EL RELOJ
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Dicen que el tiempo es un enemigo incansable que como un gusano nos roe el espíritu deteriorándonos lentamente hasta llevarnos hacia una inexorable y agónica muerte. Durante miles de años, los hombres lucharon contra este enemigo invisible buscando cientos de remedios que consiguieran el bien más preciado, la inmortalidad.

La casa era muy vieja, los muros desconchados que la sostenían emitían crujidos extraños lamentándose del peso que habían estado soportando desde su nacimiento, ya derrotados por la vejez, amenazaban con derrumbarse mientras aguantaban una enorme techumbre a la que faltaban algunas tejas como si fuera la cabeza de un anciano que va perdiendo el abundante cabello que tuvo en su juventud. Las puertas y ventanas miraban a la calle con ojos cansados desde unos vidrios sucios y gastados por los años que se mostraban como quevedos hacía tiempo ya, inservibles. En la mansión vivía un anciano al que todos en el pueblo tenían por una persona amable y muy querida.

El viejo Marcos, que era como le llamaban, era un hombre muy alto de cabellos níveos y de rostro agradable desde el cual unos ojos azules miraban con la alegría y calidez del mar en un hermoso día de verano. El longevo Marcos, pese a su edad, estaba lleno de vitalidad, y eran innumerables las veces que sorprendía a sus conocidos con sus muestras de energía casi juvenil. Hombre alegre, tenía dos hijas que marcharon del pueblo hacía tiempo, al casarse con hombres apuestos y de sólida posición, tal y como correspondía a los usos del momento. Al quedarse sólo, se decidió a contratar a un ama de llaves que habitaba en una casa contigua a la mansión principal y que se ocupaba de los quehaceres domésticos. Ésta, era ya una mujer gastada por el tiempo de carácter dulce y apacible que al quedarse viuda siendo muy joven, se había trasladado a la propiedad del anciano, huyendo tal vez, de una condena a la soledad que con el tiempo habría sido perpetua.

Así pues, nuestro protagonista vivía solo en la casa donde había estado toda la vida y también es cierto, que ligeramente apartado de las cosas mundanas, llevando en resumen una apacible y tranquila vida.


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