Vanessa: Novelita rosa con espinas
Textos · Eventos · 0.0

V

Aún faltaban varios minutos para la clase, los suficientes. Lo resolví en el último minuto. Hacía algún tiempo que había comenzado a pensar en ello, y un día muy reciente había visto esfumarse una buena oportunidad. Aquella tarde Vanessa llegó al salón y dejó su bolso y se ausentó una eternidad. Eran los minutos previos al inicio de esa clase, y la rosa roja de largo tallo habría esperado su regreso con euforia si hubiese actuado entonces. Ahora iba a hacerlo.

Cuando comprobé que el tiempo me era favorable, di media vuelta y me puse a correr. No sabía exactamente a dónde ir. Pregunté (lo que no suelo hacer) y encallé, después de dar algunas vueltas en círculo, en comercios exiguos con ofertas marchitas. Además del maltrato de alguna vendedora –el cual finalmente me condujo al sitio indicado por no beneficiarla--, me vi en la necesidad de tomar un taxi para cubrir las tres breves cuadras que me separaban del instituto y poder estar en el salón, ya casi sin esperanza, a tiempo. La rosa sin espinas descansaba dentro de una bolsa negra sobre mi regazo.

Ingresé al salón junto con una de sus amigas. Ella no estaba, pero había tres bolsos bajo el largo espejo horizontal. Pregunté a la chica si eso era suyo. No señalé exactamente ningún bolso, pero la chica me respondió: “Esto es de Vanessa, esto de … y esto es mío.” La última parte de su respuesta, la única que contestaba mi pregunta, no me habría sacado del callejón. Feliz, esperé a que saliera, a que el profesor no pudiese verme ni tampoco los que hablaban con él, y a que algo me anunciase que ya era el instante, que podía colocar la rosa por el agujero del bolso, esbelta, erecta, modestamente orgullosa, cual si hubiese germinado ahí mismo, sin que ella regresase demasiado pronto y me sorprendiese en el acto. Cuando terminé, aún quedaban varios segundos para su retorno.

La oí llegar. Como siempre, acompañada por sus dos amigas. Como siempre, no pareció enterarse de mi presencia. Como siempre, yo fingí ignorarla. Supe cuando descubrió la rosa. Oí su voz preguntando si habían visto a quien la había puesto allí. Entonces estuve seguro de que no me había equivocado de bolso. Me hallaba frente al gran espejo, asido a la barra, sin atreverme a dirigir la vista hacia el compacto grupo a mi costado. Casi no quitaba la mirada de encima a mi propio reflejo, serio primero (al escuchar unas risas intrigantes) y después un poco sonriente, cuando una voz que no era la suya exclamó: “¡Yo sé quién fue… Christian!”

Un momento después, ella estaba a mi lado, frente al espejo, realizando aquellos ejercicios de vocalización. Y un momento después, sentí su mirada sobre mí.

Comentarios
No se han Publicado Comentarios.
Publicar Comentario
Inicia Sesión para Publicar un Comentario.