Benjamín Pantier
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Era un hombre tan afortunado que apenas si me lo creía. Había llegado a pellizcarme tantas veces en esas épocas que los moretones cubrían casi todo mi brazo derecho. Soy zurdo claro.

Por esos años había logrado éxitos laborales impensables, y la única mujer deseada por todos me había elegido, dos años después de que yo la eligiera a ella. Una primera charla, algunos encuentros, y derecho al altar. No me hubiese permitido tocarla de otro modo, así que a pesar de mi judaísmo fui con el cura y jure amarla ante la Biblia hasta que la muerte nos separe. Por eso, cuando lo decidí, recordé mi juramento y supe que la única forma de no traicionarlo seria siguiéndolo al pie de la letra.

Ella era una maldita perra mal parida. De haber sabido cuanto veneno tenía encima la habría matado en el momento mismo del primer encuentro, pero claro, estas cuestiones deben padecerse primero para que la venganza sea, como fue en mi caso, un verdadero placer impostergable y definitivo.

Estaba harto de ella y sus humillaciones. Comenzaron al poco tiempo de casados. Nunca pude olvidar esa risa enfermiza que me crispaba los nervios. Ella se reía más y más fuerte, primero por el tamaño de mi miembro, después por la poca erección que lograba o por el color rojo incandescente de mi rostro, no de vergüenza, como ella suponía, sino consecuencia de la fuerza que hacía para contenerme y no propinarle un golpe en medio de los dientes que le borrara de la boca esa mueca que me provocaba nauseas.

Al principio era buena. Cocinaba, planchaba mis camisas, mantenía la casa en orden y era cariñosa. Con el tiempo empezó a tener fuertes dolores de cabeza, sobretodo por las noches. Yo entonces salía de la cama y me iba al comedor. Tomaba casi media botella de Whisky, y mientras pensaba cual seria el modo de terminar con todo, contemplaba a Nig, mi perro, que recostado a mis pies me miraba con ojos tristes.


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