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NIÑAS QUE MIRAN
Estaba frente al espejo y en ardua tarea no dejaba detalle al azar esmerándose en la práctica cotidiana para que pareciera coquetería. Un espejo siempre hay que mirar antes de salir de la casa mi tía lo sabía, mas difícil por lo visto le resultaba eludir continuamente la feminización seductora que provocaba su inmanejable belleza. Podía ser que se pareciera a esa sensación horrorosa de mirar una foto propia de juventud ida y no eludir la nostalgia arrulladora que la haría desembocar en la segura frustración, eso mi imaginaba. Seguramente sería un descanso - aunque no la relajara el acto, el pensamiento se le apilaría tenso pero conocido- la tarea de desmejorarse y que pareciera descuido accidental, porque ese día, como le ocurre a cualquiera, no tuvo tiempo de arreglarse todo lo que hubiera deseado, que por un día quien la mirara comprendiera y asimilara la desarmonía como quien mira un cuadro torcido y amablemente lo enderezara con la mirada.
El equilibrio se ponía en marcha trabajosamente entonces, su belleza límpida se tergiversaba en una mala interpretación. Ella había sido el blanco de críticas subdesarrolladas por las ignoradas formas de armonía avanzada que aun no habían llegado a este país y que hasta descarnarla con agresiones no habían parado, avisada estaba, era una experiencia que no provocaría de nuevo. Nunca mas le ocurriría su belleza. ¿Pero por dónde escaparía esta? Se le ocurrió que tenía que ser en el reconocimiento desapercibido, mirarla y olvidarla al mismo tiempo, todos en todos los sitios, sin excepción, en la calle, en el ómnibus, en la oficina, en el vecindario, en la familia. Todos tenían que olvidarse del mismo recuerdo, habían visto a una mujer bella pero que ahora no podían describir cómo era y así sentía que esos "todos" se tranquilizaban, estaban seguros gracias a ella y su labor cotidiana y garantida además, si la volvían a ver ocurriría el mismo olvido y éste sería renovable ad perpetuam, no sería una belleza persistente en la estampación de ningún recuerdo armonioso sino como un olvido abstracto imposible de describir por esa gente y además sin importancia. Mi tía quería ser vista como una mensajera de paz a su puro costo, no como una mujer, ella no provocaría discusiones entre esposos por miradas furtivas del buen hombre ni de la actuación payasesca de mujeres menguadas siempre dispuestas a llamar la atención con guaranguerías. Ella prefirió su debilidad a asumirse en la casualidad de ser bella en un sexo todavía admirado con exclamaciones contorsionantes en su juventud, prefirió no correr ella el riesgo de ser apedreada con palabras. Nosotras estábamos ahí mirándola frustradas de que no pudiera ser extasiada nuestra visión.
Esta mujer frente a nosotras que hubiera desalojado a a Anita Ekberg de la fuente y ubicado correctamente en una bañera de pensión se acomodaba el prendedor que en ese traje sastre pasaba desapercibido como adecuado a la prenda o lo contrario, tenía un enchape en oro y el diseño era acorde a la ignorancia de las personas con las que se toparía en el camino a la oficina, de esa forma estaba segura de aparentar una la ostentación pobre, adornarse con objetos que a nadie llamarían la atención ni para una mirada y si ocurría la casualidad que esta recorriera el sitio de la solapa no daría ni para una conclusión indiferente.
Pero esta mujer estaba cumpliendo ante nuestros ojos de niñas un rito, como todos los días. Sin fascinación, sin curiosidad y sin aburrimiento las tres, yo incluida, - me pregunto ahora si no fue mi primera experiencia de indiferencia compartida, por la inequívoca información sin palabras que nos intercambiábamos luego que mi tía se retiraba, y que ya nos dejaba prontas para continuar con el juego como si no hubiera ocurrido el espejo que la esmeraba- esperábamos a que terminara de una vez para comprobar una vez mas cómo no nos equivocábamos. La despedida incluía besos a sus hijas y a mí, su sobrina Octavia, que nunca nos rozaba ninguna parte del otro cuerpo aunque tampoco se escurría todo, un poco de aliento salivoso siempre llegaba aunque ya frío lo que nos señalaba que la distancia era mucha para un beso pero no para un beso de corridas de mujer trabajadora. Una vez mas estuvimos ahí para comprobarlo. Nos chocamos las palmas.
Yo no era de la casa así que podía no hablar, como todos en esa casa, del tema de la adopción de mis primas, yo sabía de qué hablar, pero estaba exonerada pero yo por un motivo menos fatigante que los adultos, yo era una niña, que me miraran por arriba y por el costado era una niña siempre aunque sabía de qué hubiera tenido que hablar, -como todos-, pero era un tema extraño para quien demostraba sin necesidad de documento de identidad la coherencia del reconocimiento a la niñez, aunque yo cargaba con la desconfianza que se deposita, con razón, en los niños cuya amenaza permanente no reconoce flancos fuertes en nadie, no me importa porque yo era una niña extraña a la casa y los temas adrede sabidos falsos podía dejárselos a los otros y yo ni siquiera quedarme a contemplarlos. Todo tendía a suponer que no era conveniente visitar la casa de la mentira consentida donde el error acechaba en todos los rincones sin embargo nadie resistía visitar la casa del descanso del tema equívoco. De esos temas no se habla así que se supone que ninguna conclusión podía yo sacar sobre los besos sin baba de la madre a sus hijas, idénticos a los míos, y una sobrina no se adopta como tema de conversación por nadie, así que mas segura me sentía aun yo allí. Había otras comodidades para mí en esa casa, la diferencia con mis primas, las feas eran ellas.
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Octavia quedó en la guerra
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