Un momento de tránsito eterno: eso es un viaje interminable. Una forma de vivir, de ver proyectarse sobre la realidad inocua el ímpetu del viajero que arrastra tras de sí su inoportuno instante. Cuando conocí a S.L. estaba en su cuarto haciendo las maletas; por la ventana entraba la luz blanquecina de la mañana y abajo, en el jardín, las sombras de los rosales se proyectaban alargadas y frescas por el césped rociado, indicando con claridad meridiana hacia el oeste.
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Sería objetivo contabilizarlo en instantes? ¿Por qué no, a quién le iba importar ese computo… o cualquier otro? ¿a Todo? ¿Es, acaso, trascendental el cómputo de algo en una inmensidad cíclica y monótona de sombras? Esta vez, cuando S.L. terminó de hacer sus maletas ya era mediodía. Sentada en el borde de la cama buscó un pitillo en el cajón de la mesilla, lo encendió y escudriñó un lugar donde parar su mirada para repasar los capítulos de su itinerario, con la frialdad calculada de un caminante experimentado. El jardín estaba en calma. Desde la guirnalda, sus flores amarillas rompían la monotonía en verde del que fuera su jardín aquella mañana. Conjugar en pasado es la naturalidad de la señora marquesa; el presente se diluye en el viaje interminable: ni una sombra, cuánta luz en este premeditado desorden. Tomó la campanilla y la hizo sonar; al instante Fry, el mayordomo, estuvo tras la puerta: dos suaves golpecillos
--Pase, Fry.
--¿Qué desea la señora Marquesa?
--Prepáreme el baño.
--En un instante, señora ¿Desea que la acompañen sus patitos de goma?
--Por supuesto, que no falte ninguno… Fry…
--Dígame, señora.
--¿Tardarán mucho en volver las sombras al jardín?
--No creo, así que el sol comience a descender, volverán.
--Es una pena, me gusta el jardín sin rincones oscuros.
--Es un instante, no se preocupe por eso.
El viaje interminable
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