EL CLICK
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Entretanto habían tomado tres cafés y comido unas masas que al principio se negó a aceptar pero que al fin probó sin remilgos ante la insistencia de compartirlas; "con una figura tan esbelta usted no tiene que privarse de los dulces", dijo, elogiando con pormenores sus encantos. No se sintió turbada, ni entonces ni cuando insistió en acompañarla a hacer sus compras. Pagó la consumición dejando una generosa propina, y caminaron hasta el local. En el trayecto le explicó que su problema nunca había sido el dinero sino la falta de compañía y en ese momento debió sospechar que el encuentro no había sido casual.
En el local ella se probó el vestido que había previsto comprar, momento en que se abrió la puerta del camarín e ingresó acercándole un costoso tapado y un conjunto, pidiéndole que se lo probara; "esto te va a quedar bien" le dijo, sin excusarse por la intromisión que había permitido encontrarla con sostén y en bombacha. Antes de abandonar el probador la miró descaradamente y con un gesto rápido y resuelto le acarició su seno derecho, dejándolo al descubierto. Luego, de súbito, le encajó un chupón del que dio cuenta una persistente aureola morada. Ella quedó temblorosa y con la convicción de que, más por curiosidad que por deseo o interés, sería incapaz de torcer el rumbo de los hechos. Cuando salió del camarín la empleada estaba colocando las prendas en sendas bolsas y la cuenta saldada. Mientras salían, antes de llegar a la calle, le puso en las manos una tarjeta con su dirección, domicilio y teléfono y le dijo; -voy para casa; si estás de acuerdo te espero allí. También le dejó la llave del departamento. Ella quedó ofuscada, sintiendo que le faltaba el aire. Era una proposición inédita, una experiencia nueva, inimaginable, distinta, casi pecaminosa. Caminó sin apuro tratando de decidir sus pasos futuros.
Brevemente repasó su vida, arreglada, prevista, ordenada, sin riesgos y sin emociones. Para cuando subió el subterráneo de regreso ya se había decidido. Se encaminó decididamente al departamento, pero no se atrevió a usar la llave. Tocó el timbre. La atendió ella, Sabina Ojeda.
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