Navidades blancas: Adolf versus Oscar
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—Si se refiere a esas «nimiedades judías del Antiguo Testamento»» puede estar seguro de que no. Desconozco como otros «puedan haberse visto conducidos a tal situación por la mugre judía y las estupideces de los curas»», pero nunca he negado la existencia de un ser supremo o de una providencia. —Y continuó con el semblante transfigurado. —««¿Qué Dios es ese al que sólo le agrada ver a los hombres humillados ante él? Intente plantearse el sentido del siguiente embuste, que es bastante simple. Dios crea las ocasiones de pecado. A continuación, y con ayuda del demonio, logra que el hombre peque. ¡Y entonces se sirve de una virgen para traer al mundo un hijo que con su muerte redimirá a la humanidad!»»

—¡Qué curioso! Por primera vez sus palabras tienen eco... ¿No escucha como se alejan y parecen volver rebotadas? —Respondió Oscar Wilde, mientras abría los ojos de forma exagerada.

Hitler y Wilde permanecieron un momento en silencio hasta que los últimos murmullos desaparecieron en aquella gélida inmensidad.

—A mí —continuó Oscar Wilde —, ««la religión no me servía de consuelo. La fe que otros tenían en lo invisible, la tenía yo puesta en lo visible y en todo aquello que se puede tocar. Mis dioses habitaban templos construidos con las manos y dentro del círculo de mi experiencia, mi credo era perfecto y completo, quizá demasiado completo, porque al igual que otros que han situado su paraíso en la tierra, yo he encontrado en él no sólo la belleza del paraíso, sino el horror del infierno también.»»

—Mr Oscar, ««El dogma cristiano se ha desgastado ante los avances de la ciencia. La religión cada vez tendrá que hacer más concesiones. Los mitos se van desintegrando de modo gradual. Y lo único que queda es probar que en la naturaleza no hay fronteras entre lo orgánico y lo inorgánico. Ahora que la comprensión del universo se ha difundido ampliamente, ahora que la mayoría de los hombres saben que las estrellas no son fuentes de luz, sino mundos, acaso habitados como el nuestro, la doctrina cristiana será tachada de absurda.»» —Añadió Hitler, con la mirada de un visionario.

—No esté usted tan seguro, —le cortó Wilde. —No sé que le llevó a pensar así, pero yo ««consagrado en otro tiempo por entero al placer, procuré huir de todo sufrimiento y amargura. Como odiaba el dolor, resolví ignorarlo mientras me fuera posible, tratarlo como algo imperfecto, lejano a mi ambiente.»»

—¿Y acaso no es así? —Intervino Hitler.


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