Navidades blancas: Adolf versus Oscar
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—¿Por qué tendría que valer más? ««¡Qué más da que sea el hombre el que mata al tigre, o que sea el tigre el que mata al hombre!»» —Intervino Hitler. —««El más fuerte se impone: es la ley de la naturaleza. El mundo no cambia, sus leyes son eternas.»»

—««...no hay nada que, por su conmovedora sencillez, unida a la sublimidad del efecto trágico de que nace, no hay nada que pueda igualarse, ni siquiera aproximarse, al último acto de la Pasión de Cristo.»» —Siguió Wilde sin hacer caso a su interlocutor. —««La cena con sus discípulos, uno de los cuales le había ya vendido por el precio de unas monedas; la angustiosa espera en el jardín silencioso, bañado por la luz de la luna; el amigo perjuro que le traiciona con un beso; aquel otro, todavía fiel y sobre el cual podría edificar, como sobre una roca, un lugar de refugio para el hombre, y que le niega en el momento en que empieza el gallo a cantar, al amanecer; su entera soledad, su sumisión que todo lo acepta, aquella escena en que el gran sacerdote de la ortodoxia desgarra con furor sus vestiduras y el magistrado de la justicia civil –su "ario" Pilatos– lava sus manos con la vana esperanza de que desaparezca de ellas la mancha de la sangre inocente que hará de él una siniestra figura de la Historia; la penosa ceremonia de la coronación, la más maravillosa en la crónica de los acontecimientos; la crucifixión del Inocente ante los ojos de su Madre y del discípulo amado; la soldadesca jugando a los dados sus vestiduras; la muerte pavorosa que ha legado al mundo un símbolo eterno; su enterramiento en el sepulcro del rico, su cuerpo envuelto en un lienzo ungido de especias y de aromas costosos, como lo hubiera sido el del hijo de un rey.»»

—Acaso fuese el hijo de un rey galo establecido allí por los romanos, —interrumpió Hitler.

—No diga tonterías, Herr Adolf. Aunque usted no crea, tendría que admitir que ««si contemplamos todo esto desde el punto de vista del arte exclusivamente, debemos agradecer que el supremo ministerio de la Iglesia sea el de representar la tragedia sin efusión de sangre, por medio de la representación mística de la Pasión, del diálogo, de las vestiduras y hasta del gesto. Para mí, es siempre una fuente de dicha y de temor el recordar que la última supervivencia del coro griego, perdido de cualquier otro modo, para el arte, radique en la presencia del acólito que ayuda al sacerdote en la misa.»» —Contestó Wilde con cierta vehemencia.

La nubosidad que estaba justo sobre sus cabezas se iluminó levemente, poco a poco mientras ellos hablaban. Se hizo un círculo más tenue como si aquella se estuviese volviendo traslúcida, pero el fenómeno no les alteró lo más mínimo y ninguno de los dos miró hacia arriba.


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