Navidades blancas: Adolf versus Oscar
Textos ·
Eventos ·
0.0
—Escuchándole casi desearía uno que hubiese tenido razón, Herr Adolf, y se hubiese usted reencarnado en huevo de mosca una y otra vez hasta la desaparición absoluta de la especie de ese insecto. Pero la desgracia de su vida fue sin duda el orgullo, ««y me atrevería a afirmar que, en la vida como en el arte, la rebelión obstruye los caminos del alma y no deja penetrar en ella el aire de los cielos.»» —Le contestó Wilde. —««Durante mi estadía en la cárcel de Wandsworth, llegué incluso a desear la muerte. Morir era mi único deseo. Y cuando, tras permanecer dos meses en la enfermería, me cambiaron de sitio y mi salud física fue poco a poco mejorando, bramaba de rabia. Hice el propósito de suicidarme el mismo día de mi liberación.»» Pero después cambié, como le dije. Usted renegó de su dolor. Se quitó la vida y perdió la oportunidad de conocer lo que yo aprendí en mi último año de cárcel. ¡La raza, la especie..., todo eso son necedades sin importancia!. Lo importante es la persona. ««La humildad, como eceptación artística de todas las experiencias, es, sencillamente, un modo de expresión. Lo que busca siempre Cristo es el alma del hombre. Le llama "el Reino de Dios" y la encuentra en cada uno de nosotros. La compara con cosas nimias, con una semilla minúscula, con un puñado de levadura, con una perla. Para comprender la realidad del alma, hay que desprenderse de todas las pasiones extrañas, de toda la cultura adquirida, de todos los bienes exteriores, ya sean buenos o malos. Ha habido gentes que han intentado hacer de Él un filántropo corriente o que le han clasificado como un altruista, entre los ignorantes y los sentimentales. Pero no fue realmente ni lo uno ni lo otro. Es cierto que su piedad fue inmensa para los pobres, para los recluidos en cárceles, para los humildes y desgraciados; pero siente mucha más piedad por los ricos, por los hedonistas empedernidos, por los que sacrifican su libertad y se convierten en esclavos de las cosas, por los que visten finas ropas y viven en regios palacios. Sus riquezas y el placer le parecen realmente más trágicos que la pobreza o el dolor. Cuando dice: "Perdonad a vuestros enemigos", no lo dice sólo por amor al enemigo, sino por amor hacia uno mismo y porque el amor es más bello que el odio. En el ruego que formula al joven rico: "Vende todo lo que posees y dáselo a los pobres", no piensa en la situación de estos, sino en el alma del joven, en el alma que está a punto de ser corrompida por la riqueza. No dijo nunca a los hombres: "Vivid para los demás", les indicó que no había diferencia alguna entre las vidas de los otros y nuestra propia vida. De este modo dio al hombre una extensa y titánica personalidad. Desde su venida, la historia de cada individuo por separado es, o puede llegar a ser, la historia del mundo.»» Ya supongo que es esto lo que le molesta, Herr Adolf, pero no puede cambiarlo culpando a san Pablo de lo que no tiene culpa.
En el círculo sobre sus cabezas ya había desaparecido casi por completo la nubosidad y ahora se veía un cielo negro y cubierto de infinidad de estrellas. Permanecieron ajenos al fenómeno y siguieron su conversación. Hitler se paró y dio un fuerte pisotón en el suelo que retumbó a lo lejos.
—Cada vez se parece más su discurso, Mr. Oscar, al de un clérigo, y no lo soporto. ««Cuando un cura nos presenta como concepción de la divinidad su versión mediocre del hombre, apenas añade nada a nuestro conocimiento del creador. La gran ambición de la clerigalla es y ha sido siempre socavar el poder del Estado. Es un reptil inmundo que asoma la cabeza allí donde hay un signo de debilidad del Estado, y por ello debería ser pisoteado al instante.»» —Respondió Hitler, cada vez con un tono de voz más alto. Mientras, a través del suelo helado que le rodeaba fueron apareciendo multitud de manchas que poco a poco se convirtieron en rostros que le miraban. —««Cuando uno considera de cerca la religión católica, no puede dejar de percatarse de que se trata de una combinación de hipocresía y agudeza en los negocios increíblemente taimada, que manipula con habilidad consumada la arraigada afición de la humanidad a las creencias y supersticiones que sostiene. Es de lo más evidente que si la Iglesia solamente siguiera las leyes del amor y sólo predicase el amor como medio de inculcar sus preceptos morales, no hubiera sobrevivido mucho tiempo.»» Nunca pretendí que se debieran resucitar viejas religiones, pero ««el mundo antiguo tenía sus dioses, a los que servía. Y los sacerdotes, interpuestos entre los dioses y los hombres, eran servidores del Estado, pues los dioses protegían a la ciudad.»» ¡Esas eran unas verdaderas religiones emanadas del pueblo!
—Herr Adolf, veo que a pesar de los años no ha perdido del todo su poder de convocatoria.. —Dijo Wilde, con un tono condescendiente y casi burlón, mientras observaba los centenares de rostros que estaban a los pies de Hitler, rodeándolo con expresión de curiosidad —Pero ««los dioses griegos, pese al tono blanco y rosado y a la agilidad de sus armoniosos y flexibles miembros, en realidad no eran lo que parecían ser. El arco de la frente de Apolo parecía el disco solar cuando en el crepúsculo domina una colina, y sus pies las alas de la mañana; pero el mismo había sido cruel con Marsias, y había robado los hijos de Niobe. En los ojos acerados de Atenea no apareció ningún destello de piedad para con Aracné; la pompa y los pavos reales de Hera constituían cuanto esta diosa poseía de verdaderamente noble, y el mismo padre de los dioses había amado en demasía a las hijas de los hombres. Del taller del carpintero de Nazaret surgió una personalidad infinitamente más grande que cualquiera de las creadas por el mito o la leyenda, una personalidad que estaba destinada –aunque parezca extraño– a revelar al mundo el sentido místico del zumo de la vid y las bellezas reales de los lirios de los valles como nadie la había hecho nunca ni en el Citerión ni en Enna.»» ¡Sus diosecillos "arios" no merecen la pena!
Cuando Hitler, alterado por la ira, iba a contestar, un fuerte resplandor surgió sobre sus cabezas. Al mirar hacia arriba vieron una brillante estrella justo en el centro del agujero entre las nubes. Todas las demás parecían haber desaparecido y comenzó a escucharse una música lejana, una melodía que a los dos se les hizo conocida, pero que a uno alegró y al otro sólo consiguió enfadar más.
Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.

