El Terminal
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Fueron hasta el baño y le sacó la ropa. Lo hizo con gestos delicados, como si los harapos que cubrían ese cuerpo semi muerto fuesen de seda.
– ¡Al agua pato!
Lo dejó medio flotando, medio hundido. Luego tiró sobre el estanque tibio unos juguetes para las mascotas que vendían en la tienda.
El Terminal quedó a la deriva, los omóplatos iban cayendo bajo el agua sin resistencia y escollaron en el punto snorkel de la nariz. Soplando pequeñas olas movía los chiches plásticos, amenazándolos con hundimiento.
Leni regresó al reino de las hornallas para auscultar con una varilla de cocción las ollas en deshielo. Cuando el cocido brotó perfumes de salsas en las casas vecinas, llegó el momento de dar por finalizado el baño.
-Vamos, ¡Arriba y a sacudir las plumas!- ordenó con maternal voz. Lo ayudó a levantarse y le enroscó una toalla blanca, parecía un canelón. Se secó por simple proceso de chorreo. Luego le calzó una bata extra large (comprada para un novio que nunca tuvo) que le sobraba por todos lados. Le subió la capucha y dio un paso atrás; maravillada, estuvo a punto de arrodillarse para besarle los pies; reprimió el arrebato.
El Terminal con los pelos todavía goteando fue a la mesa para compartir la cena.
Leni hizo un trípode con los brazos y manos para disparar una plegaria. Agradecía al Creador con los ojos humectados. El Terminal, con la cabeza reclinada y el mentón clavado en el esternón, miraba el humeante plato de cocido lleno de pedacitos hervidos y especiados al límite del estornudo. En esa sustancia que estaba a punto de engullirse contemplaba el paso de la vida.
Leni le sacó de debajo del mantel la mano derecha y le ató una cuchara con la servilleta. Luego le calzó el codo en el precipicio de la mesa. El Terminal subía y bajaba la cuchara temblorosamente y en el frágil tránsito algunas gotitas del cocido crisparon pecas sobre el hule.
Leni chirriaba los molares y masticaba con revancha. Evocaba las pancartas maternas colgadas en cuanta pared había dentro de la casa de Las Rosas: “Espero que ´tu hombre´ no te llegue de vieja infértil o acaso no piensas regalarme cuanto menos un nietito”.
En el pisito subterráneo de Marbella tragaba orgullo, alimentándose en su propia familia, como mandaba el Señor.
Discurrió el primer día de la convivencia. Leni era conciente que con tanta entrega iba a ser recompensada. “Manda buenas y recibirás solo buenas” susurró en voz dulce mientras, en la noche del viernes, arropaba al Terminal con la frazada térmica.
El sábado trabajó media jornada en la tienda de mascota y pasó la otra mitad del día dentro de casa; a cada rato se le cruzaba delante de la pantalla. El Terminal desenvolvió los dientes sarrosos y los mantuvo así hasta llegada la hora de la cena. Con el labio inferior chirlo frente a la presión del contacto dental llegó pálido a la hora de dormir.
El domingo, cuando despertó con la garganta seca porque el pisito había sido invadido por una nube de tostadas al carbón el humor había empeorado.
Leni lo notó alterado porque rehusó saltar de la cama cuando le dijo “Upalalá, a tomar la leche”. El Terminal amaneció con los ojotes inyectados sobre el filo de la frazada térmica. Leni dio un paso hacia atrás y desactivo la calefacción de la cama. El Terminal sacó a relucir las ojeras repulgadas en bolsitas grises. Leni disparó el encendido de la tele y soltó el control remoto sobre la cobija, a la altura del pecho. El Terminal sacó la huesuda mano derecha y lo tomó. Leni suspiró profundo y fue a la cocina para cargar el desayuno. Mientras desenroscaba el frasco de mermelada y apilaba los panes carbonizados, se sentía pletórica porque había sorteado con éxito el primer desaguisado de la casa.
Las campanas venidas desde la calle se anticiparon a las palabras de la joven. Estaban finalizando el desayuno y ella tintineó con los pestañeos, frotándose las manos.
- Ha sido una semana maravillosa, debemos agradecerle al Señor personalmente por habernos dado la oportunidad de conocernos. Hoy vamos a misa.
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