Vanessa: Novelita rosa con espinas
Textos · Eventos · 0.0

Llegué tarde. Después de que el profesor me amonestó a través de la puerta entreabierta, la ví en el extremo opuesto. Fui directamente a sentarme a su lado en el piso. Cada miembro de la clase esperaba su turno para leer en voz alta un fragmento de “Romeo y Julieta”, y ella tenía su copia en las manos. Inmediatamente después de sentarme, la oí preguntarme si no había traído la mía. Cuando le respondí negativamente, ella me acercó la suya, sosteniéndola con su mano derecha todo el tiempo. Yo no podía leer la copia, no podía moverme.

III

Vanessa no estaba interesada en mí. Por otro lado, mi inhibición, la falta de una gentileza mínima en mi trato casi inexistente con ella, no mejoraba la situación. Mi pena era tal, y la revelación de mis sentimientos tan apremiante, que decidí armarme de todo el valor que hiciera falta.

Al filo de la segunda o tercera semana de clases, un viaje intempestivo que el caprichoso azar me impuso significó una retirada que emprendí sumiso y aliviado, pese a que un segundo antes me sentía dispuesto a dar el primer paso. Retorné tras una semana, e inicié un inmediato período de lasitud, convencido cada hora más de que no deseaba volver al escenario de mi drama íntimo, aunque eso comportase renunciar a mi instrucción académica y así perder otro año de mi vida. Salía de mi cubículo para alimentarme: recogía la bandeja de la mesita junto a mi puerta y volvía a cerrar ésta tras de mí. Sin embargo, el lunes me encontró en una carpeta escuchando un discurso absurdamente solemne más. Entonces descubrí que ella no asistía los lunes.
.. . .

Aquel martes llegué temprano a la clase de actuación. Algo me decía que ella entraría en cualquier momento, y eso es lo que esperaba con un ansia que escapaba a mi comprensión. La conciencia de mi cautiverio, de que me había humillado ante el infame directorcillo de aquel antro indigno de mi educación porque me aceptasen de nuevo y no quedarme en la calle; que me había humillado, digo, por nada, pues sabía que las cosas sólo podían ir peor –al menos los cursos--, hacía agolparse a mis ojos una mezcla violenta de sentimientos que hacían implosión y me dejaron clavado al lado de la puerta esperando lo súbitamente indeseado, la reaparición de la culpable de toda mi confusión. Así la miré a los ojos, con tan desorientador disfraz, improvisando junto con él mi condena.
.. . .


Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.