Para V. A. V., donde quiera que estés
I
Había llegado un día antes y tomado posesión de un claustrofóbico cuartito en una pensión para estudiantes universitarios. No asistiría a esa universidad, cuyo campus se localizaba a poquísimas cuadras de allí, sino a una escuela de arte dramático, a una distancia considerable. Sabía que me quedaría por poco tiempo, pues había planeado volver a mudarme para seguir los estudios en un sitio mucho mejor, y me hallaba algo fastidiado. Los resultados finales del examen de ingreso me daban un segundo puesto, y estaba seguro de que se había cometido cierta irregularidad. El primer puesto (competidor seguramente igual a los demás, por el que no habría apostado ni mis calcetines rotos) me aventajaba por demasiados puntos, y tenía un nombre femenino en el que casi no reparé.
Fui a la escuela caminando y sin afeitar. La ciudad no me agradaba mucho, pero no me disgustó hacer ese primer recorrido a través de calles que no dibujaban aquel oscuro garabato donde había sufrido incontables días y noches de polvo y humillación. Cuando arribé al edificio, recordé la hora en que me decidí, de una vez, a probar mi valía tras los pasos de mi héroe de siempre, Dustin Hoffman. Aunque no entraba en el Actors Studio, en algún lugar había que empezar. Cubriendo los varios pabellones, subiendo las pétreas escaleras, la escuela se me antojó poco menos que asfixiante, y más gris todavía.
II
Recuerdo que su visión me detuvo en el umbral. Fuera y dentro mucha gente se movía o simplemente respiraba; ella fue la primera persona que vi, y la única que perturbó mi calma. Llevaba mis gafas puestas, pero no miré su exterior o sus líneas porque algo menos preciso absorbió mi atención. Sólo segundos después de penetrar en aquel recinto, debí de saber que la amaría. Su nombre era Vanessa, y su voz agredía el silencio de cristal. Su cuerpo era menudo y sus movimientos enérgicos. Su risa era plena, llena de emoción, deslumbrante. Sus ojos eran pequeños y claros, y conducían a un espacio infinitamente triste. Cierta intensidad pasional animaba cada uno de sus gestos, a la vez que una introspección insondable frustraba la sola idea de acceder a su esfera. Me sentía en la presencia de un ángel u otro ser extraordinario de parigual naturaleza. La certeza de lo prodigioso se manifestaba insoportable. No sabía qué hacer.
.. . .
En el centro del salón había una escalera doble; cerca de la puerta, pegado a la pared, observaba a Vanessa recitando a Shakespeare encaramada en aquella cosa. Era Julieta. No podía ser una coincidencia. El destino la señalaba con la luz de un reflector. Y estaba confesando su amor a Romeo, ignorando su verdadera presencia. Igual que los demás, indiferente ante mis penosas contorsiones. Por supuesto, era la mejor actriz del salón. Sin ninguna duda.
.. . .
Vanessa: Novelita rosa con espinas
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