El día que Leni lo conoció no fue por obra de un encuentro casual, una cita a ciegas o el hipnotismo danzarín de las epilépticas discos de Marbella. Se lo habían presentado en el Programa de Adopción de Adictos Terminales.
Fue un trámite sencillo. La empleada administrativa le indicó como completar el formulario de Hacienda y que pasara el pulgar por la lectora del DNI digital. Le entregaron el “Catálogo de Disponibles”. Corrió las páginas de adelante para atrás y de atrás para adelante. Aunque dubitativa por tanta foto que la abrumaba, no le pasó por la cabeza claudicar sobre su misión: recuperar para el corral a una oveja descarriada.
Frente a las imágenes de los disponibles, detuvo el paso cansino del índice derecho y estacó la uña en el plexo del álbum. Quedó un minuto en silencio, luego dijo
- Quiero a este.
La foto del catálogo no lo favorecía. Estaba retratado de perfil y el hueso de la quijada, nacido detrás del lóbulo del oído, parecía un arete gigante (de esos que usan algunas tribus africanas) con forma de medialuna y clavado, del otro extremo, en la comisura del labio escurrido.
Despachó una seguidilla de lágrimas acribillando el barniz de la foto. Pidió verlo.
A un zumbido de cigarra le siguió la apertura de la puerta.
Leni retuvo un pestañeo aguachento cuando lo vio. El joven era un muñeco de trapo oliendo a lavandas y cítricos. Un gordo vestido de delantal celeste que lo asía del brazo irrumpió con una carita de tío bueno
- Le gusta bañarse. Con este descarte problemas de olores.
El Terminal la encandiló con la sordidez de unos ojos embolsados. Leni le sujetó la mano mortecina que sostenía un bolsito y descomprimió una nueva secuencia de lágrimas. Las gotitas pincharon el dorso de las muñecas del Terminal, justo sobre una cicatriz trasversal a las venas. Cruzaron miradas y en el latido de las pupilas mostró un corazón de hiel. Leni pensó que nunca le soltaría la mano y sentenció
- Está bien. Lo llevo.
Firmó el contrato de adopción, sellaron los papeles, cambiaron los registros digitales del hombre. Leni insufló el pecho con adultez espiritual.
Condujo exultante hasta la oficina del asesor fiscal para entregarle el formulario de Hacienda y desgravar al adoptado en la declaración de rentas.
Dejó el carro en marcha, el trámite ocuparía segundos. El Terminal, dentro del auto, estaba ocupado en la vivisección de la nada.
El Contador le confirmó que casi no debería pagar impuestos, la felicitó por la actitud y sentenció con absoluto convencimiento: “te has ganado tu plaza en el paraíso”. Ella dibujó una sonrisa de estampita.
Arribaron al hogar, Leni le quitó el bolsito y, ofrendándole el primer acto de desapego, puso en los dedos frágiles el control remoto de la tele. El Terminal desparramó el cuerpo macilento e hizo del sillón su camastro. Los destellos de la pantalla, desmembraban el rostro de azufre.
Habían pasado los primeros sesenta minutos de convivencia y estaba orgullosa de la nueva etapa sin sobresaltos.
Leni no modificó la rutina, debía concurrir al trabajo y se reencontrarían en casita sobre el final del día. Antes de partir verificó la autosuficiencia del nuevo compañero: el Terminal pasaba los canales sin requerir ayuda.
Cuando regresó de la tienda de mascotas le trajo unas galletas que había comprado en el chino. Despellejó el cuello del paquete y le vertió el contenido en las manos. El Terminal mascaba aplomado, como hipopótamo. Al rato una nevisca de migas pintó escamas doradas sobre el pecho.
Para complacerlo, llenó la tina. Corrió desde el baño y se detuvo en el sillón; afirmó los dedos de algodón para quitarle el control remoto. Estiró el brazo derecho para ayudarlo a ponerse de pie.
El Terminal
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