Benjamín Pantier
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Las mañanas eran fatales: ella se levantaba temprano y abría las ventanas de la habitación, desarmaba la cama y a los empujones me hacía girar sobre mi mismo hasta tirarme al piso. Sus gritos retumbaban en mi cabeza y mi cuerpo anestesiado por el alcohol no sentía los puntapiés que me daba al grito de: “¡borracho asqueroso!, ¡ya no te soporto!, ¡ojalá te mueras!”.
Durante el día no se ocupaba de otra cosa más que de su aspecto: ropa, perfume y maquillaje. Puras banalidades. La casa de a poco se fue convirtiendo en un caos, salvo su habitación, - hacía un par de meses que se había mudado a la pieza contigua – el resto era un muestrario de comida en mal estado, basura, ropa, y un olor nauseabundo que me revolvía el estómago. Cierta noche, de regreso a casa, la escuché llorando detrás de la puerta de su habitación. Golpee muy despacio primero, más fuerte después. No respondió. Entré de todas formas. La encontré hecha un ovillo en un rincón. Me acerqué para intentar consolarla mientras le preguntaba porque lloraba. Cuando estuve a dos centímetros de su cuerpo, se incorporó de repente y me ataco con algo punzante que llegó a atravesar mi mano. El dolor fue agudo y profundo. El golpe que le di también.
Un día, no pude abrir la puerta principal: la muy perra había cambiado la cerradura y en el porche de entrada había dejado tres o cuatro bolsos con algunas de mis pertenencias. Fue inútil golpear o patear. Yo mismo había contratado a un carpintero hacía un año para que cambiara la vieja puerta por una blindada.
Con un odio que me rebalsaba los poros tome mis cosas y fui al departamento que utilizaba como oficina. Hacía cinco años que había terminado de pagar las cuotas y la propiedad ya me pertenecía. Por suerte le había hecho caso a Carlos, quien me aconsejó en aquel momento que adquiriera el viejo departamento que quedaba “arriba de la panadería”. Más tarde, me ocupe de reformarlo para adaptarlo a mis necesidades laborales. Lo convertí en una oficina con una habitación al fondo, un baño pequeño pero cómodo, y una salita que hacía las veces de cocina.
Compré unas cuantas botellas de Whisky, un poco de pan, algo de fiambre y alimento para Nig, mi fiel y casi única compañía por esos días. Los que habían sido mis amigos en algún momento, daba la sensación que se habían aliado con mi ex mujer, vaya uno a saber que cosas les había dicho, cuales han creído y que es lo que pensaban cuando me miraban. Seguro nada bueno. Adivinaba en ellos una mezcla de lástima y desprecio.
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