Mentí, lo hacía para librarme de los posibles regaños pero creo que no me sirvió de mucho pues ella siguió mirándome de la misma manera que al principio: distante e incrédula.
Todo parecía que se desmoronaba, yo inventaba mentiras para no comer, hasta las más estúpidas, lo único que me importaba era que me dejaran tranquila y así podía seguir en mi surrealismo mágico.
Pero todo tiene su final y yo casi llego al mío, fue rápido y casi no me da tiempo de nada, al bajarme del bus sentí mareos pero me hacía la fuerte porque pensaba en todo lo que podía obtener con mi nueva figura.
Al igual pensaba en los pantalones que me quedarían espléndidos; en fin en toda la ropa que antes no me podía poner (eso pensaba yo), pero al darme el olor de la comida que mis amigos me lanzaron a mis narices prácticamente, ya era demasiado tarde, yo estaba en el suelo desmayada por un olor inofensivo y una consciencia engañada por prototipos ajenos a mi.
Me di cuenta en ese preciso instante de que me gustaba pasear en los días lluviosos, que amaba al mar y más aún verlo desde los acantilados cuando golpeaban las piedras furiosamente. De mis sueños de ingresar a la facultad de Arquitectura, en fin toda yo resumida en un instante de perdición.
Pero ya era demasiado tarde, sentía como se me cerraba el mundo, como mis lágrimas recorrían mi cuerpo casi inerte y de repente volví a respirar, cuando pensé morir y encomendarme a los ángeles vi la luz otra vez y con ella el dulce rostro de mi madre que estaba bañada de pequeñas gotas cristalinas que estaban rodando por sus mejillas tenuemente.
Me sentí bien y mal, culpable e inocente, no fue justo todo lo que hice sufrir a mis seres queridos, ¿En que estaba pensando?, ¿Quién era yo en realidad?, ¿Qué deseaba del mundo o mejor dicho que deseaba de mi?
Me hice esas preguntas en mi lecho de hospital una y otra vez, y hallé la misma respuesta: anorexia, mi enfermedad o mal de la sociedad. Todo ello estaba en este momento muy claro para mi, casi había puesto mi vida en peligro debido a mi obsesión que había nacido de los catálogos de revistas, de modelos glamorosas a quien yo pensaba imitar pero que me di cuenta que lo que en realidad estaba copiando era la debilidad del medio, la vaciedad de las emociones, la falsedad que emitían aquellos rostros congelados de medias sonrisas, pero que detrás del telón todos éramos iguales.
Ya ha pasado año y medio, no he vuelto a las clases de fut, pero he mejorado en mis clases extraacadémicas, mis padres dicen que con mis calificaciones podré ingresar a cualquier universidad que <<
Mis clases de violín, muy bien gracias, seguro que algún día lograre ser una gran violinista y lo mejor es que diseñaré mi propio conservatorio.
Mi enfermedad, bien gracias, no digo que jamás volveré a padecerla, pero creo que por ahora estoy bien, si escribo esto es para ayudar a otras personas que padecen o padecerán el mismo mal, no es extraño tenerla pero más importante es afrontarla basándonos en nuestros valores que deben estar presentes en nuestras vidas cotidianas.
FIN

