Octavia quedó en la guerra
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UNA CASA PARA IMAGINAR QUÉ PASA

Cuando todavía no podía recordar que ya sabía memorizar mi nombre me sentía imprescindible en una casa que no era la mía. En la casa de mi tía, en la que ocurrían cosas que solo una mente dispuesta a la deformación infantil se atrevía a la faena de comprender. Un hecho legal sin precedentes en el país, decían los sinceros uruguayos de aquella época, -los que ni sacando prolijos apuntes de fantasía de Disney les entraba la idea de que Uruguay no era suficiente para completarlo-, se había protagonizado por dos habitantes de esa casa. No había sido casual, por el contrario todos los errores antiguos de esa saga llevaban a confiar en el resultado vuelto suceso que los incautos conciudadanos no paraban hasta volverlo internacional y ahí estaba yo pronta con mis fantasías para acompañar quién sabe adónde me llevaran. Las inocentes pruebas dejadas a su paso, un matrimonio, había dado permiso a la apropiación del suceso por un ejército de cretinos fácilmente reconocibles como testigos de la legalidad por las manos siempre como empuñando arroz pronto a descargarlo cuantas veces fuera necesario para recordar y recrear para su regocijo que no habían sido ellos los protagonistas apenas los custodios sonrientes. La sonrisa era estúpida de tanto llevarla siempre pronta, gastada, sin matices, desaliñada, la misma siempre para el mismo recuerdo, ni un pulido con los años, para qué, pensarían, el hecho era irreversible y la desgracia ajena. Todo comenzó cuando mi tía tenía treinta y pico de años y no había excusa, en Montevideo lo único que pasaba era el vapor de la carrera el viernes de noche para que comprobara cómo Buenos Aires no era París y como regresaba igual de paria al mismo lugar el lunes, pero no contradijo al destino esperó algo peor que la esquizofrenia que ya había venido en su socorro, disciplinada y militante activa de sus traumas los gobernó con mano de hierro, ninguno se escaparía por ahí a hacer desastres, segura de estar a salvo del diagnóstico los dividió, mas seguro sería el respeto social, cuantos pos grados ya tuviera la facultad de medicina ella los requeriría en sus consultas, sería una adaptada rápida y sin sospechas a la impuesta salud, por mencionar una de sus integraciones a la alienación. El matrimonio vino después. Un corro del suceso se tarareó por años y la incansable supremacía que otorgaba hablar de él a vecinos, familiares, amigos y compañeros de trabajo no parecía tener fin. Nadie hubiera distinguido un atrevido de otro. También es verdad que los atrevidos estaban atrapados en argumentos iguales y perdurables si alguno buscaba la diferencia yo misma aunque niña me hubiera atrevido a empujarlo a la fila con los pares, a ser chorizo del mismo molde. No puedo dejar de conmoverme cuantos mas sucesos nutrían aquel desprecio ajeno, empezando por la previsible llegada de las hijas feas. Yo era de la familia así que siempre estaba con mi vergüenza impresentable, eran mis primas feas con las que yo debía jugar mientras la gente dejaba entrever cual era la pregunta que no hacían en vez de la atrevida amabilidad con la que no se olvidaban de cercarnos. Los intrusos se defendían, ¿por qué nunca se mueven, por qué dejan a los espectadores atrapados en la misma actitud degenerativa? Inmutable, haciendo de familia mi tía consideraba todos los días - para resolverlo hasta con sudor que cualquiera podía comprobar era el mismo de la mañana que continuaba en la tarde y en la noche nadie estaba para desmentir que era el que sigue al de la ducha caliente -, su rol de mujer sola con hijas que criar, con obligaciones que ella no permitía se le asesoraran fueran legales. Eran del corazón. Cuanto mas provocaba con colegios inaccesibles a su costo pero religiosamente pagados menos se sospecharía que no era amor. En su lugar terceros críticos, sin creerlo pero sin cohibirse, especulaban sobre los sacrificios de una empleada pública y yo supongo que mi tía emplearía esos momentos para tomar un descanso mientras pensaba cómo añadirle otros adminículos a la imaginación circundante para estirar sus horas de paz, el aprendizaje de idiomas con profesoras particulares y de origen, - francesa e inglesa -, fue otro de los inventos que la mantuvo a salvo.

A poco de ir recordando detalles, segura del monstruo que creaba a mi alrededor –uno solo para abarcarlos a todos- con los seres a los que no les venía nada mal, según mi opinión, ensancharles la deformación para que mas holgados encastraran en mi ya cómoda deserción de benevolencia hacia ellos. Mientras todos esos preparativos ocurrían en mi tranquila inteligencia, de la que nadie sospechaba producía memoria, me gustaba sentir esa casa ajena como mi alienación favorita, siempre podía contraponerles mi imaginación a la amenaza que provenía de sus habitantes.

Mientras pendiente estaba que de ese tema nunca se hablaría y cuando el silencio se hacía insoportable, entonces ahí se podía llorar sobre el imposible tema de conversación. Yo no era de la casa así que no solo estaba exonerada de participar sino que creo que hasta tenía prohibido el llanto por ese motivo, si me caía y me lastimaba la rodilla se me prestaría solidaridad para algunas lágrimas pero intuía que no podía participar en el llanto que me parecía sincronizado a un código oculto y además porque no era mi drama, éste estaba para ser exhibido y por eso yo estaba ahí, creía. Pero el llanto ocurría, todos sobre todos, mis primas una sobre otra, mi tía luego en trensito con mis primas y el círculo se completaba. Ahora me parece increíble lo bien que sabían resolverlo, con lágrimas como todo el mundo. Es verdad que ya en aquel entonces aprobé en silencio las treguas de llanto que aseguraban que el drama seguía ahí, segura que nunca habría cámaras ocultas pidiendo un corten, vuelvan a sus vidas, para nada, los infelices atrapados actuaban para mí, los silencios eran ajenos, el llanto ni lo oía, era gratis no como en el cine que tenía que pagar y seguramente los dibujos ni animaban estos escabrosos personajes, qué mas podía pedir, no conocí el aburrimiento en ese tiempo lo que influyó para siempre en sentir culpa a la que para ahorrarla en actitud siempre la guardaba para la misma ocasión, para cuando inocentes párvulas venían y me preguntaban ¿esas que están ahí son tus primas?

Qué hubiera dado mi tía para que esa trama que ella había inventado que transcurría existiera en el lugar del drama de utilería puesto a vivir en los seres elegidos, que existiera ese marido que la abandonara luego de no poder quedarse a justificar la existencia de esas hijas, que se supieran noticias por terceros del cobarde, como ocurre en estos casos, según versiones comparadas, que cumpliera con ser la figura de padre ausente que sus hijas precisaban en los test psicológicos para que la verdad no rodara como versión sino con el espaldarazo de la ciencia cómplice.
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