EL CLICK
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-Ojeda, a sus órdenes- le dijo, y se sentó resueltamente frente a ella. Para cuando llegó el mozo ya habían entablado conversación; al principio Petunia asentía con la cabeza, o esbozaba una leve sonrisa pero, poco a poco fue interesándose.

Partiendo de temas del momento -algo sobre el costo de la vida, un comentario sobre los cambios de tiempo, "los inviernos ya no son lo que eran" y otras fórmulas rituales y vacías- llegó a temas personales como la soledad que le describió patéticamente. De pronto, extrayendo unos papeles que sacó del bolsillo, le leyó lentamente y en voz queda, casi musitando, algunos poemas donde la soledad era patente. Aunque no hizo ningún comentario los encontró expresivos. Dijo que escribía para una revista y que en los momentos libres, cuando la angustia se tornaba insoportable, se desahogaba en esos poemas. Ella quedó impresionada por la densidad de esos pensamientos que tenían más de denuncia que de lamento y cuando aún no había salido de esa sensación le oyó decir que tenía una posición desahogada, describiendo su departamento, un piso antiguo heredado de sus padres en el que la buena madera y el mármol de Carrara no escaseaban. Ella encontró sospechoso el giro de la conversación pero para ese momento se sentía más distendida y a la vez entre interesada y divertida. Para cuando le habló de sus lecturas, de sus aspiraciones, de sus metas aún no satisfechas ella ya estaba advertida sobre hacia dónde se encaminaba la cuestión, alarmándose por sin escandalizarse.


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