EL RELOJ
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El caserón puertas hacia dentro, acogía unas enormes estancias preñadas de unos muebles de vetusta madera que soportaban el rigor de los años con la dignidad que otorga una noble vejez. Durante el día todas las ventanas estaban abiertas inundando de luz las habitaciones las cuales se regocijaban al recibir el saludo del astro rey. Al entrar, el visitante ocasional llegaba a un inmenso recibidor que era como un lago donde caían unas escaleras de caracol por las que se accedía al piso de arriba, en el que estaban los dormitorios y una pequeña biblioteca, allí era donde Marcos guardaba su tesoro más preciado, El Reloj. Evidentemente, en la casa había varios relojes de diferentes tamaños y edades, pero sólo uno de ellos era El Reloj. El Reloj, era un hermoso aparato de pie muy antiguo construido de madera y vidrio y que estaba extrañamente decorado. En la parte superior, unos ángeles se enfrentaban a unos demonios en un combate eterno, estaban separados por unos insólitos símbolos escritos en una lengua olvidada hacía siglos. Bajo ellos, una estrella maldita de bronce brillaba de forma suave mientras los rayos de las saetas marcaban sin pausa el paso de unas horas escritas en latín y con los planetas dibujados en ellas con misteriosas combinaciones. La rueda temporal, descansaba sobre una tabla de madera que servía de techo al hueco por donde aparecía, tras un cristal, el eterno péndulo. Es extraño el sonido de un péndulo, yendo y viniendo sin cesar repitiendo esa cadencia hipnótica que se nos mete en los oídos de forma inverosímil como los latidos de un corazón que al marcar la vida también nos avisa del tiempo que nos queda por vivir. El anciano veneraba ese reloj, se pasaba horas y horas cuidándolo y mimándolo como si le fuera la vida en ello. Estaba obsesionado y, pasara lo que pasase, el Reloj nunca debía pararse. Día tras día Marcos revisaba su reloj, lo ajustaba, le daba cuerda y lo miraba con una inconcebible mezcla de odio y afecto que nadie podía entender. Era su ángel que lo esclavizaba, el guardián de su vida y su carcelero. Pasaron los años y la obsesión del anciano por el reloj aumentó con cada día que pasaba. Pronto no hizo otra cosa sino que mirar el diabólico instrumento, sin beber, comer o dormir apenas, quedándose horas sólo con su reloj. El ama alarmada por el estado del viejo, avisó a la familia de éste llegando al poco tiempo uno de sus nietos, médico de profesión, para examinarlo. Para conseguir que durmiera le hizo tomar unas pastillas que con rapidez hicieron que Marcos cayera en un profundo sueño. Sin amo que le cuidara y le diera cuerda, el reloj se paró una triste noche de tormenta a eso de las doce. Al amanecer del día siguiente el anciano apareció muerto en su lecho. EL corazón se le había parado. Antes de marchar, el nieto de Marcos descubrió El
Reloj, allí en la biblioteca, y decidió darle cuerda. Cuando se puso en marcha, el médico notó como una mano helada surgía de las entrañas del instrumento para arrancarle su espíritu y encerrarlo dentro de la madera, fue entonces cuando lo entendió. Comprendió que nunca podría abandonar esa casa, que su corazón latía con el sonido de un terrible péndulo encerrado entre madera y cristal, y que, su secreto, el misterio del Reloj sólo quedaría desvelado cuando éste volviera a pararse.
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