Benjamín Pantier
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Solo me acompañaba mi alma, mi botella y mi perro. Mi único consuelo llegaba durante mis reiterados estados de ebriedad, en los que mi compañía se duplicaba casi mágicamente, entonces me acompañaban mis dos almas, mis dos botellas y mis dos perros. Una buena manera de multiplicar presencias.

No tenia televisor, casi no leía. Pasaba las madrugadas limpiando la Colt modelo Anaconda, calibre 44. Una joyita. Única herencia de mi padre. El día estaba cerca y mi venganza también, solo tenía que esperar a que mi Colt brillara hasta encandilarme.

El revólver pegado al cuerpo me provocaba una sensación de seguridad y certeza, de trabajo “casi” terminado, de felicidad.

La vi bajar del auto y dirigirse al porche mientras buscaba la llave en su bolso, la llave de la nueva cerradura, la que yo no conocía. En ese momento me pregunté si sería como todas las llaves o como esas largas que parecen la punta de un destornillador. No debía olvidarme de mirar la llave cuando terminara el trabajo. Me carcomía la curiosidad.

Me acerqué lo suficiente hasta tenerla en la mira, mi Colt brillaba en medio de esa noche tan cerrada como mi puerta blindada. Apunté y ¡Bang! ¡Bang! Listo. Es como si la viera: Cae desplomada igual que una bolsa de arpillera llena de papas, yo me aproximo, muy despacio, un hilo de sangre y baba corre por su rostro desde una de las comisuras de sus labios. La muy perra se había cortado el pelo.

Levanto la llave del piso. Siempre tengo razón, era la punta de un destornillador, quise usarla, pero no abrí la puerta, la abrí a ella, después de todo era su llave. Buen instrumento ese, deberían usarlo los cirujanos.

Me incorporo. Alguien me toma por los hombros. En pocos minutos estoy esposado arriba de un auto lleno de luces y sonidos extraños, claro, era una fiesta. Todos estábamos felices. No puedo dejar de reírme.

Extraño a mi perro.

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