Y Arrowed le contó que aquél día la puerta no cerró bien y esto le fastidiaba. Hubiera preferido no tener que volver a cerrarla; volvió sobre sus pasos y dio un portazo. Siempre saliendo, su vida se había tornado en un continuo salir, en una huida inacabable. Cada vez más deprisa, cada vez sintiendo más cerca, a su espalda, la prisión, el hedor húmedo y blando del calabozo. Nunca quiso huir pero era necesario. Había que abandonar el nido caliente y mortecino, la estabulación definitiva. Más la vida se preveía dura y agreste. Se sintió un conejo, como un pequeño conejo de granja, acostumbrado a tener el calor y la comida seguros. Ahora todo había cambiado y no había seguridad ni calor, solo miedo a una muerte prematura en un lado y, en el otro, terror a lo desconocido, a la soledad, a tener que valerse por sí mismo. Siempre en compañía, no conseguía hacerse a la idea de estar solo, irremediablemente solo como todos... como se nace se muere – pensó -, y eso no lo puede cambiar nadie. Arrowed necesitaba vivir.
Sintió que debía ser valiente y respiró profundamente. De un impulso, y solo por él, salió a la calle y se dirigió a su librería favorita. Pensó comprar un libro, tener por poco dinero un amigo grato, que le contara historias desconocidas y amables. Poco a poco, con parsimonia, fue revisando todas las estanterías, historia, filosofía, antropología, poesía... novela histórica; al final se decidió por una novela de Marguerit Yourcenar, una escritura que narraba los hechos históricos noveladamente pero con exactitud y tras una profunda investigación. "Memorias de Adriano", ¿resultaría el personaje tan plano como algunos que conocía de otras novelas históricas? Al fin y al cabo era normal, la Yourcenar no tendría la culpa, con una base tan rígida como el hecho histórico, crear un personaje redondo, con contrastes, era casi imposible; incluso su admirado Umberto Eco no lo había conseguido en "El Péndulo". Ojeó la novela y le pareció muy extensa... ¿seré capaz de leerla completamente? - se preguntó - pues últimamente había abandonado sin decoro la lectura de algunas de ellas, como los caramelos que se prueban y se desechan sin consumirlos porque su sabor no gusta o resulta extraño al paladar, o quizás porque el estómago o la lengua están estragados del excesivo sabor de la vida.
No lo pensó demasiado y con un ansia tranquila compró la novela. Ya sabía cual iba a ser su plan para el sábado. Volvería a casa, se podría cómodo y leería unas cuantas horas.
Notó su propio perfume y se recreó en olerse... Juncusfield, ¡qué placer!, qué aroma más agradable producía al evaporarse desde la piel, un olor suave y sofisticado, permanente, que le hacía sentir seguro... sonrió tristemente, ¡qué ridículo! sentirse seguro simplemente por un perfume... tuvo la sensación de que solo lo apreciaba porque era caro.
El día se preveía tranquilo, sin altibajos, una tarde de amable lectura, luego cenar y a dormir. Pero su destino no había previsto una jornada así y las cosas comenzaron a complicarse. Al llegar a su casa descubrió con sobresalto que había perdido la cartera. Seguramente me la he dejado en la librería - pensó angustiándose por momentos -, pues en ella llevaba todo el dinero del que disponía para sus gastos corrientes. Si no la encontraba no podría salir el resto del mes y solo era día quince... ¡Dios mío! - exclamó -, me voy a preguntar a la librería. Y volvió corriendo sobre sus pasos.
Afortunadamente la cartera estaba allí, en el cajón de la vendedora. Muy amable, se la entregó sin pedirle demostración de que era el propietario. No preguntó, solo le extendió una encantadora sonrisa y al entregársela rozó su mano con los dedos. El se impresionó, hacía tiempo que nadie le demostraba tan abiertamente su interés... ¿acaso eran imaginaciones suyas?, posiblemente sí. Sin esperar a comprobarlo, salió lo más rápido que pudo de allí.
El sueño de Arrowed
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