Navidades blancas: Adolf versus Oscar
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—««No creo para nada en la autenticidad de ciertas imágenes en curso acerca de los emperadores romanos. Estoy seguro de que Nerón nunca incendió Roma. Fueron los cristiano-bolcheviques quienes lo hicieron, del mismo modo que la Comuna incendió París en 1871 y los comunistas pegaron fuego al Reichstag en 1932.»» —Soltó Hitler en medio del discurso.
—Y siguió Wilde, sin inmutarse ante la interrupción, —««...el peso de los sufrimientos de aquellos que forman legión y que tienen su morada entre los sepulcros, las naciones oprimidas, los niños que trabajan en las fábricas, los ladrones, los reclusos, los proscritos, aquellos que enmudecen bajo la opresión y cuyo silencio solo Dios comprende. Y no solo imaginó, sino que lo realizó de tal suerte que, en el momento actual, todos aquellos que se ponen en contacto con Él, aunque no se inclinen ante sus altares ni se prosternen ante sus sacerdotes, comprenden que les será borrada la fealdad de sus pecados y revelada la belleza de su sufrimiento.»» Y usted no fue una excepción, Herr Adolf. Quiso salvar su imagen de Cristo haciéndolo ario y antijudío. Quizá haya olvidado cuando fue, pero es incapaz de hablar mal de Él, sólo lo tergiversa.
Hacía un buen rato que Hitler había dejado de caminar como un centinela, delante de Oscar Wilde, para hacerlo en un círculo perfecto alrededor del sillón, con las manos a la espalda y el rostro cada vez más alterado. Pero las últimas palabras le hicieron acelerar el paso y subir el volumen de su voz.
—««El cristianismo puro, el de las catacumbas, se preocupa por llevar al campo de los hechos la doctrina cristiana; lo que conduce, sencillamente, a la aniquilación de la humanidad. No es más que bolchevismo puro bajo oropeles de metafísica.»» —Y continuó Hitler. —««Si los judíos lograron destruir el imperio romano, fue porque san Pablo transformó un movimiento local ario de oposición a la judería en una religión supratemporal que postula la igualdad de todos los hombres entre sí y su obediencia a un solo dios. Sus ideas igualitarias tenían lo necesario para ganarse a una masa compuesta por innumerables personas desarraigadas. Mientras la sociedad romana mostraba su hostilidad a la nueva doctrina, el cristianismo en su estado más puro llevó a la población a la revuelta. Roma fue bolchevizada, y en Roma el bolchevismo produjo exactamente los mismos resultados que posteriormente en Rusia.»»
—Lo cuenta como si lo hubiera vivido —dijo Wilde, con una mueca burlona en los labios. —Tiene tan asumida esa historieta que es incapaz de escapar de ella. Herr Adolf, a usted que tanto admira a griegos y romanos, sus "arios" de un pasado glorioso, le aseguro que al menos ««Cristo cuenta entre los poetas. Shelley y Sófocles son hermanos suyos... Pero su misma vida es el más maravilloso de los poemas, y nada hay, en todo el ciclo de la tragedia griega que pueda igualar "el temor y la piedad" de esta vida. La absoluta pureza del protagonista le eleva a una altura tal del arte romántico, en la que quedan excluidos, por su mismo horror, los sufrimientos de Tebas y de la raza de Pelop. Y esa pureza muestra asimismo lo erróneo del axioma expuesto por Aristóteles en su "Tratado del drama", y que sentaba que no era posible soportar la vista del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, austeros maestros de la ternura; ni en Shakespeare, el más puramente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y leyendas célticas, en los cuales la gracia del mundo brilla a través de una niebla de lágrimas, y la vida de un hombre no vale más que la de una flor,...»»
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