lentitud de su marcha, no dejó de llamar su atención. Ya en la calle llenó sus pulmones con aire fresco, desprendiéndose del respirado durante esas últimas horas.


Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.